Imprimir

3. Funeral de Juan Pablo II

Arturo A. Szymanski R., obispo

Homillía en el funeral de Juan Pablo II que se celebró en la arquidiócesis de San Luis Potosí (México) por un obispo mexicano cercano a S.S. Juan Pablo II por su ascendencia polaca.

Dicen que Juan Pablo II al despedirse de los suyos dijo: “Estoy feliz y ustedes también deben estarlo. Oremos juntos con alegría” —esa debe ser nuestra actitud ante el acontecimiento de la muerte del Papa según él mismo lo dijo.

En la primera lectura (II Co. 5,1.6-10) hemos escuchado lo que dice un hombre de Fe (San Pablo), sobre la vida terrena que se acaba. Somos como desterrados pero estamos llenos de confianza en el Señor por eso procuramos agradarle, porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para en la otra vida (la eterna) recibir el premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Y el Evangelio escuchado (Jn. 10.11-18) nos presenta en las palabras de Cristo la figura del buen Pastor que da la vida por sus ovejas, las conoce y tiene preocupación por las que no están en el redil. Que es necesario las atraiga, que escuchen su voz y haya un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Creo que el mejor ejemplo de lo que nos dice la Palabra: —Hombre de fe, vida terrena que se acaba, presencia de Dios para recibir premio en la vida eterna y buen Pastor que se preocupa por las ovejas de su redil y las que están fuera— lo tenemos en el Papa Juan Pablo II, por quien hoy nos hemos reunido a orar y, yo diría, a encomendarnos a él, como su México querido para que interceda por nosotros —por todos los mexicanos sin excepción— ante Dios, nuestro Padre, en cuya presencia estoy seguro que ya se encuentra gozando después de una vida entregada a Él, desde que fiel a su vocación fue un joven, un sacerdote, un Obispo y un Papa del que con asombro hemos visto en estos días, como hace su última homilía por voces de tantas personas, sobre todo los comunicadores, que cuando él fue nombrado Papa, quién sabe que tan lejos estarían de Dios y hoy los vemos ser sus voceros.

Quiero que como oyentes de esta última homilía de Juan Pablo II, reflexionemos sencillamente haciendo lo que me pidió el Señor Arzobispo (Don Luis Morales) hacer una relación de lo que he visto en el Papa Juan Pablo II un amigo mío lejano por la distancia Roma — San Luis Potosí, pero no por el afecto.

Para mí el Santo Padre fue una persona coherente en sus criterios; fue un hombre firme con un corazón de oro en el que no cabían distancias: amaba y respetaba a todos: el mundo por eso lo admira.

Creo que el Papa con su vida y su muerte nos dice “Sean coherentes”.

Siendo yo amigo del Papa desde el Concilio Vaticano II (1962), creo interesará conocer como nos hicimos amigos el Santo Padre y yo: El Cardenal Stefan Wyszynski, Primado de Polonia y Arzobispo de Varsovia, que era en el tiempo del Concilio el Obispo más importante de Polonia y que por defensa de la fe había estado en prisión. Era un personaje admirado por todo el mundo, por su papel en la Iglesia y yo tenía deseo de conocerlo.

Y sucedió lo inesperado pues este Cardenal nos invitó a todos los padres conciliares de apellido eslavo a que fuésemos a comer con el Episcopado Polaco. El se guió para hacer la invitación por la lista de apellidos de los que participábamos en el Concilio. La invitación la hizo por escrito y yo acepté asistir.

El día señalado me presenté al lugar donde se alojaban los obispos polacos y ¡Oh sorpresa! Fui el único de los invitados que asistí. El Cardenal me sentó a su derecha y a su izquierda estaba el más joven de los obispos polacos a quien llamaban ellos “Lolek” Carol Wojtyla. Él joven de 42 años y yo joven de 40 pronto hicimos amistad, y mas de una vez el Cardenal Wyszynski lo mandó a llevarme en un carro Fiat cinquecento (Fiat quinientos) chiquito, en el que sólo cabían dos personas. Nunca pensé yo que el entonces mi chofer y amigo sería en el futuro el Papa hoy llamado ya por algunos Juan Pablo II el Grande. Aunque me escribía después con él nunca pensé que ya hecho Sumo Pontífice se acordase de mi y en su primera visita a México al saludarme me dijo: Chimanski” (así se pronuncia mi apellido en polaco) ¡Se acordaba!.

Después alguna vez me dijo que mi apellido, que significa “Hijo de Simón” era muy común en Polonia como en México son Pérez, Martínez y otros. Yo siendo él Papa, me consideré el “hijo de Simón Pedro” a quien el mismo Pedro (Juan Pablo II) me dijo lo que significaba mi apellido.

Después de esta explicación que juzgué curioso hacer les he de decir que en el Papa encontré una persona que realizaba lo que enseña San Agustín que es lo que debe hacer todo cristiano coherente: tener “En lo esencial unidad, en lo accidental libertad pero siempre y en todo caridad”.

Los que consciente o inconscientemente han juzgado conservador al Papa Juan Pablo creo son los que quisieran que la Iglesia cambiara en lo esencial.

Los que también consciente o inconscientemente lo han juzgado progresista quizá son quienes no quisieran que hubiese libertad en lo accidental.

Los que lo han admirado son quienes han encontrado en él lo profundo de su personalidad: su caridad para con todos.

No quiero ser largo ni entretenerme en datos personales del trato del Papa para conmigo, que quizá sería presunción, pero les digo que el Papa con su vida dio la respuesta que un Obispo logró de un comunicador en un programa de televisión. El entrevistador le preguntaba al Obispo ¿Es usted progresista o conservador?

El Obispo le respondió ¿Me permite hacerle una pregunta? El entrevistador le respondió. Sí. Al aceptar el entrevistador, el Obispo le preguntó ¿Sabe usted manejar un automóvil? Al responderle el entrevistador afirmativamente, el Obispo le hizo esta nueva pregunta: ¿Usted va siempre acelerando o siempre frenando? Al quedar el entrevistador perplejo, el Obispo le dijo: Esa es mi respuesta.

El Papa como quien maneja la nave de la Iglesia con la destreza que manejaba el cinquecento en el tiempo del Concilio supo acelerar en lo accidental, frenar en lo esencial y siempre lo hizo con gran caridad. — ¿No podremos imitar en eso a Juan Pablo II, que es la mejor oración y el mejor homenaje que podemos hacerle?— Ahí quedan mi pregunta y mi deseo para todos: Que seamos coherentes entre nuestra fe y vida.

Termino: el día 15 del mes pasado cuando al salir de Roma, a donde fui a arreglar asuntos del Episcopado Mexicano, al irme a despedir del Papa al que no me pude acercar por su delicado estado de salud, me mandó decir con su Secretario el Sr. Arzobispo Don Sranislaw Dziwisz este recado concreto que hoy con gusto comunico a ustedes: “Diga a todo el pueblo mexicano que el Papa agradece las oraciones que hacen por él y les manda su bendición Apostólica”. Creo esta es su última bendición a México de la que he sido portador y comunico a ustedes. Amén.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]