6. Hoy sin noticias de amor
Víctor Corcoba Herrero
Ancianos enfermos que viven solos, dejados de toda
mano protectora, más desasistidos que asistidos; enfermos de Alzheimer que
reclama mayores apoyos sociales. Hemos quebrantado las níveas relaciones
armónicas, como la de ponerse al servicio de aquellos que nos necesiten.
Esperemos que los nuevos presupuestos atenderán especialmente a esos
aspectos sociales fundamentales, sobre todo para los más indefensos
Andaba a la rebusca de noticias de amor
puro, tarea tan dificultosa como hallar una aguja en un pajar, cuando
encontré unas declaraciones luminosas sembradas por uno de los artistas
españoles contemporáneos más singulares, Josep Guinovart, cultivador de
belleza, con más de cincuenta años como labrador de hermosuras y que ahora
expone en Bratislava, hasta donde acude con el programa Arte Español para
el Exterior, ofreciendo y ofrendando una exquisita selección de esa obra
suya, con la que trata siempre de alcanzar lo inalcanzable, llegar a lo
más alto de la pureza y descender al sagrario del verso. Se dice que el
artista debe salvar su libertad y no caer prisionero de una reputación o
de un éxito más o menos fácil, que debe proseguir, como ese viento que
todo lo limpia cada amanecer, con los labios del amor. Esa pasión es la
que nos hace falta, la autenticidad del artista, que todo lo dona y
engalana, para goce del mundo.
Estamos acostumbrados
a falsos tonos que entonan principios de igualdad, que no son, a beber
mentiras constantes y continuas, a desamores firmes y en firme. En verdad,
todos esperamos un mayor talante social, el que nace del amor, así como
talentos más serviciales, el que nace del amar, sobre todo por parte de
los poderes públicos, obligados por conciencia y abonados con nuestros
impuestos en vida, porque la realidad es bien distinta a la que se nos
pinta. Cualquiera que mire a su alrededor o así mismo, se adentre en su
mismo colmenar de cemento o comparta soledad con el vecino, hallará
multitud de ancianos enfermos que viven solos, dejados de toda mano
protectora, más desasistidos que asistidos, tratados como mercancías de
desecho, sin una mano que halague las arrugas del tiempo y avive el
corazón con un beso. No se puede promover una cultura de derechos humanos
mediante el fomento de valores de mercado, lenguajes y comportamientos
discriminatorios, o de burla hacia las diferencias.
Ahora que tanto se
habla de querer cambiarlo todo, de evolucionar y revolucionar, propongo
cambiar la sociedad de aires, edificada y cimentada desde los sanos y para
los sanos. Se olvida, casi siempre, que podemos caer enfermos y que nos
hacemos mayores. Justo, cuando más necesitamos de la ayuda (familiar y del
Estado), mostramos indiferencia y falta de corazón. Nos estorban, molestan
y nos complican la vida. ¡Cuántas humanidades perdidas! ¡Cuántas
insuficiencias de prestaciones sociales ante situaciones de necesidad!
Seguir este descontrolado paso, de pasar de todo, es un abuso total; un
escándalo en el que todos somos cómplices, en mayor o menor grado. Con
estas vivas estampas de seres humanos tragándose en silencio las lágrimas,
difícilmente se puede promover el progreso social y elevar el nivel de
vida dentro de un concepto de amplitud de edades.
Ahí está el creciente
número de enfermos de Alzheimer que reclama mayores apoyos sociales para
hacer frente a la tragedia que supone este calvario, que nos planta como
una planta vegetal en la vida. Precisamente, las asociaciones de esta
enfermedad, aparte de reclamar mayor protección, advierten a ciudadanos y
poderes, que en el 95% de los pacientes, la asistencia socio-sanitaria y
los cuidados corren a cargo de los familiares. La mayoría de las agencias
asistenciales que se crean, son pocas y funcionan más como negocio que
como hogares de vida, donde apenas se cotiza el amor de amar amor. Hemos
quebrantado las níveas relaciones armónicas, como la de ponerse al
servicio de aquellos que nos necesiten, y legislado cantidad de
inutilidades, que lo verdaderamente fundamental mora en el baúl de los
recuerdos. Sin embargo, son esas almas dolientes, con su actitud, los que
nos pueden ayudar a vivir y recuperar los valores fundamentales de la
vida, frente a tantos desconsuelos, la gratuidad, la fuerza del amor, la
esperanza, la entereza en la hora de la prueba.
La atención a tantos desamparos comporta
otros portes y otras pautas, como puede ser: estar con ellos, y ser en
ellos la sílaba que dice y la salve que calla, sus ojos, el oído, las
manos o sus pies; conocerles y reconocerles sin falsas compasiones;
ponerles en vida y darles vida. Todo esto se hace con amor y por amor. Un
afecto, por cierto, que nos quieren hacer ver que está pasado de moda. Que
jamás es eterno. El desprecio al matrimonio es un claro ejemplo de aprecio
a intereses mercantiles. Ante lo cual, servidor, se pregunta: ¿Si en
familia ya no se viven los grandes acontecimientos de nuestra existencia:
nacer, crecer, gozar, sufrir, enfermar y morir; y si las instituciones
asistenciales del Estado tampoco promueven con suficiencia económica y
mediante un sistema de servicios sociales tantas necesidades, qué sentido
tiene contraer matrimonio y que la ciencia avance? A veces los
padecimientos se curan en familia, con una sonrisa compartida, un abrazo
de corazones o una caricia de alma en el alma del enfermo.
En cualquier caso,
Zapatero asegura en todos los foros que los nuevos presupuestos atenderán
especialmente a esos aspectos sociales fundamentales, hoy por hoy más
desasistidos que asistidos -lo reitero-, que contribuyen al bienestar de
los ciudadanos, como la seguridad, la justicia, la vivienda, la educación,
la sanidad y las pensiones. Esperemos que así lo sea; y lo sea sobre todo
para los más indefensos, empezando por asistencias sanitarias más humanas
y por una actitud de escucha hacia todo ser humano por el hecho mismo de
serlo, porque los derechos del individuo no deben ser menos importantes
para unos que para otros. Son tan fundamentales para los pobres como para
los ricos. El Estado debe asistir a los desasistidos para que esto se
cumpla. Los derechos son derechos tanto para la seguridad del mundo
desarrollado como para la del mundo en desarrollo, para los pueblos como
para todas las gentes. Sólo en un mundo liberado de las desigualdades es
posible el sosiego. Seguro que cuando se respeten los derechos
individuales y se asista a la marginalidad, las diferencias estarán
resueltas. El estado social de derecho será algo tan real como la vida
misma. Porque el derecho social es un derecho del corazón que se dona. Los
poetas dejarán de existir y el mundo pertenecerá a la poesía. El verso
brotará del amor, sin condiciones, ni condicionante alguno; y la paz en
paz espigará.
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