15. La estrella
Adolfo Carreto
Yo creo en la estrella de Belén, creo en mi estrella
de Belén. Me ha guiado los pasos y cuando me he descarrilado fue porque no
le hice caso. Las estrellas nos guían, están ahí para guiarnos
Soy
hombre de mirar a las estrella. Lo
era de niño, pero todavía hoy. Algunas noche subo a la terraza y me empino
hacia el cielo e intento el imposible de comenzar a contar. Después de
contar diez el resto se te pierden para continuar. Pero siguen allí,
eternamente allí, aunque científicamente no eternamente allí. ¿Quién iba a
decirle a uno, de niño, que las estrellas nacían y morían, como todo, y
que esa luz que todavía seguimos viendo es el alma que viene hacia
nosotros de una estrella ya muerta? ¿Cómo iba uno a creer que las
estrellas morían? Si Dios creó las estrellas cuando las creó, y no
cometieron pecado alguno, el reino de la muerte no es para ellas sino el
de la eternidad.
La ciencia va derrotándonos no pocas creencias, y no sé
si es bueno o malo, pero es. Sin embargo, la verdad es que, para mí, a
pesar de tantos acercamientos físicos humanos hacia el mundo de las
estrellas, siguen estando tan cercanas como cuando las veía, tendido en la
era, en la noche castellana, allá por agosto y con alguien al lado sin
poder dormir.
Como siempre, los abuelos tienen la culpa de estas
cosas, y mi abuelo me enseñó a distinguir, por su brillo y tamaño, alguna
que otra estrella. Y creo más en mi abuelo, qué le voy a hacer, que en la
palabra de la ciencia, que unas veces acierta y otras no tanto.
Un día pregunté a mi abuelo: ¿y la estrella de Belén?
El hombre, muy dado a responder siempre a aquello que carecía de
respuesta, me contestó: esa estrella no está en el cielo, cada quién la
lleva dentro, y a su medida. Desde entonces intenté medir el tamaño de mi
estrella de Belén y todavía lo sigo intentando, porque crece como uno
crece, proyecta la luz que uno proyecta y se desvanece cuando uno se
desvanece.
Yo creo en la estrella de Belén, creo en mi estrella de
Belén. Me ha guiado los pasos y cuando me he descarrilado fue porque no le
hice caso. Las estrellas nos guían, están ahí para guiarnos, o si no que
le pregunten a los peregrinos del camino de Santiago que tenían dos
caminos, el de el cielo y el de el suelo.
Creo que cuando nació Jesús hubo una estrella y que
cada quién la contempló a su manera, y que muchos no la pudieron
distinguir. Igual que hoy. Estrellas que nos tienden su mano y la
rechazamos, estrellas que nos brindan su luz y cerramos los ojos,
estrellas que palpitan para que nosotros continuemos palpitando, estrellas
más claras, menos claras, pero todas con claridad para que cada quién
pueda alumbrarse el camino a su medida. Creo en la estrella de Belén.
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