4. El nuevo asesinato de Dios
P. Antonio Gómez
La invitación de Jesús, a soñar un mundo en que las
aspiraciones puedan ser cumplidas, no es una ironía, como la ciencia
frecuentemente nos dice en su firme convicción materialista.
El credo al que me refiero no es fácil de
expresar con palabras. Podría explicarse así:
Creo que, pese a su aparente absurdo, la
vida tiene un sentido; reconozco que este sentido último no puede ser
captado por la razón, pero estoy dispuesto a servirlo, aunque ello
signifique sacrificarme a mí mismo. Oigo este sentido en mi interior, en
lo momentos en que estoy verdadera y totalmente vivo.
Hermann Hesse.
El mundo de hoy, no es el mundo que nos
prometía la ciencia, como el nuevo “Paraíso” hace un siglo, cuando el
progreso de las ciencias experimentales ponían en marcha inventos que, aun
siendo mínimos en comparación con los de hoy, nos hacían presagiar una
sociedad mas libre y justa, prometiendo progreso y felicidad para todos
los hombres. El avance insostenible de la ciencia solucionaría todos los
problemas y lacras seculares. Era algo así como el nacimiento de una nueva
era, en la que la ciencia y la técnica, a modo de nueva religión,
desvelaría el misterio del hombre, su origen, su comportamiento. Al
descifrar el proceso químico-biológico de su organismo, conoceríamos mejor
su pasado su presente y su futuro. Marx nos explica científicamente,
apoyado en los datos de la historia, la sociología, las ciencias
naturales, la economía y la filosofía y con su método dialéctico, cómo el
hombre llegaría a ser feliz y lograría una sociedad sin clases.
El problema de la existencia de Dios se
daba por resuelto, había sido asesinado. Después de la necrológica de Dios
y desalojado de su sillón, un nuevo inquilino tomaría la poltrona: La
Ciencia. Así las cosas el futuro del hombre se presentaba esplendoroso.
Fruto de todo lo expuesto y madura la sociedad para cualquier aventura no
extraña el arraigo del Positivismo de Comte, explicando las tres fases de
la humanidad: La religiosa, la metafísica y por último y definitiva, la
científica. Después de cubrir estas etapas y hacerse adulto, llega el
hombre a la tercera y definitiva: Con el progreso de las ciencias se nos
dará la explicación real de todos los fenómenos que hasta ahora se le
habían planteado al hombre. La fe en la ciencia, incompatible con
cualquier otra, suele pasar por un menosprecio de la religión que se
juzgan como de seres infantiles e incultos y un obstáculo al progreso
científico.
Sería insensato, ante todo por lo
evidente, no reconocer los logros de la ciencia y de la técnica, sobre
todo y como decíamos, en el mundo de los ricos. Como dice Octavio Paz,
estamos condenados a ser modernos. No podemos prescindir de la ciencia y
de la técnica. El problema consiste en adecuar la tecnología a las
necesidades humanas y no a la inversa como ha ocurrido hasta ahora. La
ciencia aplicada ha dado al hombre más vida, salud, comodidad,
información, tiempo libre y muchas cosas mas, unas necesarias y otras
superfluas. Junto a todos estos avances del progreso, habría que apuntar
cosas no tan positivas en el aspecto económico, sociológico y político que
ensombrecen y ponen en duda los cacareados logros del sistema neo-liberal
y consumista. Lo peor es que el consumo se ha convertido en un fin en sí
mismo.
No es menos cierto que el hombre
contemporáneo se haya sumido en una crisis permanente. Vive en un mundo
inseguro que destina diez veces mas recursos a armarse que a
desarrollarse. La desigualdad entre países ricos del Norte y lo pobres del
Sur aumentará en proporción exponencial. La compleja trama financiera que
profesa el Occidente moderno, crea sobre los países pobres del sur, una
losa difícil de sacudir: Las comisiones multilaterales, los fondos
monetarios, los bancos mundiales, constituyen una enorme y sofisticada
maquinaria desprovista de objetivo ético y ajena a las culturas, las
inquietudes y las autenticas necesidades de los pueblos. El poder
transnacional intenta cambiar el mundo y transformar la vida, no como lo
propuso Marx por el socialismo, y Rimbaud por la trascendencia, sino por
la tecnología y la electrónica.
