7. Los “nacimientos”
del patriarca
J. Antonio Doménech Corral
Hay en Valencia una monumental iglesia, monumento
histórico-artístico nacional afamado en todo el mundo, que no precisa
instalar cada año el tradicional belén navideño; porque cuenta con dos
hermosos “nacimientos” que son una viva lección teólogica. Es la Iglesia
del Patriarca, fundación de San Juan de Ribera, arzobispo valenciano del
Siglo de Oro español.
Y quizás es la única iglesia de Valencia que no lo
tiene montado. Con sus riachuelos y puentes, molinos y norias, hornos,
fogatas llameantes a la puerta de casas habitadas como denuncia su
iluminación interior. Pastores que conducen sus rebaños al establo,
mientras otros van camino de la cueva en la que, ha corrido la voz, acaba
de nacer un niño sin más calor en la fría noche que el aliento del asno y
del buey que la ocupan. Sin embargo, también es la única del mundo
católico que sobresale por lucir en su interior todos los días del año -y
no sólo en la Navidad- no uno, sino dos bellos “nacimientos” de Jesús. Con
la ventaja que no precisa ser desmontados pasada la fiesta.
Pero lo verdaderamente singular y admirable es la
ubicación en ella de estos dos “nacimientos”. El que forman las bonitas y
policromadas figuras del divino niño en su rústica cuna, con José y María,
el asno y el buey, dentro del aprisco bajo la atenta mirada de un luminoso
triángulo simbolizando a la Trinidad. Nada menos que en el retablo de la
hermosa capilla de San Mauro, dentro de una hornacina y sobre el altar,
dispuestas para ser contempladas y adoradas. Y el representado sólo por
los tres sagrados personajes en un lienzo del pintor maestro de la escuela
valenciana, Francisco Ribalta, en el ático del monumental retablo mayor de
la Iglesia. Bien visible y atrayendo las miradas. Sin duda en clara
alusión a la doctrina católica de que “Cristo constituye el acontecimiento
central y polarizante de toda la historia salvífica humana”, como reza el
mejor manual de cristología. Pero el Cristo Jesús nacido en Belén,
encarnado en el seno de María Virgen.
Porque dos han sido las corrientes teológicas válidas,
a lo largo de la historia, que han circulado sobre la salvación del hombre
operada por Cristo. La de los Padres orientales, representados por San
Ireneo (a. 202), que otorgan al hecho de su Encarnación el valor
automático de esta salvación humana (“nos salva por el mero hecho de
existir”). Y la de los Padres occidentales, representados por San Anselmo
(a. 1,098), (nos salva por el hecho de su muerte en la cruz,
“satisfaciendo” por el pecado humano).
Y es que, no se puede olvidar que San Juan de Ribera,
además de pertenecer a la Iglesia de Occidente como arzobispo de Valencia,
igualmente consta en la Oriental, como su máximo representante, con la
dignidad de Patriarca que también fue de Antioquia. No resulta por tanto
extraño que, al concebir la que denominó Capilla, optara por resaltar en
ella la corriente de opinión oriental, mientras velaba la occidental
-sobre la redención por la cruz- tras otro lienzo gigante del mismo
Ribalta reproduciendo la última cena de Jesús, en el mismo retablo.
El mismo Patriarca ratificaba que éste era su
pensamiento en el único libro teológico que escribió anotando ideas para
sus alabados sermones (decían de él que predicaba “como un Santo Padre”).
Porque, apoyándose en San Ambrosio, afirmaba que “la Navidad es la
metrópoli de todas las fiestas”; ya que de ella dependen todas las demás:
Reyes Magos, Corpus, Pascua, Ascensión… y la de todos los santos del
calendario. Porque sin Navidad no hay cristianismo.
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