4. Una función del sacerdote
Alejo Fernández Pérez
Fomentar la participación de los laicos en la vida
de la Iglesia , quizá sea uno de los principales y más importantes
problemas a solventar en estos tiempos.
Recordamos que hasta hace no muchos años,
en cualquier parroquia había un número más que suficiente de sacerdotes.
La mayor parte de los laicos eran semianalfabetos, y por tanto los curas
se veían obligados a dirigir casi todas las actividades parroquiales. Lo
que no hacia el cura, se quedaba sin hacer. Una parroquia da mucho más
trabajo del que la gente piensa. Cuando los sacerdotes dedican a ella sus
vidas -que son la mayoría- se encuentran desbordados por una multitud de
tareas que les impide profundizar en ninguna. Los frutos suelen ser
raquíticos.
Por ejemplo, Hace tiempo se advierte que
Cáritas tiene que repensar y adaptarse a las circunstancias actuales. Algo
falla. En la Revista Iglesia en Camino del 13-12-98, en la primera página
y en grandes letras se escribe que “Cáritas pide mejorar el concepto de
solidaridad”. En la pág 5 íntegramente dedicada a Cáritas, se pide que la
“Celebración Navideña suponga un cambio de estructuras” y ese cambio exige
a su vez, pensamos nosotros, otro cambio previo en las actitudes mentales
nuestras y, sobre todo, de aquellos que nos rigen.
Las nuevas generaciones se encuentran
mejor formadas que nunca, cualquier persona tiene el Bachiller,una carrera
universitaria o una preparación laboral que la capacita perfectamente para
desempeñar ciertas tareas parroquiales. Con este bagaje no es razonable
que persista la situación anterior. Este laico no puede ni debe escurrir
el hombro, tiene que ayudar a llevar la parte de la Iglesia que le
corresponda. Los sacerdotes deberían traspasarles las actividades que el
laico pueda desempeñar. Las relativas a Cáritas nos parece que son algunas
de ellas. Las Conferencias de San Vicente de Paúl, no subordinadas a la
Jerarquía eclesiástica -reconozcámoslo honestamente- funcionan bastante
mejor que las Cáritas que conocemos.
¿Que hay que tener cuidado? ¿Qué podemos
meter la pata? Naturalmente, como la puede meter -y la mete- cualquier
cura recién salido del seminario o cualquier sacerdote anciano o no, que
haya quedado anquilosado en unos tiempos obsoletos. En cualquier caso, las
consecuencias de los errores serán mucho menores si los cometen los laicos
que si los cometen los sacerdotes. Afortunadamente, este problema ya lo
resolvieron los apóstoles. En los Hec 6, 1-4 leemos:
“Por aquellos días, habiendo crecido el
número de los discípulos, se produjo una murmuración de los helenistas
contra los hebreos, porque las viudas de aquellos eran mal atendidas en el
servicio cotidiano. Los doce, convocando a la muchedumbre de los
discípulos, dijeron: No es razonable que nosotros abandonemos el
ministerio de la palabra de Dios para servir a las mesas. Elegid,
hermanos, de entre vosotros a siete varones estimados de todos, llenos de
espíritu y de sabiduría, a los que constituyamos sobre este ministerio,
pues nosotros debemos atender a la oración y al ministerio de la palabra”
En el ambiente democrático que nos rodea,
ese “elegid” nos invita a aplicar la democracia en todas las actividades
en que puede y debe ser aplicada -que son muchas-, entre otras cosas,
porque lo exige la mayoría de los que se acercan a la Iglesia, cuando no
ven más razones en contra que pura inercia mental.
Existe un peligro real: el orgullo herido
de algún sacerdote que, por la fuerza de la costumbre, crea son atacadas
alguna de sus prerrogativas, o que considere rebajada su autoridad por no
seguir siendo la sal de todos los platos. El prestigio del sacerdote está,
o debe estar, por encima de estas menudencias . Con alma magnánima debería
ser el primero en potenciar y animar a los laicos a hacerse cargo de ese
conjunto de tareas que tienen poco o nada que ver con la esencia del
sacerdocio.
Los sacerdotes tienen una misión mucho
más importante que cumplir: Dedíquense a formar y mantener el espíritu
cristiano de aquellos que puedan regir -con todas sus consecuencias- algún
trabajo de la Iglesia, a predicar, a perdonar los pecados, impartir los
sacramentos y a hacer bajar a Cristo diariamente en la Santa Misa. Se ha
extendido el silencio sobre el sentido de lo sobrenatural, de la esperanza
en la inmortalidad, y de la salvación. ¿Quién habla hoy de pecado y de la
confesión?
Dejemos actuar a los laicos con libertar
y responsabilidad, sin agobiarles, que tomen decisiones democráticamente
aceptadas, y que después respondan ante la Iglesia de sus esfuerzos. La
colaboración exige un campo de libertad para la acción, y ninguna persona
valiosa la aceptará como una mera forma de subordinación.
La participación del laico, querida y
deseada por las autoridades eclesiásticas superiores, no puede ser
demorada por más tiempo en algunos escalones inferiores. Cierto que pueden
existir peligros en la participación de los laicos; pero existen ya, y
existirán muchos más peligros, si estos no participan y pronto.
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