2. La
danza como integradora
Víctor Corcoba Herrero
A pesar de tanto llenársenos la boca de cultura, aún
tenemos necesidad de hacer valer el arte escénico; una aptitud tanto de
desarrollo de la persona como de convivencia con los demás. Por
consiguiente, en el ancho paisaje cultural (local, autonómico,
estatal...), la danza debiera tener su merecido lugar.
La naturaleza es una danza continua, de nubes, lluvias,
soles y lunas. El ser humano no iba a ser menos. Todo el universo es un
verso en danza. Por ello, es bueno que los pueblos dancen, vibren y
comuniquen su júbilo. Cultivar el lenguaje de la danza, entusiasmarse y
convivir bajo el aire universal de sus abecedarios, bailar al son de todos
los sones vivos con todas las vides de almas unidas, nos acrecienta la
concordia. Fortalecer y favorecer, pues, este arte escénico, implantarlo
en los centros educativos como una disciplina más, cuestión todavía
secundaria de llevarla a buen término en los planes educativos, sería una
manera gozosa de aprender a cohabitar más y mejor, dominando el cuerpo y
la mente desde el divertimento compartido.
La tradición de la danza española está
ahí, a lo largo del tiempo y para el tiempo, se la puede considerar como
una identidad cultural inconfundible. Sin embargo, unas declaraciones de
la bailarina Aida Gómez y la coreógrafa Teresa Nieto, Premio Nacional de
Danza 2004 en su modalidad de interpretación y creación, nos advierten
sobre la falta de aprecio hacia su trabajo artístico, al que no pocas
personas consideran marginal y minoritario, sin apenas reconocer el
esfuerzo que supone el arte creador.
Ciertamente se desprecia lo que no
se conoce, puesto que la técnica de la danza española quizás sea de las
más difíciles, por las muchas culturas que encierra. Exige varias
habilidades, insertadas
en ritmos muy diferentes, melancólicos unas veces, suaves otras,
endiablados en ocasiones u exóticos a veces, acompasado por hondos
sentimientos crecidos en la emoción, temperamentales y sensibles a la vez,
con gracia y señorío siempre.
A pesar de tanto llenársenos la boca de cultura, aún
tenemos necesidad de hacer valer el arte escénico; una aptitud tanto de
desarrollo de la persona como de convivencia con los demás. El arte de
educar desde el arte, reeduca, reanima, regenera, restablece, recupera,
repone y hasta redime lo irremediable. ¿Qué más se puede pedir? Por
consiguiente, en el ancho paisaje cultural (local, autonómico,
estatal...), la danza debiera tener su merecido lugar. Precisamente, más
que por enriquecer el patrimonio escénico nacional, por el de prestar un
servicio educador en beneficio de la integración de culturas.
El tiempo nos dice que la danza forma parte de la
historia humana, va consigo, es inseparable del alma y punto de encuentro
entre culturas. La vida misma es una danza de sensaciones (opciones) y un
concierto de bailes (acciones). En consecuencia, una primerísima manera de
proteger este arte escénico, pasa por asistir a los propios eventos, en
todas sus variadas manifestaciones, para formar así una cultura dancista
que muchas veces no tenemos, restablecer conceptos perdidos y estéticas
olvidadas, que nos alegran la vida.
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