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5. El espíritu de la Navidad

Eduardo Merlo Juárez

Si la Navidad verdaderamente tiene Espíritu, éste, en sentido figurado, debe girar en tomo al Salvador del Mundo, no para que tengamos un ambiente disfrazado de símbolos iconoclastas y hasta jacobinos, sino para recordar el anuncio de los ángeles a los pastores: “Gloria a Dios en las Alturas y paz a los hombres de buena voluntad”.

Los indígenas de América del Norte, desde la parte septentrional de México hasta Canadá, en los tiempos anteriores a la llegada de los europeos, creían y ponderaban a un ser, presencia y potencia, dueño de todas las cosas; el que miraba para todos lados al mismo tiempo, el señor del cerca y del junto. Le llamaban el Gran Espíritu. Le invocaban siempre y le pedían perdón cuando no tenían más remedio que cortar árboles o matar animales para alimento y sobrevivencia. Así el Gran Espíritu iba cambiando de nombre según las circunstancias: el Gran Espíritu del bosque; el Gran Espíritu de los Búfalos; el Gran Espíritu de los ciervos; el Gran Espíritu de la cosecha y hasta el Gran Espíritu de la guerra, etc. En todos los casos ese ser estaba presente y recordaba a los mortales las obligaciones que para con él y la naturaleza tenían.

Cada diciembre recuerdo este asunto e igualmente me hace pensar si será el mismo principio filosófico del singular y famoso “Espíritu de la Navidad”. A primera impresión uno se sumerge en el sofisma de que la Navidad tenga espíritu ¡Sí, claro! No lo debo dudar si a cada instante me lo están repitiendo los medios modernísimos de comunicación y difusión. No puedo evitarlo al encender el televisor, al escuchar la radio o leer diarios y revistas. Si ellos lo dicen debe ser cierto, tiene que existir tal Espíritu que yo, recalcitrante a ultranza no puedo distinguir. Ir en contra de la opinión de tantos me hace sentir un miope espiritual y quizá lo sea, pues insisto en buscar esa “espiritualidad” anunciada y no encuentro nada, tal vez unas migajas de trascendencia.

Desde finales de octubre se desencadena una auténtica guerra de anuncios que ponderan a diciembre como el mes “más tierno”, el “más cálido” a pesar del intenso frío que suele tener. En lugar de lo inmaterial que es condición del espíritu, veo por todos lados la intensa fuerza comercial que implica envolver a las multitudes en un remolino o sinfín vertiginoso de comprar, comprar y comprar. Según la antigua tradición india, sería el Gran Espíritu del Comercio, y no el de la Navidad. Creo que ese es el espíritu que impera y al que hay que adorar y alabar, a riesgo de quedar mal con la sociedad de consumo; precisamente di en el clavo: el Gran Espíritu de la Navidad es adorado por esta sociedad, su dios principal, su motivo y razón de ser.

¿Es Navidad o ya está cerca? Pues a comprar, hay que demostrar cariño, afecto y ternura a base de dádivas, entre más costosas e inútiles, mejor. ¿Acaso no vas a regalar nada a los tuyos? ¿Dejarás sin obsequio a tus seres queridos? ¿Traicionarás al Espíritu de la temporada? Negarse a ello es quedar en calidad de renegado, antisocial, digno de vivir en el desierto.

Hay que fijarse muy bien en la simbología de este mes: aparecen estrellas titilantes, cielos estrellados de increíble luminosidad, muérdago, listones rojos, caramelos blancos con línea roja en espiral, calcetas rojas de vivos blancos, pinos luminosos, nieve en copos o la tradicional estrella de sus cristales. Si acaso deben aparecer personajes estos son gnomos, quizá un señor anciano muy gordo, de barba y cabello blanco. Trineos tirados por renos. Música cuasi celestial. Ya me veo andando en trineo de renos por el Paseo Bravo o por la Acocota. ¡Jo, jo, jo!. Se ríe el viejo gordinflón, al tiempo que se introduce por una hermosa chimeneas para dejar regalos a los niños, quienes se afanan por sorprenderlo infraganti.

¡Qué lástima para nuestros niños! En México no hay chimeneas salvo las del calentador y las de las fábricas. Por ello se quedarán chiflando en la loma. Me figuro lo que pensará el pobre de San Nicolás, lo de pobre es solamente referente a la situación en que ha venido a quedar por obra y gracia del juego comercial. Hasta señora le han buscado, por si fuera poco, explotador de menores, pues su taller de juguetes está lleno de niños que laboran día y noche. Me imagino que serán indocumentados que nunca protestan por efectos de la iniciativa 187.

El gran espíritu de la Navidad está presente en las últimas novedades de la muñeca adulta que se viste, desviste, peina, calza, maneja, se compromete, se casa y hasta se embaraza. La niña que no reciba este regalo el 24 de diciembre, será la más infeliz del planeta. Lo mismo sentirá el niño que no obtuvo los supermonstruos infernales, los patines electrónicos o la banco tarjeta infantil.

Pero según veo, el Espíritu tan mentado es bastante espirituoso, lo digo porque se asocia a las bebidas alcohólicas, da gusto mirar a la familia reunida encantadoramente, alrededor de unas botellas de tal o cual marrascapache de fama y calidad, o, nada más de fama, eso es lo que menos importa. El Gran Espíritu Navideño manda que todos sus seguidores tengan botellas en la mesa y basta. Lo mismo sucede con dulces, pasteles, manjares y pavo, claro está, pavo. Al mexicanísimo guajolote lo disfrazamos de pavo para quedar bien con ese gran Espíritu. Me pregunto ¿Desde cuándo se acostumbra comer guajolote en la cena de Noche Buena? y me vuelvo a preguntar ¿Desde cuándo se acostumbre este tipo de cena en México? Son dos buenas preguntas que no tendrían contestación en la tradicional nacional, aunque sí en la del país norteño y vecino. De todos modos son otra de las obligaciones de culto al Espíritu de la Navidad.

Realmente no nos hemos dado cuenta de que arbitrariamente nos llevaron a cambiar el continente por el contenido, la sustancia por la apariencia; la joya por el estuche. Vale la pena preguntarse ¿qué es la Navidad? Porque hasta donde se ve, el gran Espíritu ya se dio a conocer. ¿Acaso Navidad no viene de nacer? ¿No es lo mismo que natividad? ¿Nacer de quién? ¿Nacer de qué? Es importante contestar estas interrogantes.

Primeramente saber que diciembre es el tiempo de adviento, advenimiento o espera. Las profecías han anunciado que en un pueblecito de Israel nacerá el Mesías: el Salvador de los hombres, Ese es el que nacerá, su Natividad o Navidad, la de Cristo Jesús, por supuesto, es lo que se recuerda, celebra y conmemora. Es el Espíritu de Cristo Dios lo que debe prevalecer en estas fiestas.

Si la Navidad verdaderamente tiene Espíritu, éste, en sentido figurado, debe girar en tomo al Salvador del Mundo, no para que tengamos un ambiente disfrazado de símbolos iconoclastas y hasta jacobinos, sino para recordar el anuncio de los ángeles a los pastores: “Gloria a Dios en las Alturas y paz a los hombres de buena voluntad”.

 
 

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