1. Los enigmas misteriosos
Hacer del misterio un negocio parece convertirse en
algo francamente rentable. Ha ocurrido recientemente con la comercializada
novela El Código Da Vinci, que nada aclara y mucho confunde...
Existen, o han existido, personas y
acontecimientos que, mientras más misteriosos y enigmáticos sean, mejor;
quiero decir, mejor económicamente, porque hacer del misterio un negocio
parece convertirse en algo francamente rentable. Uno de estos personajes
al que se ha ido desviando de la genialidad hacia el mercadeo ha sido
Leonardo Da Vinci, y no precisamente por sus pinturas, sus inventos y a
veces sus estravagancias sino precisamente por la nebulosa de su vida.
Cuando de una persona sabemos poco podemos endilgarle todo, sobre todo en
el campo de la literatura, como ha ocurrido recientemente con la
comercializada novela El Código Da Vinci, que nada aclara y mucho
confunde, que nada desvela y mucho enceguece, que demasiado especula y
nada concretiza.
Por supuesto, se nos dirá que se trata de
una novela, y lo acepto. Uno, como novelista que es, tiene que aceptar
estos supuestos, pues lo que uno inventa tendría escaso valor si no fuera
precisamente inventado. Lo que no se inventa, literariamente hablando, ya
no es novela sino historia. Pero es necesario ser un poco cuidadosos
literariamente cuando tratamos de reinventar la historia, sobre todo
intercalando en la historia de uno historias de otros que están
fehacientemente comprobadas.
De Leonardo se ha dicho de todo y todo
continúa más confuso. Es muy posible que si ahora los científicos logran
reconstruir su cadena de ADN sepamos, si no todo, sí un poco más de él, si
de verdad fue hijo bastardo, si de verdad su madre era una sirvienta, si
de verdad perteneció a sectas o fue hereje, si de verdad fue homosexual.
Ya ven, prerrogativas de Leonardo que no van por el renglón de las
pinturas sino por el de su vida privada, oculta posiblemente porque él no
tenía interés de darla a luz pública.
He leído últimamente algunas de las
frases que dicen que dijo y he descubierto en ellas no la oscuridad que se
le achaca sino la diafanidad de la que posiblemente no quiso presumir. Por
ejemplo, dicen que dijo: “Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra
razones para levantar la voz”.
O por ejemplo: “He ofendido a Dios y a la
humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido”.
Pues bien, me quedo con esta otra fotografía de Leonardo, me quedo con
esta humanidad que no exaltamos ni siquiera literariamente, me quedo con
este pensamiento universal que debería ser tan universal como sus cuadros.
Y, para concluir, con esto que está tan de moda hoy día en el pensamiento
de Juan Pablo II: “Aquel que más posee, más miedo tienen de perderlo”.
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