2. El
ejercicio de la política
Francisco Baena Calvo
En muchos frentes la política se ha desvinculado de
la moral y de los valores éticos. Se le pide a la Iglesia su no injerencia
en asuntos públicos. "...la Iglesia sí debe proyectar la palabra de Dios
sobre la sociedad...”
La política ocupa uno de los últimos
lugares en la valoración de las nuevas generaciones y, en general, de la
población española.
La política parece haberse reducido a
estructuras partidistas y en la evaluación del ejercicio de un político
concreto y del ejercicio político de una corporación municipal, elegido
democráticamente en las elecciones oficiales tanto generales como
autonómicas. Y el desprestigio de la política va acompañado con la imagen
negativa de los partidos políticos y de las instituciones públicas.
Parece que en muchos frentes la política
se ha desvinculado de la moral y de los valores éticos, abogando el "mal
menor" y la eficacia política. Además, la política de partidos genera una
reacción lamentable hacia las manifestaciones de instituciones como la
Iglesia, pidiéndole su no injerencia en los asuntos públicos, haciéndole
reducir su parcela al ámbito privado y subjetivo, solamente para sus
fieles e incluso criticando las voces de su jerarquía cuando habla para
sus mismos fieles cristianos.
Ocurre una contradicción evidente: un
sistema democrático ampara el derecho a la libertad de expresión y a
exponer las posturas de cada ciudadano, si son defendidas sin violencia y
sin atentar contra la vida de sus semejantes, pero los defensores de tal
sistema recriminan las declaraciones de otros ciudadanos pidiéndoles, a
veces con ironía, que se dediquen a dimensiones ultraterrenas y a
esconderse silenciosamente en sus sacristías y en sus rezos. ¡Y todo ello
en nombre de la libertad!
La verdadera política es preocuparse de
los asuntos de la "polis" y es necesaria esta dimensión para el desarrollo
integral del ser humano, que es un ser relacional y comunitario en su
misma esencia. El hombre, que es un ser social, necesita una eficaz y
auténtica política, ejercida fundamentalmente por los políticos, elegidos
democráticamente por el pueblo, con honestidad, sensatez y honradez,
administrando los "bienes públicos", en beneficio no de una minoría
favorita o un partido político, sino para el bien común, el bien de la
mayoría.
El Cardenal Vicente Enrique y Tarancón
pronunció una homilía maravillosa en la misa del Espíritu Santo celebrada
en la Iglesia parroquial de San Jerónimo el Real, en la mañana del 27 de
noviembre de l975, con motivo de la exaltación del Rey don Juan Carlos I
al trono de España: "la Iglesia sí debe proyectar la palabra de Dios sobre
la sociedad, especialmente cuando se trata de promover los derechos
humanos, fortalecer las libertades justas o ayudar a promover las causas
de la paz y de la justicia con medios siempre conformes al Evangelio. La
Iglesia nunca determinará qué autoridades deben gobernarnos, pero sí
exigirá a todas que estén al servicio de la comunidad entera; que respeten
sin discriminaciones ni privilegios los derechos de la persona; que
protejan y promuevan el ejercicio de la adecuada libertad de todos y la
necesaria participación común en los problemas comunes y en las decisiones
de gobierno; que tengan la justicia como meta y como norma y que caminen
decididamente hacia una equitativa distribución de los bienes de la
tierra... "
¡Magnífica exhortación del Cardenal
Vicente Enrique y Tarancón en ese día histórico en nuestro país al
expresar con una contundencia fuerte qué le pide la Iglesia a las
instituciones y qué lugar ocupa la Iglesia en la sociedad civil, sin
injerencias en competencias que no le corresponden pero con unas palabras
que decir en las decisiones políticas y sociales!
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