1. La epopeya olvidada
Jaime Septién
El común denominador de Hispanoamérica es la
cristianización a que la sometieron, con sus altas y sus bajas, los
españoles. En el territorio que va de la antigua Nueva España hasta Tierra
del Fuego, no hubo un rincón que quedará exento de la Cruz.
MADRID. La recuperación de los héroes que forjaron
América Latina cristiana, de aquellos que contribuyeron con la Gracia a
sembrar la Cruz en el vasto territorio que ahora concentra más de la mitad
de los católicos del mundo, puede ser, de hecho lo es, un buen camino para
encontrarse con el rostro perdido de Europa, para que Europa exprese, de
nuevo, con orgullo, su identidad.
Cuando el escritor
italiano Claudio Magris le dice al periódico alemán Die Welt
que «Europa no tiene centro: en medio hay un agujero», lo que está
queriendo resaltar es que, sin un punto de apoyo, nada bueno puede salir
de una fusión de 25 naciones, pues cada una mantendrá el apego a sus
intereses, sin pisar un terreno espiritual común, lo mismo que estará a
merced de cualquiera identidad fuerte (desgraciadamente, las identidades
fuertes están siendo identificadas con el fundamentalismo y, más en
concreto, con el fundamentalismo islámico, por lo que resulta ir contra la
corriente hablar de identidad, a secas, en estos tiempos).
Leído desde Hispanoamérica, el siguiente
trozo de un artículo de Monseñor Andreas Laun (en Die Tagespost)
representa la oportunidad de gritarle al oído de Europa que ahí está la
oportunidad de regresar a la riqueza que nos construyó a nosotros:
«Vivimos en un tiempo, escribe Monseñor Laun, en que, como nunca antes, se
ha aprendido a descubrir la cultura de nuestros antepasados, a
restaurarla, a conservarla. También sería necesario hacer lo mismo en el
plano espiritual». ¿Por qué nada más lo material cuenta como herencia del
pasado? ¿No hay genio en las calurosas cumbres del espíritu?
El común denominador de Hispanoamérica es la
cristianización a que la sometieron, con sus altas y sus bajas, los
españoles. En el territorio que va de la antigua Nueva España hasta Tierra
del Fuego, no hubo un rincón que quedará exento de la Cruz. Cierto que
hubo grupos indígenas más o menos reacios a recibir el Evangelio. Entre
los menos reacios destacan los mexicanos en su conjunto.
La mayoría supieron distinguir entre español
conquistador y español fraile o religioso. Son célebres las asociaciones
entre misioneros y naturales para construir templos y conventos, rescatar
los conocimientos antiguos, enseñarse a labrar la tierra, aprender el
castellano, escribir libros, realizar expediciones, apaciguar a los
levantiscos y extender las tradiciones del catolicismo popular, como una
forma de evangelizar la fiesta, la feria, el tianguis, y de purificar el
sacrificio a los dioses de sangre y guerra en sacrificio al Dios del Amor.
El trabajo de los misioneros en México fue un trabajo
civilizador, de una efectividad insoslayable. Valiéndose de elementos de
avanzada, pusieron los elementos de una Iglesia visible, de una Iglesia
que acoge a todos los hijos de Dios, que es solidaria con los hermanos de
Cristo, que funda una nueva etapa en el devenir del hombre a partir de la
convicción en la Redención universal. ¿Acaso Europa está ciega?
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