3. Los “fracasos” de
los métodos naturales, ¿son fracasos?
P. Fernando Pascual
El que llegue un hijo no esperado no es un fracaso de
los métodos naturales, sino, en cierta forma, un “éxito” de los mismos.
Nunca un niño puede ser considerado como fruto de un error, como un
fracaso o una derrota en la vida de una pareja que se respeta y que se ama
profundamente.
Para muchos los métodos naturales de regulación de la
natalidad “no funcionan”. Incluso en algunos libros o revistas estos
métodos son presentados como poco eficaces, pues un elevado número de
parejas que optan por algunos de estos sistemas (el método Billings, el
método sintotérmico, etc.) tarde o temprano (a veces más temprano que
tarde) se encuentran con la sorpresa de un hijo no esperado...
Toca a los médicos juzgar sobre la “eficacia” real de
los métodos naturales, aunque hay estudios que hablan de un elevado nivel
de seguridad de algunos de esos métodos. Hay que reconocer, sin embargo,
que en el método natural para regular la propia fertilidad la pareja parte
de una actitud mental de respeto y de apertura ante la posibilidad de una
nueva vida. Además, muchas parejas, en el conocimiento de su fertilidad,
aceptan, en un momento determinado, tener relaciones sexuales completas
cuando es posible un embarazo, lo cual no es un fracaso del método, sino,
simplemente, un gesto de amor más consciente de la relación profunda que
existe entre vida sexual y procreación humana.
Otras veces, sin embargo, la pareja intenta, con la
ayuda de métodos naturales, no tener hijos por motivos más o menos
correctos. Puede ocurrir, sin embargo, que por alguna causa no prevista, o
por error en el uso del método, se produzca la “sorpresa” de un hijo. Sin
embargo, tal hijo era “previsible”, formaba parte del horizonte que es
propio del haber aceptado un método natural, aunque en principio se creía
que no iba a producirse una concepción.
En otras palabras: un hijo concebido fuera de lo
previsto no ha de ser considerado como un fracaso del método natural. Usar
un método natural implica asumir una actitud de apertura a la vida, un
espíritu de acogida de un posible hijo como parte de la expresión del amor
mutuo y del respeto a la riqueza de cada uno de los esposos.
Aquí radica la diferencia más profunda entre un uso
correcto de los métodos naturales (puede darse un uso egoísta y, por lo
tanto, inmoral) y el uso de los métodos anticonceptivos.
En el método natural los esposos se respetan en su
riqueza e integridad. El marido escucha y dialoga con la esposa para ver
si conviene o no conviene tener relaciones sexuales cuando está cercana la
ovulación. Este diálogo enriquece a la pareja. Permite a los esposos
descubrirse y aceptarse de un modo profundo, serio, responsable, con el
horizonte abierto a una posible nueva vida quizá ahora no esperada, pero
no por ello excluida de modo sistemático, firme, casi impositivo. Todo
ello implica una gran generosidad y un fuerte amor, generosidad que muchas
veces puede ser el resultado de una profunda vida de fe y de oración, para
quienes son cristianos: Dios no puede dejar de apoyar, de mil modos, a
aquellos esposos que viven su amor dentro del hermoso proyecto de Dios
sobre la sexualidad humana.
En los métodos anticonceptivos, en cambio, se excluye a
través de métodos mecánicos o químicos la llegada de una vida que no es ni
esperada ni deseada. Este deseo de excluir un posible hijo implica
rechazar la fecundidad del esposo (por ejemplo, usando el condón masculino
o femenino) o de la esposa (con diversas píldoras anticonceptivas, la
espiral, dispositivos subcutáneos, etc.). El espacio para el diálogo de la
pareja, en lo que se refiere a su vida más íntima, queda empobrecido, pues
los esposos creen que cualquier relación ha sido modificada y “hecha”
infecunda (así sea realizable siempre sin “riesgos”) precisamente porque
se ha intervenido para dañar o mermar la fecundidad propia de uno de los
esposos (o de los dos al mismo tiempo).
Conviene añadir, además, que en algunos métodos mal
llamados anticonceptivos se da también un efecto interceptivo o
antigestativo. En estos casos, si las técnicas han fracasado en su fin
anticonceptivo y se ha producido una concepción por sorpresa, algunas de
esas técnicas producen una serie de efectos que impiden que el embrión
pueda anidar en el útero o, incluso, si ya ha anidado, fuerzan su
desprendimiento y su muerte por culpa de los mecanismos abortivos de esas
técnicas. Esta eficacia, repetimos, no es anticonceptiva, sino abortiva,
con lo que esto implica de injusticia hacia esa nueva vida privada de su
desarrollo natural.
El que llegue un hijo no esperado no es un fracaso de
los métodos naturales, sino, en cierta forma, un “éxito” de los mismos.
Nunca un niño puede ser considerado como fruto de un error, como un
fracaso o una derrota en la vida de una pareja que se respeta y que se ama
profundamente. Si, además, los esposos tienen fe cristiana, verán en ese
nuevo hijo o hija una invitación de Dios a crecer en el amor hacia el
prójimo más prójimo que nadie puede encontrar en el camino de su vida:
cada uno de sus hijos.
Por lo tanto, el hijo que nace gracias al respeto de la
fecundidad de la pareja que es propio de los métodos naturales inicia su
existencia en el contexto de un amor maduro y generoso; un amor que
permite a los esposos vivir su mutua donación en el máximo respeto de sí
mismos y en la apertura a ese posible hijo que pueda nacer como resultado
de esa fecundidad que acompaña a quienes confían en Dios y viven, con
esperanza, su vida matrimonial con una entrega absoluta y sincera.
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