9. Universo diminuto
Mikel Agirregabiria Agirre
Un maravilloso invento heredado o descubierto sólo por
la buena gente, que merece más apoyo de los poderes públicos.
En Navidad festejamos una creación indescriptible por
su utilidad y polivalencia. Los hay de todos tamaños y formas,
individuales o colectivos, baratos o caros, que se alquilan o compran, y
sirven para facilitar todo aquello que la Humanidad necesita desde el
umbral de la Historia. Según la demanda de cada usuario individual o
colectivo, este espacio “donde se hacen las cosas juntos” se transforma
rotativa y cotidianamente en refugio, guardería, ludoteca, escuela,
instituto, universidad, farmacia, sanatorio, paritorio, tanatorio,
oficina, banco, bazar, taller, peluquería, restaurante, cafetería,
pastelería, discoteca, casino, gimnasio, biblioteca, ciberteca,
conservatorio, cine, teatro, circo, granja, museo, hotel, juzgado,
comisaría, fortaleza, parlamento o iglesia.
Algo tan imprescindible ha sido declarado derecho
universal de toda la ciudadanía, pero casi nadie se preocupa de asegurar
su producción y buen uso. Las políticas usuales ignoran su existencia y
apenas dedican esfuerzo humano y presupuestario para asegurar su difusión
y disfrute. Ello indudablemente generaría toda clase de beneficios en
convivencia, paz, prosperidad y felicidad, ahorrando espacio en otras
construcciones especializadas más costosas y menos eficaces.
Este “mundo en miniatura” recibe múltiples nombres como
laboratorio social, propiedad inmobiliaria, domicilio, palacio, mansión,
casa, apartamento, remolque o hipoteca vitalicia… pero para su buen
funcionamiento basta con reunir dos características cada día más difíciles
de encontrar: una familia y mucho amor. Sólo con esos cimientos se
convierte en un auténtico HOGAR. El modelo más sencillo y perfecto, que
muchos conmemoramos el 24 de diciembre, se llamó “Portal de Belén”.
|