6. Las penurias laborales
Víctor Corcoba Herrera
Por desgracia, son muchos los obreros a los que el
trabajo no les endulza la vida, ni les aleja de males como el
aburrimiento, el desenfreno y la miseria
A juzgar por el incremento de bajas
laborales, amparadas bajo el diagnóstico de síndromes depresivos y
ansiedades, al igual que por las continuas denuncias de acoso y Mobbing,
(las mujeres y personas débiles continúan padeciendo más inseguridad que
los hombres y más tipos de inseguridad), existe un conflicto solapado, que
cada cual lo soporta como puede, entre el mundo del capital y el mundo del
trabajo. Ahí está el diluvio de dolores: Los portadores del síndrome del
quemado crecen como la espuma. Se ha olvidado que detrás de todo trabajo,
por muy insignificante que le parezca a los señores del capital, hay
siempre un ser humano con alma. Dados estos descarados abusos, pienso que
es el momento de poner orden y concierto en la primacía del ser humano
sobre todo lo demás. Es el momento de llevar a las mesas de negociación
colectiva, propuestas justas y realizables, y no los cuentos de la
lechera, que permitan a los trabajadores ser ellos mismos, no el muñeco de
su jefe, y realizarse como persona creciente en humanidad.
Ahora que tanto se dice, se comenta, y se
dispone sobre el diálogo social, es la ocasión de apoyar una nueva
solidaridad fundada sobre la clase obrera, maltratada como nunca,
dispuesta a tragar carros y carretas, con tal de salvarse del paro. La
realidad es así de dura. Los obreros, clasificados como de clase baja,
cada día cuentan menos. Para colmo de males, sus posibles representantes,
(los liberados de la quema laboral), dan la sensación que se han vuelto
pasotas o cómplices. Los hechos cantan por si solos: la mayoría de
trabajadores los desconocen, no se afilian, y tampoco quieren saber nada
de los sindicalistas. Lo cierto es que, a poco que deje uno el sillón,
baje al tajo y comparta bocadillo con el currante, se verá que el trabajo
humano es de lo más inhumano y que hasta las máquinas, en ocasiones, son
más mimadas que los obreros. Precisamente, luchar por los derechos y que
no se practique ningún tipo de diferencia injusta, debiera ser una
preocupación (y ocupación) de las fuerzas portadoras del apellido: en
defensa del obrero. Todavía hoy se sigue practicando la discriminación del
otro, del distinto, y se da marcha atrás en tolerancia e igualdad. Eso sí
que es la gran reforma pendiente.
Por estas fechas, ya suenan los aires del
diálogo social, piropeados como si fuesen una madre protectora. Claro que
nos gustaría contar con una legión de defensores de causas justas,
dispuestos a dejarse la vida por los que nada tienen, pero mucho me temo
que es la misma cantinela de siempre, aunque los centinelas sean otros. El
soniquete repiquetea como agua pasada que no mueve molino. Lo de contar
mentirás, ¡tranlará!, parece que es un modo que está de moda. Aquí nadie
se fía de nadie. Pasemos revista a la fonética. Esto es la bamba del
bombo: Las próximas cuentas, ¡tranlará!, los pobres serán ricos y los
ricos pobres, ¡tranlará!; a los jóvenes les pondremos un nido, ¡tranlará!,
y a los mayores entierro gratis, ¡tranlará!; el trabajo dejará de ser un
deber, ¡tranlará!, porque los derechos son un amor imposible ¡tranlará! ¡laráaa...
lirón! Después de rumiar el romance de los buenos deseos, pienso que la
nariz de Pinocho se va a quedar corta.
Hace tiempo que el trabajo ha dejado de
humanizarse y la inseguridad del derecho campea a sus anchas. Ahí tienen
el aumento del paro después de tantos años de crecimiento que no se han
aprovechado, debido a la informalización de las actividades económicas,
contrataciones piratas y reglamentaciones absurdas. Podremos tener las
mejores universidades, pero todavía no preparan para la actividad laboral.
Un gran número de personas poseen conocimientos que no emplean en su
trabajo. Trabajan con la insatisfacción a cuestas. Estadísticas recientes
nos dicen que la mayoría de los empleados acuden a los trabajos resignados
y dispuestos a soportarlo todo.
Esta sociedad explota más que redime.
Concepción Arenal, sentó unas bases que debieran conocer los apóstoles del
diálogo social. He aquí su voz: “Proteger el trabajo es enjugar lágrimas,
consolar dolores, arrancar víctimas al vicio, al crimen y a la muerte”.
Por desgracia, son muchos los obreros a los que el trabajo no les endulza
la vida, ni les aleja de males como el aburrimiento, el desenfreno y la
miseria. A pesar de tantos voceros de dignidades, el trabajo continúa
siendo, un poema triste, el pataleo del débil contra el fuerte que lo
machaca con todos los parabienes insolidarios por montera.
Las inseguridades de una gran mayoría de
los trabajadores contribuyen a que tengamos una atmósfera plagada de
personas inmersas en la ansiedad y la ira. Urge construir sociedades más
equitativas, que valoren el trabajo por lo que es, esto requiere también
una asidua vigilancia y las convenientes medidas legislativas de obligado
cumplimiento para acabar con fenómenos vergonzosos de fraudes laborales,
sobre todo en perjuicio de los trabajadores inmigrados o marginales, que
hoy por hoy, muy pocos logran alcanzar seguridad económica para sus
familias y un trabajo decente. Sin duda, este clima de desigualdades e
inestabilidades fomenta la intolerancia y el estrés, aspectos ambos que
contribuyen a delirios y violencias sociales difíciles de contener.
En consecuencia, creo que se debieran
avivar modelos que afiancen aquello de que el trabajo es para el hombre y
no el hombre para el trabajo. También proporcionar a las familias
españolas, endeudadas hasta los dientes, una seguridad económica básica,
en lugar de recurrir a modelos selectivos condicionados por los logros
económicos, donde la persona no cuenta nada. Ciertamente, gran cosa es el
trabajo, pero sólo si nos promueve el bienestar personal y el gozo de
sentirse realizado, puesto que el ser humano es lo más importante, todo
debe subordinarse a doquier corazón, por muy ínfimo que sea en la escala
profesional.
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