1. Hijos, futuros padres
Mikel Agirregabiria Agirre
Ser padre es sentirse transformado por el poder de
los hijos.
No es padre ni madre quien no ha sufrido
lo indecible por los hijos en su difícil crecimiento, cuando los padres
nos sentimos como los huesos con los que nuestros hijos afilan sus
dientes. No conoce la paternidad ni la maternidad quien no se ha sentido
frecuentemente convertido en alguno de los mil oficios del sector
servicios: cocinero, camarero, criado, taxista, telefonista, casero,
vigilante… Más aún, no es progenitor quien no se ha visto transmutado, por
la varita mágica de estos inteligentes y exigentes magos tipo Harry Potter,
en un autómata en forma de lavadora, plancha o mero cajero automático.
Pero llega un día, de
ésos en los que el más pequeño de los hijos es mayor de edad, y de pronto
adviertes tímidas señales de que tus hijos están madurando. En pleno
veraneo, una de esas noches de cena y velada prolongadas, hacia las tres
de la madrugada todavía estás recogiendo la mesa cuando escuchas que pasa
tu hijo con su “tribu” por los alrededores de la casa y se oye la voz de
tu benjamín reclamando imperativamente a sus amigos: "¡Ahora
callaros!... que mis padres estarán durmiendo".
La primera impresión
es de soltar una carcajada por la sorpresa de que ocurra tan inesperado
suceso, pero te contienes prudentemente y pronto te envuelve una
satisfacción inigualable al comprender que los hijos también nos quieren,
aunque lo disimulen estupendamente a ciertas edades difíciles para todos.
El considerado mejor escritor sueco de todos los tiempos, August
Strindberg, nos sugirió una magnífica clave educativa: "Los hijos no
deben educarse como si fuesen a ser hijos toda la vida, sino pensando que
se convertirán en padres".
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