7. Se cosecha lo que se siembra
Cada vez que un hombre ejerce violencia contra una
mujer, sea quien sea, (novia, amante, conocida, empleada…) salta a los
titulares bajo el epíteto de “violencia domestica”. Inmediatamente la
conclusión que se saca es: para erradicar este problema hay que castigar
al culpable.
Vivimos en una época simplista. Da la
impresión de que de tanto alabar el método científico como único camino
para conocer la realidad, no sabemos despegar el ojo del microscopio. De
la misma manera tratamos de analizar los casos de la mal llamada
“violencia doméstica”. Todos estamos preocupados por el incremento de
estas situaciones, en las que lógicamente la mujer, le guste o no, es el
“sexo débil”, es la que lleva la peor parte. Cada vez que un hombre ejerce
violencia contra una mujer, sea quien sea, (novia, amante, conocida,
empleada…) salta a los titulares bajo el epíteto de “violencia domestica”.
Inmediatamente la conclusión que se saca es: para erradicar este problema
hay que castigar al culpable. Pero antes de llegar al castigo habría que
preguntarse ¿Por qué actuó así?
Nuestra sociedad ha ido legitimando
algunos tipos de violencia, a base de alabar las conductas que las
protagonizan:
- Violencia contra las cosas, que el
individuo puede destruir a su antojo en el consumo. “Usar y tirar”
- Violencia ecológica, a base de no
respetar la naturaleza y explotarla más allá de lo necesario para su
sobrevivencia.
- Violencia sexual del hombre contra la
mujer a la que hay que atrapar y retener; pero también teorizada por las
feministas radicales, como el imperio de la mujer que ejerce su poder
sexual sobre el hombre, al que hay que seducir y subyugar, y del cual hay
que vengarse para triunfar sobre el "machismo".
- Violencia del individuo contra sí mismo
si decide que es en el suicidio donde encuentra la expresión de su
libertad
- Violencia general contra los demás a
quienes el individuo fuerte puede reducir a esclavitud o dar muerte.
(Violencia social, comercio de explotación sexual…)
Una sociedad que tan sutilmente preconiza
la violencia es lógico que la sufra en su seno íntimo, en su misma casa.
Abramos un poco más los ojos y hagamos un análisis algo más objetivo de la
realidad. Poner etiquetas es muy fácil, pero quitarlas es una tarea
titánica. Los periódicos pregonan: “El varón tiende a la violencia…, es un
agresor potencial por el sólo hecho de ser hombre…, cuando el enemigo está
dentro de la casa…” Las reacciones violentas que un hombre tiene hacia una
mujer ¿realmente son causadas por la sexualidad masculina? ¿La mujer no
reacciona con violencia también aunque lo demuestra de otra forma, menos
obvia físicamente, por supuesto? Erin Pizzey es profesional en la atención
a mujeres maltratadas desde 1971. Es responsable de más de 62 albergues
que cuidan de mujeres maltratadas. Cuando habla de la violencia doméstica
sabe de que está hablando.
“Aquellos de nosotros que trabajamos en
el campo de la violencia doméstica nos enfrentamos diariamente con la
difícil tarea de trabajar con mujeres dentro de familias problemáticas. En
mi experiencia con la violencia familiar, he llegado a reconocer que hay
mujeres implicadas en relaciones violentas de carácter físico y/o
emocional las cuales muestran y exhiben trastornos más allá de lo esperado
(y de lo aceptable) en una situación de estrés. Estas mujeres, motivadas
por profundos sentimientos de venganza, rencor y animosidad se comportan
de una manera particularmente destructiva; destructiva para ellas mismas
pero también para los restantes miembros de la familia, de tal manera que
complican una situación familiar, ya de por sí mala, en algo mucho peor”.
El ser humano, hombre o mujer, nos guste
o no reconocerlo, es un ser que puede tener un comportamiento violento. No
es una cuestión de género. No ha habido época de la historia, ni cultura
que tristemente no haya conocido las secuelas de la guerra, los conflictos
entre vecinos, entre pueblos contiguos, entre miembros de la misma
familia. La proximidad pone de manifiesto la tendencia a la violencia. El
conflicto de libertades se da en el trato cercano.
Esta es una realidad de la misma
naturaleza humana, que hay que aceptar para poder superar. Pero si además
la sociedad la alimenta a base de ideología haciéndonos creer que lo peor
que puede sucederles a hombres y mujeres es ser diferentes entre ellos,
porque la diferencia conlleva inevitablemente un conflicto, estamos
alimentando las tristes situaciones que leemos casi diario sobre la
violencia intrafamiliar.
Las diferencias no son en sí malas por el
sólo hecho de serlo, son fuente de riqueza. La igualdad forzada sería una
injusticia mayor, ya que no respetaría lo natural de cada ser. Las
relaciones naturales entre hombre y mujer conducen naturalmente a la
complementariedad porque ésta reconoce las diferencias entre ambos sexos
como posibilidades de crecimiento mutuo en todos los órdenes.
No desconocer las dificultades en las
relaciones no significa que haya que generalizarlas. Generalizar es
peligroso para la justicia. ¿Todos los hombres son agresores en potencia?
Algunas leyes contra violencia doméstica sólo suponen como sujetos de
violencia al sexo masculino.
Es de
sentido común aceptar la existencia de dificultades en la relación entre
hombres y mujeres; es de demagogos el exagerarlas, y es antinatural negar
que esta relación es, sencillamente, la tendencia más fuerte que tiene el
ser humano en la búsqueda de su realización. La humanidad ha progresado
gracias a las diferencias complementarias entre hombre y mujer.
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