12. Los Magos de El
Greco
Me quedo, entre todos, porque lo que El Greco está
pintando es el misterio, es la adoración. Hay solamente espíritu encarnado
en unos magos que han perdido por el camino toda su magia, incluida la de
la vestimenta, para postrarse como Dios manda, sin nada, con las manos
vacías. Pero con el corazón lleno.
Entre todas las representaciones de la Adoración a los
reyes magos me quedo con la de El Greco, no tengo remedio. Y es que El
Greco, en forma y contenido, es distinto. Creo que lo he dicho ya: para
mí, El Greco es uno de los pintores más espirituales de todos los tiempos;
tema que pinta lo convierte en espíritu, en alma, en algo que trasciende.
Es su forma de visualizar la realidad, esa realidad que es doble, que está
aquí pero que su destino es el más allá, la altura, el lugar donde debe
reposar todo.
Me sorprende esta representación de El Greco del
acontecimiento bíblico dela adoración de los magos. ¿Son magos estos
individuos? Reyes, desde luego, no. Sus vestimentas los identifican más
con pordioseros que con gente de poder. Si han tenido que caminar buen
trecho para llegar hasta donde se encuentra la Familia Sagrada, queda
patente en su atuendo. El Greco, la verdad, no se preocupa mucho por los
presentes. Quizá individuos así no puedan presumir de mucho, no tengan
mucho que dar. Adoración, sí, eso queda patenta. Reverencia mucha. Pero no
la reverencia del poderoso sino la reverencia del humilde. En este cuadro
lo que importa es la adoración, el resto sobra.
El Niño, es niño de verdad, como mandan los cánones, y
María y José son dos humildades palpables. No hay visualizado
prácticamente escenario, ¿para qué, si no es del escenario de lo que se
trata?. El Greco no es pintor de escenarios, lo suyo es la interioridad de
los personajes, de todos los personajes. El escenario de El Greco es la
tierra y el cielo, y cómo faltar el cielo en este escenario espiritual...
Ahí están ángeles y arcángeles como la corte única y necesaria que da
validez al misterio. Ahí están los ángeles y arcángeles también adorando,
sosteniéndose en esa altura donde solamente puede sostenerse lo
inmaterial.
Como siempre, toda la luz que dimana de la escena la
irradia el recién nacido, porque este sí es un recién nacido de verdad,
recostadito sobre ese pañal que la madre muestra.
Digo que me quedo, entre todos, con este cuadro porque
lo que El Greco está pintando es el misterio, es la adoración. No hay
curiosos. No hay séquitos. No hay riquezas de por medio. Hay solamente
espíritu encarnado en unos magos que han perdido por el camino toda su
magia, incluida la de la vestimenta, para postrarse como Dios manda, sin
nada, con las manos vacías. Pero con el corazón lleno. Por eso me quedo
con este cuadro misterioso que intenta ahondar en el misterio.
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