Un proyecto fáustico
de totalización avanza sin prisa pero sin pausa. Está condicionando los
modos y las actividades ante la realidad, los gustos y las maneras de ser
y vivir de las personas que somete, y lo peor es que este monstruo -este
proyecto totalizador- deviene en UN ENTE impersonal y
autárquico que se afirma en sus propias leyes y fines. Universal y
envolvente, quienes quedan fuera de su lógica de desarrollo, se convierten
poco a poco en marginales. “..el que no consume no existe y por tanto está
fuera de la sociedad y de la historia..” (Fukuyama). El hombre del
neo-liberalismo, acepta sin mayor cuestionamiento la autoridad casi
indiscutible de la ideología del progreso. Su actitud admirativa e
infantil representa el triunfo de un pensamiento utilitario y pragmático
que considera la ciencia como productora de instrumentos cada vez mas
eficaces, precisos y rentables. Al mismo tiempo, el menosprecio por la
naturaleza marcha conjuntamente con la mínima estima que se le asigna a lo
trascendente y a los valores no-cuantificables. Se dice amar la
naturaleza, pero luego vamos a comer a los “Burguer” las
hamburguesas que se hacen con carnes de vacas engordadas con trangénicos
en campos donde los bosques han sido arrasados.
Las grandes
corporaciones económicas internacionales, acompañan la “carrera
fantástica” con los ojos puestos en el avance arrollador de la
informática. Como en el siglo XVIII, de nuevo Occidente vuelve a proponer
el carácter universal de sus valores de civilización, pero esta vez
también pretende transformar las culturas, el sentido de lo humano, los
valores personales, por la llamada Globalización. ¿Dónde
queda la libertad? ¿Hemos cambiado libertad por seguridad y consumismo?
¿En manos de quién estamos? Frente a grupos utópicos que todavía creemos
en que esto puede cambiar, el sistema transnacional se endurece y se
flexibiliza, asimila rebeldías y las disuelve; impone, amenaza, concede y
reprime. Detrás de ese poder incontrolable, protegida por una clase
pragmática, ignorante, sumisa, progresista de la nada y protegida por una
tecnoburocracia sumisa, la ciencia oficial exalta la falacia de su
objetividad y advierte que tiene la última palabra en todo lo que refiere
al hombre y a la cultura.
La verdad es muy otra en el campo
científico. La supuesta libertad de la ciencia termina cuando empieza la
presión de las grandes multinacionales. A nivel privado las grandes
corporaciones transnacionales emplean a las universidades para que les
realicen investigaciones en determinadas direcciones. En EE.UU. por
ejemplo, Du Pont, Hoeschst, Monsanto, Exxon, Bendix, General, Ford y
muchas otras están pagando a las reputadas universidades de Yale a
Stanford para que investiguen, en función de sus planes. ¿Es posible
entonces que esa ciencia garantice el compromiso humanista y ético? La
ciencia es inocente, sólo la técnica es ambigua, suelen decir los mas
inocentes. Por desgracia la ciencia occidental se revela cada vez más, con
un pensamiento dominante y engañoso y que se propone como paradigma de la
libertad, cuando lo cierto es que ha caído en las manos de un materialismo
dominador. No se puede mantener, hoy, que la tecnología es éticamente
neutral, que lo moral sólo corre por cuenta del usuario, que se trata de
un conocimiento de validez universal; esto significa, en última estancia,
liberar a la técnica de un enjuiciamiento ético.
En fin, sigo manteniendo que el hombre
puede y debe aspirar a todo, pero desde su condición de humano y criatura
de Dios. “El Reino de Dios”, al que nos llaman las bienaventuranzas, nos
está invitando a poner en Dios la confianza para nuestros deseos. La
invitación de Jesús, a soñar un mundo en que las aspiraciones puedan ser
cumplidas, no es una ironía, como la ciencia frecuentemente nos dice en su
firme convicción materialista. Por el contrario todos nuestros deseos se
cumplirán, porque se ha inaugurado un nuevo lugar de seducción, pero no en
un laboratorio, que también, sino donde nuestro maltrecho corazón se pueda
cobijar amorosamente: el mismo Jesús, que ha venido para que sobreabunde
la vida y para saciar nuestra sed de justicia.
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