8. El papel de las culturas en la alianza
Víctor Corcoba Herrero
Deduzco, pues, que las alianzas hay que mamarlas (y
mimarlas) en la escuela, con una educación más educativa, que contribuya a
la consolidación del ser humano, abierto a dimensiones ético religiosas,
para que así pueda estimar las culturas y los valores espirituales de las
diversas civilizaciones, que han de atenderse y entenderse.
Considero vital abrirse a las culturas
para que la paz nos encierre en el amor. Todas ellas, en el fundamento y
su razón de ser, nacen de afectos y donaciones, crecen con la ternura y se
desarrollan en un mar de identidades. Cada ola necesita de otra para
formar un océano de sosiego, porque la vida es un aliento compartido de
almas. No hay otra forma de vivir en paz, que fusionando culturas y
compartiendo cultivos. Cuando las personas se impersonalizan, pierden su
singularidad, se vuelven menos auténticas y más falaces. Tampoco el
corazón entiende de desigualdades, cada uno es como es, y así debe
considerarse a la persona, con el respeto más absoluto a su dignidad. Algo
innegociable. El ser humano, por el hecho de ser, tiene una sabiduría
abierta a los demás, y por el hecho de estar en la vida, debe ser
considerado como tal. Ninguna cultura, por muy poderosa que sea, debe
tener licencia de explotación y dominio sobre sus jardineros.
Por esa potestad de injustos
aprovechamientos de unas culturas hacia otras, surgen los odios y las
venganzas. Olvidamos que ninguna es Dios y que todas son de Dios, lo que
conlleva que nadie es más que nadie. En el momento que se acrecienta la
desigualdad, el diálogo es un amor imposible y la paz un horizonte
inalcanzable. Ninguno debe dominar y todos debemos dominarnos hacia el
respeto a la diversidad. Frente a la multitud de desajustes que vive hoy
el mundo, más ciego en el cultivo del ojo por ojo que luminoso en el
cultivo del amor de amar amor, se precisan sembradores que nos revaloricen
como personas humanas y nos revitalicen como humanos corazones. Unas veces
a la ofensiva y otras a la defensiva, lo cierto es que un cuadro sombrío
de intereses nos capitaliza el mal, devaluándonos el valor trascendental
de la vida, cada día con menos garantías de que mientras viva tengo
derecho a vivir. ¿No hay personas que crean en la paz, que nos recreen la
vida, y que nos recríen en el amor bajo la crianza del perdón?
Pienso que las religiones, tan criticadas
en los últimos tiempos y tan profundamente inmersas en la cultura de los
pueblos, pueden hacer mucho bien, o mucho mal, a la sociedad del mundo
globalizado. Todo depende de la consideración debida y pende de la
autenticidad transmitida. Son algo más que asociaciones políticas o
civiles, puesto que contribuyen a la cultura de nuestras sociedades desde
tiempos inmemoriales y al debate de ideas. En cualquier caso, estimo que
han de ser oídas siempre, por muy endiosados progresistas que nos
sintamos. Todas se esfuerzan por responder de varias maneras a la
inquietud del corazón humano, proponiendo caminos y moradas. Sesgar las
raíces de la espiritualidad, provoca tensiones absurdas y revoca
quietudes, fomenta cultos perecederos y fermenta egoísmos hacederos,
hedonismo al cuerpo y destierro al espíritu. La vida, por consiguiente, no
tiene sentido, ni valor alguno. El fruto de todo ello, es el de una nueva
sociedad derrumbada, sostenida por el quita y pon, usar y tirar, sin un
sostén de esperanza, donde más que servir se sirven de nosotros, sin
cultura de pulso y pausa, ni acogida de latidos. Así el mundo, cada noche
es más anochecer y cada día más atardecer en nubarrones indignos y
vejatorios.
Para que las alianzas no se hagan en
falso se precisa el consenso de las culturas lo antes posible. Más allá de
las palabras, deben venir las acciones. La situación actual del planeta es
tan preocupante como alarmista. Falta amor verdadero y sobran negociantes
de amor que comercian con personas como objeto de disfrute y moneda de
cambio. Es la nueva esclavitud. Creo que debemos reafirmar en todos los
foros de naciones al ser humano en sí mismo. Todos somos conocedores de
que el racismo, la xenofobia, la discriminación y la intolerancia se
hallan en la ignorancia, la ofuscación y el desprecio, manado de una
educación incorrecta e inadecuada así como del uso distorsionado de los
medios de comunicación.
Volviendo los ojos a nuestra casa, con el
inicio del nuevo curso académico, hemos oído alabar las virtudes de la
educación y de la universidad, en todos los discursos, y yo mismo pensaba
que era un sueño o que estaba en otra galaxia. No hace tanto tiempo que
estudiar era un lujo de unos privilegiados y volvemos a las andadas. Ahí
están esos cursos formativos que cuestan un riñón, para acrecentar
currículo y aprobar disciplinas necesarias. También esas libertades de
cátedra mal entendidas en ocasiones, puesto que no preparan para ganarse
la vida dignamente y menos para la convivencia. En cada autonomía la
educación camina según el político de turno. Esa es la realidad, una
continua incertidumbre y preocupación. La necedad de mentes y la sandez de
mentiras, conllevan unos planes de estudios que para nada humanizan esa
nueva humanidad que se percibe. Lo de los medios de comunicación, sobre
todo algunos televisivos, son de juzgado de guardia.
En suma, y como reflexión última, juzgo
que para avanzar hacia la convivencia se precisan otras alturas de
pensamiento, más libre y puro. Mal nos puede servir una educación, que
ignora los valores de unidad de la familia humana, comulga con ruedas
jerárquicas y prepotentes, parcela la dignidad según poderes, utiliza
distintas varas de medir la justicia, enseña una cultura privada de lo
trascendente, relativizadora e interesada y tan utilitarista como
materialista. La cultura no admite rehuir las elecciones personales
inspiradas en la libertad. Es también más eterna que provisional, más
verdadera que de apariencia, más de confianza que de sospecha. Deduzco,
pues, que las alianzas hay que mamarlas (y mimarlas) en la escuela, con
una educación más educativa, que contribuya a la consolidación del ser
humano, abierto a dimensiones ético religiosas, para que así pueda estimar
las culturas y los valores espirituales de las diversas civilizaciones,
que han de atenderse y entenderse.
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