2. El domingo de la
vela rosada
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
Cuando se pone la corona de Adviento, entre las tres
velas moradas (signo de penitencia) aparece una de color rosado. Su color
representa la alegría, fruto de la esperanza porque el Señor está cerca.
Lo mismo en el tiempo penitencial de preparación a la
Pascua (cuaresma), como en el tiempo de preparación a la Navidad
(adviento), la liturgia nos pone un domingo de invitación a la alegría y
por lo mismo a la esperanza.
Se trata de hacer ver que le penitencia en este mundo
es temporal porque debe ser siempre superada por el gozo de la pasión,
muerte y resurrección que nos mereció Jesucristo.
Cuando se pone la corona de Adviento, entre las tres
velas moradas (signo de penitencia) aparece una de color rosado.
Su color responde a la antífona con que comienza la
liturgia del tercer domingo de adviento que está tomada de la carta de S.
Pablo a los Filipenses y dice así:
“Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén
siempre alegres”.
Es normal que en estos tiempos de violencia,
delincuencia, opresión y pecado uno se pregunte:
¿Es posible que hoy se nos pida alegría?
Pues sí:
La historia de la Iglesia nos presenta multitud de
santos que fueron capaces de sonreír, incluso en el martirio a pesar de
sentirse vilmente calumniados hasta el punto de negárseles vivir entre los
hombres, martirizándolos.
Tenemos tanta alegría cuanta es la esperanza que
cargamos en el corazón.
Cuando Pablo escribía a los Filipenses (y hoy nos
escribe a nosotros) que hemos de estar alegres, no nos pide la alegría por
el hecho de vivir en pobreza o maltratados o calumniados o enfermos. Eso
tendría poco sentido.
Nos alegramos en el Señor porque Él está cerca. Más
aún: habita en nuestro interior.
Y cuando Dios está cerca es algo así como el sol. La
comparación es de Jesús que se llamó a sí mismo: “Luz del mundo”.
Y ya sabemos que cuando amanece resulta imposible
distinguir las estrellas.
Desde esta visión de fe se entiende muy bien el pedido
de S. Pablo:
“Que nada les preocupe”.
En realidad, teniendo a Dios cerca todo lo demás pierde
distancia e interés.
No se trata, por tanto, de un pedido irracional que nos
exija mantener la alegría en la enfermedad, en el dolor, marginación y en
la misma muerte sino de algo mucho más grande: tener fe en que la
presencia de Dios en nosotros es mucho más fuerte que cualquier limitación
que podamos tener.
Para mantener dicha alegría S. Pablo nos pide un
complemento importantísimo:
La oración y súplicas con acción de gracias.
Esto es lo que produce la paz y la alegría por encima
de todo.
Sí, en este año que aunque nos parece distinto de
todos, no es más que otro año de nuestra vida, estamos invitados a vivir
en la esperanza. Más aún, a transmitir esperanza a los demás.
La invitación es más exigente todavía ya que nos pide
transmitir esperanza a los demás.
Un cristianismo que no contagia esperanza no es de
Jesucristo y por tanto no es cristiano.
En la lectura que corresponde al ciclo A, en el que
hemos entrado hace poco tiempo, el apóstol Santiago nos invita a mantener
la misma virtud comparándonos a un campesino:
“El campesino aguarda paciente el fruto valioso de la
tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Ustedes también tengan
paciencia, manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca”.
Esperar a Dios es saber esperar.
Pero además esta esperanza que nos acerca a Dios deben
sentirla todos los hombres sin excepción porque la Iglesia tiene que ser
fermento para el mundo.
Ya sabes, pues, la velita rosada es una invitación a
vivir la alegría que brota de la esperanza.
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