1. Afrontar la impronta
Mikel Agirregabiria Agirre
La emulación de patrones externos es un instinto
básico de gran influencia social.
La impronta es un proceso biológico de
aprendizaje, por el cual las crías se identifican con los adultos de su
especie y aprenden de ellos, mediante observación e imitación, los
distintos métodos de supervivencia, búsqueda de alimento y refugio, así
como modelos de defensa, ataque, convivencia, apareamiento,...
Entre los años 1940 y 1950, el Premio Nobel austriaco
Konrad Lorenz, fundador de la moderna
Etología, describió cómo los patitos
que nacieron en su jardín de Altenberg lo tomaron como “madre pata”,
siguiéndolo a todas partes. Los ánades nacen con una "disposición" a
considerar "madre" al animal o artilugio que se mueva de un modo concreto
y a una determinada distancia. Esta “programación genética” desenlaza una
serie de comportamientos que favorecen la protección de las crías al
amparo de sus progenitores.
No sólo las aves, como gansos, patos y
faisanes, desarrollan el fenómeno de la impronta. También se ha estudiado
en diversas especies desde insectos a vertebrados. Los mamíferos también
demuestran en sus primeras etapas vitales un apego y una preferencia
permanente, por algo cercano que por lo común es su progenitor. De ahí que
sea más fácil domesticar animales si desde cachorros han sido criados en
casa, jugando un papel decisivo el olfato al resultar atraídos
permanentemente por aromas similares a los primeros que percibieron.
Con la impronta el aprendiz discrimina lo
familiar y seguro de lo desconocido y temible. Parece irreversible esa
influencia que es difícil de modificar posteriormente. La conducta de
impregnación o troquelado forma parte de la evolución ontogénica de todo
individuo, animal o humano. La vinculación de la cría con la figura
materna ocurre tras nacer a lo largo de una fase crítica de duración
variable.
El período sensible de apego se prolonga
más en las especies superiores. Mientras en los niños esta fuerte
vinculación de arraigo dura hasta los tres años, las ovejas o cabras
requieren apenas unos minutos tras el nacimiento para que la cría se
acostumbre a su madre y mame, tiempo igual al que la nodriza necesita para
mostrase sensible al olor del retoño, aceptándole y segregando leche.
Los estudios en primates y en bebés
humanos demuestran el peligro del desarraigo maternal durante las primeras
fases del desarrollo cerebral. La carencia o insuficiencia de relación
emocional entre el recién nacido y sus progenitores (impronta filial),
genera inhibición en el comportamiento, lagunas de afectividad y retrasos
del progreso psíquico.
El fenómeno de la impresión causada por los adultos significativos desde
la infancia, en sentido amplio, se extiende educativa, cultural y
socialmente a lo largo de la vida de las personas, condicionando nuestro
libre albedrío. Los patrones imperantes en la sociedad dejan huella
indeleble en todos nosotros. Los talantes, las conductas, los modelos de
los líderes marcan y se extienden por mecanismos de emulación. El efecto
mundial del prototipo Kerry no es igual
al impacto del arquetipo Bush.
Los personajes famosos, los políticos, los educadores, los progenitores,
incluso todos los adultos haríamos bien en valorar las secuelas de nuestro
ejemplo en los demás, especialmente en los menores. El poeta
Longfellow señaló: “Ninguna acción,
buena o mala, termina nunca, sino que deja en algún lugar su impronta,
escrita como una bendición o como un maleficio por unos dedos
ultraterrenales”. Recordemos que no sólo somos responsables de
nuestros actos directos, sino también de la imagen que proyectamos y de
las pautas que inducimos en quienes confían en nosotros.
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