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8. La Navidad: una señal de esperanza

Pedro Antonio Gómez

...el contenido de la Navidad, en medio de todas nuestras dudas y sobresaltos, de las insidias y despropósitos de algunos, es: Dios existe.

¿Cuál es el contenido auténtico de la Navidad? En la respuesta podríamos comenzar de un modo muy humano, quedándonos aún en las inmediaciones de la fe, y decir: se celebra el nacimiento de un hombre, Jesús de Nazaret, que ha vivido su ser humano puramente como ser para los demás, y que ha sellado con la muerte por los demás la pureza de su existencia, de su palabra, de su servicio. Al oír esto, surge la siguiente pregunta: un hombre como éste, en medio de las tinie­blas del ser humano, ¿no ha de ser como una luz que de espe­ranza? La esperanza de que la realidad del hombre pueda no ser un callejón sin salida; la esperanza de que en él pueden actuar las fuerzas de lo puro y de lo santo.

Una esperanza así nos da ánimos para intentar seguir el camino y las palabras de ese hom­bre; nos da ánimos para intentar, si no convertir las tinieblas en luz, sí dejar como él señales de esperanza en el camino de la historia. Unas señales de esperanza que se entrelazan unas con otras como una cadena de luz y que son islas de esperanza y de comprensión en medio de las leyes inhumanas del neo-liberalismo. ¿Y no se experimenta consuelo al ver cómo se prestó atención a su mensaje pese a todos los malentendidos? De ese mensaje no sólo se desprendieron disputas, sino también y sobre todo el mila­gro de la comprensión, de modo que hay hombres que se encuen­tran en su nombre a través de los tiempos y de las culturas, es más, incluso por encima de las fronteras de las religiones. Desa­parece la lejanía y surge la cercanía allí donde hace aparición ese nombre. ¿No representa nada todo esto? ¿Es que debemos arrojar la luz pequeña ya que queremos la grande?

Pero la fe afirma algo más grande y más profundo: este hom­bre, que está en la historia como una luz de paz y perdón y que ilumina a través de los siglos, cuya luz llega hasta las prisiones y hasta los barrios más pobres, ese hombre es la presencia de Dios en nuestro mundo. Es luz que procede de la luz, hijo de Dios, y Dios mismo. Dios es tal como es Jesús. Dios puede hacerse niño, y se ha hecho; puede sufrir y amar como un hombre entre los hombres, y así lo hizo. Como no podíamos ver con nuestros po­bres ojos su luz en toda su autenticidad, nos la mostró en la luz de un hombre, en una luz que es verdaderamente su luz, en forma de luz para nosotros. Todo lo que previamente hemos dicho desde un punto de vista meramente humano, sigue siendo verdad, pero puesto en relación con la fe adquiere una profundidad com­pletamente nueva y salvadora. Pues el contenido de la Navidad, en medio de todas nuestras dudas y sobresaltos, de las insidias y despropósitos de algunos, es: Dios existe.

Y existe no como un poder infinitamente lejano, que a lo más que puede llegar es a atemorizarnos; no como el profundo fundamento del ser, que no sabe de sí mismo. Es un Dios que puede preocu­parse de nosotros y ante cuyos ojos está presente todo lo que somos y hacemos. Unos ojos que son los ojos del amor. Para quien acepta esto en la fe ya no existe más soledad. El está ahí. La luz que se ha convertido en un hombre en la historia y para la his­toria, no es ningún azar carente de fuerza, sino que es luz que procede de la luz. La esperanza y el ánimo que nacen de esta luz, adquieren una nueva profundidad. Y precisamente porque se trata de una esperanza divina, podemos y debemos aceptarla y transmitirla como una esperanza profundamente humana.

Desde este punto de vista, celebrar la Navidad significa acep­tar una fiesta que no hemos hecho nosotros mismos, sino que nos ha sido regalada por Dios. Esto es lo que diferencia fundamental­mente a las fiestas religiosas del mero tiempo libre, del entre­tenimiento que se consigue uno mismo.

La realidad de la Navidad está ahí, aunque nosotros no la percibamos, aunque nosotros no la busquemos. Se nos ha regalado de una vez por todas con el nacimiento de un niño en el que Dios quiso convertirse en uno de nosotros. En Navidad somos nosotros mismos los destinata­rios del regalo, con anterioridad a todos los regalos que nos hacemos de unos a los otros. En esto se basa el carácter salvífico de ese día, cuando es bien entendido: en que se nos regala aquello que ninguno de nosotros ha hecho por sí mismo ni ha sido capaz de imaginarse; en que sabemos que se ha pensado en nosotros ante de que existiésemos, y que no precisamos más que penetrar en la luz abierta de una fiesta que nos espera y que nos da la certeza de que el círculo de nuestras acciones no es la única realidad que existe. No tengamos reparo en complacernos en ello, en alegrarnos serenamente por ello, y así poder transmitir lo que ante todo y más que nada necesita la humanidad: la alegría in­terior que libera y salva y que da a los otros dones su verda­dero sentido.

“Díjoles el ángel a los pastores: No temáis pues os anuncio una gran alegría destinada a todo el pueblo; porque os ha nacido hoy un Salvador que es Cristo, el Señor, en la ciudad de David…..” Lucas 2.10-12..

 
 

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