3. Humanidad familiar
Mikel Agirregabiria Agirre
La fraternidad extendida podría transformar el
mundo, pero aún sería mejor si tratásemos a los demás como hijos nuestros.
La reciente muerte de una abuela, madre
de una buena amiga de la familia, nos ha hecho recapacitar a todos sobre
el significado de la maternidad. Esta anciana, con una envidiable lucidez
mental mantenida hasta los últimos minutos de sus 89 años, nos legó una
lección de humanidad en la clínica donde, tras un rápido proceso de dos
semanas, murió serenamente arropada por su fe.
Prefirió no preguntar qué le pasaba, a
pesar de los alarmantes síntomas, y su único interés era atender a su
familia y a las amistades que la visitábamos, bromeando sobre la
imposibilidad de tomar un café con leche. Con una entereza inigualable
supo disimular una despreocupación suprema, justamente para hacernos creer
que desconocía la gravedad de su enfermedad. Madre hasta la muerte, se
levantaba de noche para abrigar a la hija que le cuidaba, e insistía en
que sus hijos y nietos debían seguir con sus tareas sin alterar sus
horarios para acompañarla. Su interés fue siempre el cuidado de los demás,
y su infinito cariño se desbordada hasta alcanzar a amigos y vecinos.
La fraternidad fue un lema cristiano y
revolucionario, y Dios se nos presenta como un Padre en muchas religiones.
Pero quizá todo sería mejor si nos comportásemos con los demás como
cualquier madre trata a sus hijos, y atendiéramos a quienes nos rodean
como los progenitores cuidan a los suyos. Todos somos hijos, muchos
tenemos hermanos, pero sólo con la paternidad o la maternidad se llega a
entender de verdad lo que es el amor incondicional, abnegado y sublime
cuando se mezcla con la admiración por los hijos amados. Con razón se dice
que de las muchas maravillas que hay en el universo, la obra maestra de la
creación fue el corazón materno. Pongamos un poco más de maternidad o
paternidad en nuestros endurecidos corazones de jóvenes, adultos, mayores
o ancianos.
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