9. Consejos sin ejemplo, letras sin aval
Víctor Corcoba Herrero
Resulta difícil proponer alianzas de civilizaciones
si dentro de nuestra propia casa, todo se desintegra y se desune, se
discordia más que se concordia. Bienvenida sea, pues, una nueva búsqueda
de repartos sociales y alternativas de nuevos rumbos, ante tanta
diferencia clamorosa entre ricos y pobres. La puesta en práctica del
principio de solidaridad, sería todo un logro que yo aplaudiría de mar a
cielo.
Aplaudo la voz de aquellos oradores
dispuestos a limpiar de las calles y de los mundos, esa palabra maldita
que es la pobreza y esa sensación de basura que es vivir como un pobre, en
relación o por comparación con los estándares medios de vida de la
población, sin nadie que le abra los brazos y le cobije. Los hogares
sociales, abiertos a la vida, se quedan pequeños frente a tanta multitud
afligida, que llama a la puerta. Subrayo, lo justo que es hacer justicia,
reducir las desigualdades en correspondencia con el hábitat, hacer
visibles ciertos poderes invisibles, que desnivelan lo social en
antisocial y, el derecho, en tomar la justicia por su mano.
Lo apunta el refranero: una cosa es
predicar y, otra muy distinta, dar trigo. Resulta que en estos horizontes
tildados como del bienestar, y titulados como de progresistas, es verdad
que nadie se muere de hambre, pero sí de pena, de navajazos en el corazón
y de homicidios en el alma. Cada cual va a lo suyo, sin ver a los demás,
con la mano extendida y la mirada triste. Nos miran y pasamos a la otra
acera. Aquí todo se compra y se vende como una cosa. Sólo hay que pasear
por las páginas de los periódicos, los anuncios por palabras, el escándalo
de la venta de cuerpos. Alguien tendría que poner límites a todo este
desenfreno de imágenes zafias y de cotilleos inútiles, con peleas
incluidas, televisadas en pleno día. Todo está como muy privatizado al
poder y posesionado a los poderosos. Algunos han tomado las olas como
suyas, otros el aire y hasta la vida nuestra. El efecto de los afectos
perdidos es desastroso, de guerra mundial. El cielo ya no es el cielo que
los poetas versifican, tampoco la luz es la luz que los artistas plásticos
escriben con el pincel, ni la montaña es la paz que todos anhelamos.
Por todo ello, pienso que está muy bien
lo de sugerir cambios de actitudes, pero ya se sabe, que los consejos sin
ejemplo, son letras sin aval alguno. Convendría indicar que, en nuestro
entorno próximo, se producen situaciones tan perniciosas para el ser
humano como el hambre. Ahí están los continuos incumplimientos de las
garantías de libertades y derechos fundamentales, el bochornoso ejemplo de
confrontación entre diversas administraciones que hacen ingobernable lo
que ha de ser gobernable, las causas injustas vendidas como justas. Hemos
perdido tantas seguridades, por referencia citaré las jurídicas normas de
convivencia, que están para normalizar las relaciones de vida, que de
ninguna manera pueden quedarse en mero concepto, sino que deben ponerse en
movimiento, en cumplirlas y hacerlas cumplir. Resulta difícil proponer
alianzas de civilizaciones si dentro de nuestra propia casa, todo se
desintegra y se desune, se discordia más que se concordia, se desatiende a
las familias (vivienda, empleo, servicios sociales...), a los que viven
solos/as a la intemperie o en chabolas, a las parejas (de ancianos pobres
ordinariamente) que padecen el desamparo.
Bienvenida sea, pues, una nueva búsqueda
de repartos sociales y alternativas de nuevos rumbos, ante tanta
diferencia clamorosa entre ricos y pobres, en nuestro propio estado del
bienestar, que es más bien estado de locos salvajes. La puesta en práctica
del principio de solidaridad, sería todo un logro que yo aplaudiría de mar
a cielo. Reinaría el amor y gobernaría el sosiego, tendríamos un mayor
aprecio a los derechos de toda persona, sea como sea, vista como vista o
piense como piense. Hermanar a los ciudadanos, cada día más diferenciados
en formas de ver la vida y de vivirla, reconozco que no es tarea fácil; de
ahí, que todos han de ser oídos y escuchados, para que los proyectos del
mundo a todos engloben y globalicen, y así germine esa coalición de
culturas que todos deseamos, base sobre la que se asienta la vida armónica
de las sociedades humanistas, donde cada voz es un verso; y, cada verso,
un grito de libertad; y cada libertad, un ser y un actuar dentro del
derecho, al derecho de ser considerado como persona humana.
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