9. Tras una llamada
de la familia de Nazaret
Víctor Corcova Herrero
Creo, tal y como está la atmósfera terrícola, que
tenemos necesidad de ese Enmanuel (Dios con nosotros) criado en una
sagrada familia, origen de la vida y camino de virtudes. Es la gran
enseñanza para estos tiempos de confusión en el amor y de convulsión en la
vida de familia.
Definitivamente estamos de moda y de qué modo. Cada día
son más los turistas internacionales que toman como destino preferente
nuestros pueblos y ciudades. Toda una buena noticia. Pienso que las
próximas fiestas deben acrecentarse las estadísticas, pero también la
hospitalidad, por lo sagrado del tiempo que se vive. Las calles y plazas
están luminosas, invitan sobre manera al divertimento del consumo más que
al goce de compartir alegría, pero ahí están las mágicas bolas de colores
para embobarnos y envolvernos de falsos dioses. Los reclamos son
tentadores. La novísima fiebre de ausencia, en algunos lugares
significativos, en cuanto a símbolos cristianos como el tradicional Belén,
carece de sentido y es toda una contrariedad al momento, que para nada
facilita el encuentro entre las personas y el reencuentro con el júbilo de
la felicidad.
A pesar de tantos pesares, la historia se repite como
llama que nos llama al alma y nos resucita los buenos deseos. Yo mismo, de
pronto, recibo una llamada de la familia de Nazaret, para que haga la
crónica de lo que allí pase, de lo que pasó y de lo que volverá a pasar,
porque la eternidad nos enternece. No me lo pienso. Decido tomar vuelo,
sin dudarlo. Para empezar, huir de esta cultura de la muerte a la de la
vida, es más gratificante. Ya se sabe, nace un Niño y todos, por no sé qué
razón, también nos volvemos un poco niños, que no ñoños. Me satisface, más
que nunca, sentir esa sensación de ver brotar el verso de la vida, desde
la soledad del silencio. Ilusoriamente, creo que es uno de tantos, aunque
a posteriori me dicen, a través de una vía láctea, que es un Salvador. No
se si acertaré a conjugar palabra, pero confieso que me puede el deseo de
la comunicación, narrar al mundo lo que allí se viva, contar y cantar la
Buena Nueva a este complejo mundo que reiterativamente dice adiós al amor
y hola al odio.
Una sensación especial pone en movimiento el corazón y
alas en los pies. Sigo la estela de una luz en busca del verso naciente,
hago la ruta del reino celestial como un don Quijote por la Castilla ancha
e inmensa. Quiero ser el poeta, desvelo de toda mi vida, capaz de
injertarme a ese florilegio primaveral por entre las frías paredes del
portal anunciador de vida. Allá es donde tengo que arribar. Después de mil
andanzas, de saltar cruces y sortear baches, consolar desconsuelos y
sostenerme en pie, llego a Belén, porque el amor todo lo puede. Aquí estoy
feliz, sin nada más que el horizonte que se me ofrece, acogido por la
familia de Nazaret como un peregrino de sueños en el sueño del mundo.
Deseo que esta crónica de noches buenas en las santas
noches de la Noche Buena, Navidades y siguientes, llegue al mayor número
de lectores, que para eso uno escribe con el tintero del alma y la pluma
del coraje. Diré que somos como una piña, que sólo amor empina, y por amor
acoge y recoge. No hay puertas, todo está abierto, en el establo de
Nazaret. Somos de todas las nacionalidades y mundos, cada uno con su
lengua, pero todos con el lenguaje del afecto. Así nos entendemos, con
abrazos entre razas y con besos entre versos. La luz tiene un alma, nos
hace ver con los ojos cerrados, y oír al silencio recitar flores y rezumar
gozos.
Observo que María y José no se cansan de
contemplar al Niño y de vestirlo de aliento. Nos sumamos todos al quehacer
de arroparlo. Es nuestro Niño, el de todos, para todos. En un ambiente de
inenarrable alegría, a pesar de que entra frío por todas partes, el calor
festivo de la esperanza nos puede. Por doquier lugar, leo: “Hoy
nos ha nacido un Salvador”.
Es un verso que me persigue la
mirada. Un aire reaviva mi pensamiento, mientras ensimismado profundizo en
el misterio más bello, en el poema más puro, en la poesía resucitadora: En
el seno de la Madre ha nacido un Niño, lo hizo en un pesebre, sin otra
vestimenta que el amor de los Esposos. Y sin embargo, esta cuna despojada,
acuna la inmortalidad de la vida. ¡Qué Natividad más sublime!
Un aire de caricias, como la flor en la pradera, nos
mima y reanima en la intimidad de los abecedarios silvestres del hogar de
Nazaret. Toda esa paz luminosa viene de un pesebre, para nada de un
tenerlo todo. Creo, tal y como está la atmósfera terrícola, que tenemos
necesidad de ese Enmanuel (Dios con nosotros) criado en una sagrada
familia, origen de la vida y camino de virtudes. Es la gran enseñanza para
estos tiempos de confusión en el amor y de convulsión en la vida de
familia. Aquí en Belén, estoy descubriendo en los ojos del Niño Dios y en
el corazón de José y María, que Dios ha creado al hombre y a la mujer como
seres cultivados, para completarse y complementarse.
Desde estas tierras de lunas y soles pacificadores,
pienso en todos los pequeños del mundo, culpados y condenados a sufrir
desde su nacimiento. En Nazaret hay una voz para los sin voz. ¡Salvemos a
los niños y a la familia!, es vital para la existencia. Nos lo pide hoy
con tesón, en la conciencia de cada uno, el Dios que se hizo Niño, para
devolvernos una nueva humanidad en un mundo viejo y vejado, perdido en los
vicios e insaciable por el vacío en que se vive, sin vínculos familiares y
sin familiares vinculados al verdadero amor, el que todo lo asiste y
resiste.
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