2. La política como Deus ex machina
Mikel Agirregabiria Agirre
La política no puede ser la única esperanza de
solución para una humanidad necesitada de salvación.
‘Deus
ex machina’ es una expresión latina, traducción de la locución griega
apó µ??a??? Teó? (apo mikhanis theos), que
significa un dios surgido como por arte de magia, como se conocía en el
teatro clásico la súbita aparición en escena de una deidad, que venía
literalmente volando a rescatar prodigiosamente a los protagonistas de
alguna situación desesperada. Dioses (Deus), que aparecían desde fuera
(ex) de la acción teatral accionados por poleas (machina).
Dicho recurso escénico se considera
invención de Eurípides (siglo V a.c.) y el artefacto, llamado mékhane, que
permitía a la figurante "deidad" mantenerse en el aire sobre el escenario,
no era sino una rudimentaria grúa de tramoya de la que pendía el actor
sujeto por una cuerda. En la actualidad, la frase se aplica para designar
lo que inesperadamente surge para resolver una situación aparentemente
imposible. Virgilio es el primero en utilizar tal concepto en La Eneida.
Horacio recomienda en su Arte Poética ser prudente al urdir el desenlace y
recurrir a un poder sobrenatural sólo cuando lo requiera la índole de la
obra: Nec deus intersit, nisi dignus vindice modus (No hagáis intervenir a
un dios, sino cuando el drama es digno de ser desenredado por una
divinidad).
Cuando vivimos una era
que revisa permanentemente la fe religiosa, Henri Bergson nos recuerda una
verdad poco halagüeña para la naturaleza humana: “El mundo es una
máquina para fabricar dioses”. Todos sentimos la necesidad de que se
solucionen los acuciantes problemas de este desdichado mundo con una
intervención externa que provoque repentinamente un desenlace feliz. ‘Deus
ex machina’, incluso para quienes no conocen la expresión, adopta formas
variadas de soluciones providenciales que lo arreglan todo.
Muchos creen que su ‘Deus ex machina’
será el dinero o la lotería; algunos sostienen que la fuerza o la
violencia resolverán sus conflictos; terceros opinan que indiscutiblemente
el mercado y el nuevo orden económico regularán la felicidad; otros
consideran que la tecnología, la informática e Internet salvarán al mundo;
finalmente, la mayoría supone que los gobiernos o los políticos
encontrarán la solución milagrosa para encubrir automáticamente la
tragedia humana de nuestro fracaso colectivo como habitantes de un planeta
conflictivo repleto de injusticia.
Políticos innovadores
como Pasqual Maragall, presidente de la Generalitat, amplían y
matizan el ‘Deus ex machina’ de su capacidad transformadora desde los
poderes públicos. En su primer discurso con motivo de la Diada de
Catalunya, concreta fórmulas que trasladan y comparten responsabilidades
de la administración con la sociedad civil, abogando por "un nuevo
patriotismo" sobre el "triángulo mágico
escuela-gobierno-empresas". Nótese que hasta aquí aparece el
adjetivo de mágico. Quizá sea un avance hacia una política más
participativa y más realista porque es más factible la resolución de
nuestras dificultades con el apoyo de sectores claves como la educación o
la economía, donde todos tenemos capacidad de aportar. Los políticos
acertados tácitamente nos dicen: “No confiéis tanto en nosotros, sino en
lo que todos juntos y bien organizados podamos alcanzar”.
No nos escudemos en
subterfugios a la espera eterna de que un cúmulo de casualidades sin
motivo aparente nos alivie de nuestro infortunio. Renunciemos a la
incesante necesidad de crear falsos ídolos, que nos excusen del compromiso
que cada uno de nosotros hemos de asumir personalmente, superando la
desesperanza. No quedan más coartadas propias de adoradores de artificios
que nos eximan de nuestra responsabilidad directa. Despertemos del
espejismo de la quimera que soñamos como sonámbulos andantes: Cada uno de
nosotros somos los arquitectos de nuestro futuro. Esta solución, la
nuestra que depende sólo de nuestro esfuerzo, cabe esperarla siempre. Con
nuestra voluntad, individual y colectiva, sabremos salir airosos de las
situaciones más complejas. La formulación de Ignacio de Loyola es muy
sensata: “Confiad en Dios, actuando, no obstante, como si el éxito de
cada acción dependiese de vos y nada de Dios". Y Kipling sentenció: “La
Providencia ayuda a quienes ayudan a los demás”.
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