3. Santos sin altar
J. Antonio Doménech Corral
Celebrar el día de difuntos junto al de Todos los
Santos es para rendir a los muertos un tributo de veneración también como
a verdaderos santos; aunque no gocen de más altar que el corazón de sus
familiares y amigos.
Porque lo afirma la plegaria litúrgica
del día: “Su fe sólo Dios la conoce»; ya que, si igualmente la conociera
la Iglesia, tendrían también su altar material dentro de algún templo,
como los "canonizados".
Celebrar su memoria es un gesto de todas
las culturas. También de la cristiana que en un principio sólo festejó el
de los mártires, víctimas de las persecuciones. Y fue a partir de que
Santa Mónica en el momento de su muerte (año 387) pidiera a su hijo San
Agustín: "Acuérdate de mí en el altar del Señor", cuando se empezó a
recordar a todos los difuntos en el sacrificio de la misa. Ya en la Edad
Media reyes y obispos pedían en sus testamentos que dijeran misas por sus
almas. Y fue San Odilón, abad de Cluny, quien dispuso (año 998) que al día
siguiente de Todos los Santos los monasterios celebraran misa por todos
los monjes difuntos; costumbre que en el siglo XI pasó a la iglesia
universal, instituyéndose entonces el actual 2 de noviembre para rogar a
Dios exclusivamente por los muertos, para que «brille sobre ellos la luz
eterna» como reza la liturgia. Aunque hoy la fiesta no parece tener más
propuesta que una visita obligada a los cementerios, haciendo presente lo
que la cultura moderna quiere olvidar: la muerte.
Porque, al margen de consideraciones
religiosas, la verdad es que la muerte ha sido una preocupación constante
del hombre a lo largo de su historia. La principal reflexión en el siglo
XX pasado, desde que en 1901 se propuso como nueva ciencia llamada
Tanatología. Se intenta hallar sentido a su realidad; y, como no se
encuentra, el hombre ha terminado por aceptarla aunque sin conseguir
disipar el miedo a su enfrentamiento.
Y ésta es la finalidad que intentan
conseguir nuevas asociaciones culturales surgidas en los últimos tiempos;
por ejemplo, en la zona turística de Maspalomas (Gran Canaria), con
novedosos programas de actividades que ayuden a liberar ese miedo.
Programas cuyo resultado ha puesto en duda la propia Comisión europea
encargada de estos temas y dirigida por un psiquiatra; pues según informes
publicados, contra ese miedo y otros que angustian al hombre de hoy no hay
mejor factor de protección que la fe y práctica religiosa.
Y es cierto. Pues si, como afirmaba
Unamuno, el trago peor del morir es la angustiosa soledad en que se
encuentra el hombre ante lo desconocido, el cristiano al menos tiene la
confianza de que no muere sólo. Ni tampoco va sólo a lo desconocido. Muere
en compañía de los que le precedieron en la fe y va hacía ellos a formar
parte de la comunidad de creyentes de Cristo. Para los cristianos, esta
festividad de los muertos enseña a celebrarlos como a vivos; en el marco
de ese gozo floral de las dalias y crisantemos con que visten hoy los
cementerios.
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