5. Sí, quiero... la
paz
Mikel Agirregabiria Agirre
Una metáfora de la “ceremonia de la confusión” que la
política vasca debiera de superar.
Allí estaba todo el pueblo ansiando escuchar las
palabras de la novia. El novio ya había dicho, SÍ, y su familia, amigos y
vecinos seguían expectantes la decisión de la prometida, que había tomado
la palabra antes de aceptar con un rotundo y definitivo SÍ. Hasta los
parientes de la novia estaban hartos; todos creían que había llegado el
momento de asentir. Los niños esperaban el SÍ para salir a la calle a
jugar libremente, los ancianos para descansar al sol de la tarde y todos
para ir a celebrarlo con una comida digna de la ocasión.
Pero la novia
proseguía en su luenga, engorrosa, tediosa, insufrible y críptica
perorata. Insistía en que “tras hacer el balance de los últimos
veinticinco años, consideraba que en aquellos momentos la prioridad era
conseguir una fórmula para lograr el diálogo y participar en un proceso
abierto y gradual de reflexión mediante concesiones multilaterales para
acordar una fase de desarrollo que dé como fruto un nuevo marco que
solucione el conflicto de convivencia en base a principios, tales como el
respeto a la voluntad popular, cualquiera que sea la decisión última o la
aceptación de la pluralidad de todos los ciudadanas y las ciudadanos que
tendrá que contar con la adhesión y el respeto de las distintas
sensibilidades existentes en el pueblo,…”
Durante demasiados años fue tan interminable la
disertación que la lozanía de la novia se había esfumado totalmente. Se
había convertido en una vieja desdentada que farfullaba sin sentido,
recordando los remotos tiempos de Maricastaña cuando fue alegre y
combativa. Los presentes se preguntaban si daría finalmente el esperado SÍ
o moriría antes de resolver su eterna duda existencial.
Aunque con el paso de los lustros había recibido muchos
nombres, la novia se apellidaba Batasuna, y actos como aquél en Anoeta
había habido incontables. El pueblo aburrido de tan larga espera, que sólo
por respeto seguía atento, se llamaba Euskadi. Sólo quería oír de la novia
algo tan natural como “Sí, quiero… que las armas callen para siempre”.
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