11.
Imaginar otro mundo posible
Jaime Septién
“Los juegos Paralímpicos que se llevaron a cabo en
septiembre en Atenas son un ejemplo del verdadero espíritu del olimpismo:
no hay publicidad, no hay patrocinios, no hay anabólicos; hay, eso sí,
ganas de superar la debilidad”
Desde
luego los nombres de Saúl Mendoza, Patricia Valle, José Arnulfo Castorena,
Mauro Máximo y otros atletas de alto rendimiento, medallistas olímpicos y
héroes de la vida nacional mexicana, no son -ni remotamente- conocidos
como el de Ana Gabriela Guevara.
Ésta
última, el martes 22 de septiembre, a su regreso de Mónaco, tras la
medalla de plata en Atenas, dijo una reverenda sandez. A la pregunta del
reportero sobre si había comparación entre los juegos Olímpicos y los
Paralímpicos, Guevara dijo: «Si yo fuera paralímpica, ya hubiera ganado
diez medallas, yo creo».
Ana
Guevara es un ejemplo de lucha y esfuerzo. Pero no de sensatez. Menos de
reconocimiento humano. Los juegos Paralímpicos que se llevaron a cabo en
septiembre en Atenas son un ejemplo del verdadero espíritu del olimpismo:
no hay publicidad, no hay patrocinios, no hay anabólicos; hay, eso sí,
ganas de superar la debilidad, la minusvalidez, la necesidad extrema. Hay
un muestrario de inmenso amor a la vida.
La
casi treitena de medallas de México vale, una sola, mucho más que las 52
medallas olímpicas que ha cosechado el deporte nacional en cien años de
asistir a los juegos de verano. Como la de bronce que obtuvo José Arnulfo
Castorena en 50 metros mariposa, categoría S4, en 53.01 segundos (al día
siguiente impuso récord mundial en 50 metros de pecho, categoría SB2, y
ganó la de oro). Vale diez mil veces más, en términos estrictamente
deportivos, que cualquiera de oro ganada con las cuatro extremidades.
José
Arnulfo, nacido en Guadalajara hace 26 años, tiene una malformación
congénita. Solamente tiene un brazo útil. Es de origen humilde. No ha
recibido nada de nadie. El COM, la CONADE están para apoyar a los que se
quejan de falta de apoyos. José Arnulfo lavó coches. Ahora renta un equipo
de sonido. Está casado, tiene dos hijas. Es un triunfador nato. Y tiene
una fe en Dios a toda prueba.
«Viví
entre fuego y nunca me quemé», ha dicho con humildad y coraje. No anda
pidiendo cámaras ni micrófonos. Reconoce que «si Dios me puso en este
mundo, es por algo». No para filmar comerciales de tarjetas bancarias ni
para salir en «Los Protagonistas» y que una empresa abonera le regale un
televisor de plasma, o el gobierno de Jalisco 50 mil pesos (que no estaría
mal).
Su
misión, como la de todos los atletas paralímpicos, es enseñarnos a vivir
sin limitaciones; a imaginar otros mundos posibles, donde la escasez y la
necesidad sean acicates para elevarnos por encima de nuestra condición de
criaturas rotas y menesterosas; pedigüeñas y quejumbrosas. Por encima de
la vulgaridad publicitaria en la que nos han metido, so pretexto de que
«necesitamos vernos bien para sentirnos bien».
A lo
mejor nuestros atletas paralímpicos no «retratan» con fotogenia para ser
«totalmente Palacio». Pero nos regalan una fotografía sublime: la de un
ser humano que venció la cobardía, la conmiseración, el sometimiento del
imperio publicitario. Esa foto es impagable.
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