8. La casa de
Nazaret
No puedo imaginarme ni a Jesús, ni a José ni a María
viviendo en un lugar que no sea el de la humildad y la dignidad, como la
carpintería de mi tío José.
Mi tío se llamaba José
y, para colmo, era carpintero, así que de carpintería algo tengo dentro;
no porque mi tío me enseñara el oficio sino porque yo observaba cómo mi
tío oficiaba. Era carpintero de los de entonces, arreglar mangos de arado,
apuntalar puertas o remendarlas con tablas que había que cepillar, sujetar
convenientemente las vigas de madera de los tejados de entonces, construir
tenadas, realizar mesas rústicas y otras un poco más pulidas, según el
encargo y según el para qué de la mesa y, lo que más me asombraba, hacer
los ataúdes de los muertos, a medida, que luego se forraban con paño negro
o simplemente se pintaban de negro. Hasta la cruz que se colocaba sobre el
ataúd era confeccionada por mi tío. Por eso, para mí, San José siempre fue
mi tío, el carpintero, y la casa de Nazaret siempre fue la de mi tío José,
el carpintero.
Siempre me ha disgustado que en los Evangelios se hable
tan poco de San José y su oficio porque, al fin y al cabo, era el sostén
de todo lo que iba aconteciendo. Yo veía a mi tío cómo se ufanaba de su
oficio, y cómo lo sudaba, y con qué esmero pulía el más mínimo detalle.
Así que San José es mi tío José y no sé contemplarlo de otra manera. Y, a
decir verdad, no debían diferenciarse mucho: tampoco mi tío ha pasado a la
posteridad como carpintero pero sí ha quedado inmortalizado en el corazón
de quienes tanto lo quisimos.
¿Y qué visión voy a tener yo, entonces, de la casa de
Nazaret si no es el recuerdo de la casa de mi tío? ¿Humilde la casa? Pues
sí. ¿Digna? Al máximo. Yo recuerdo la casa de mi tío como si la estuviera
viendo, detalle a detalle, y no tengo más remedio que imaginarme al Niño
Jesús haciendo las mismas travesuras que mi primo y yo hacíamos. Así es
que la casa de Nazaret la tengo muy clara, tanto en lo físico como en el
contesto. Si algún día me dicen, ésta es la casa de Nazaret, y no se
parece a la de mi tío, quiero decir, me muestran un palacio o un templo,
me desilusiono.
Y es que la casa donde uno vive los primeros años es la
casa que pervivirá siempre, aunque el tiempo y sus circunstancias nos
obliguen a cambiar de lugar. No puedo imaginarme ni a Jesús, ni a José ni
a María viviendo en un lugar que no sea el de la humildad y la dignidad. Y
aunque estrecheces haya, que las hay, lo que queda para la posteridad es
la enorme tranquilidad de la niñez feliz y compartida.
Retornar a la infancia es volver a los orígenes y yo
jamás sabría explicarme la vida de Jesús, adulto, sin sus andanzas por esa
casa carpintera de Nazaret que tuvo que imprimirle carácter.
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