Imprimir

4. Juan Pablo II ha hecho de su vida un canto a la misericordia divina

Santiago García Aracil, obispo / Iglesia en Camino

Homilía de la misa por el Papa en el día de su fallecimiento

1. Estamos viviendo un acontecimiento de repercusión global, mundial, diría yo: la muerte de un Papa.

El Papa es la persona que pastorea al Pueblo de Dios extendido por todo el mundo: la Iglesia.

La Iglesia, a través de sus 2000 años de existencia, ha supuesto muchísimo para la vida de los pueblos, de forma distinta en los diversos continentes países y lugares. Por tanto, la muerte de su cabeza visible, el Papa, tiene una repercusión mundial que se manifiesta muy claramente en la atención mediática.

Pero, además, quien ha muerto es el Papa Juan Pablo II, que se ha distinguido ante el mundo, por su presencia valiente e indiscriminada en todos los lugares, y con la atención muy cercana a todos: obispos, sacerdotes, religiosos, cristianos de todas las edades, políticos, estadistas, intelectuales, deportistas, etc.

Juan Pablo II, de quien no voy a dibujar ahora un perfil completo, ni voy a realizar una apología emotiva, ha sido un hombre de Dios. En consecuencia ha sido un cristiano auténtico; esto le ha llevado a ser un hombre universal. Fiel a su identidad ha querido abrir la Iglesia a todos los ámbitos de la geografía y de la cultura, ayudándole a estar presente de modo significativo en el curso de la historia. Para ello ha tomado la única actitud coherente: procurar que llegue a todos los rincones la luz de la Verdad, y, con ella, la auténtica libertad. Verdad que no puede alcanzarse sin el reconocimiento de las propias limitaciones y errores, libertad que no podemos disfrutar verdaderamente sin la humilde invocación de la misericordia divina.

Por ello Juan Pablo II ha sido el Papa de la reconciliación, del perdón, del abrazo de unidad.

Juan Pablo II ha hecho de su vida un canto a la misericordia divina. Su muerte y por tanto, su presentación definitiva ante el Señor, se ha producido precisamente cuando la Iglesia celebra la Octava de Pascua de resurrección, la octava de la culminación de la obra redentora, y que por este motivo Juan Pablo II la estableció como la fiesta de la misericordia divina. Por eso, uniendo la Verdad con la profunda fe en la misericordia de Dios, el Papa, no ha tenido inconveniente en proclamar con toda valentía la lucha contra todo miedo, y ha dado un claro testimonio de la esperanza que no defrauda; la que nace de la promesa salvífica de Cristo.

Desde su primer momento de pontificado, dio un grito contra el miedo: "No tengáis miedo". Esta valiente llamada brotaba de la fe profunda y firme en Jesucristo que es nuestro redentor y nuestro valedor. "Abrid las puertas a Jesucristo", añadió en su primer saludo al orbe cristiano el día de su elección.

2. Si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos con El.

Efectivamente: la fe en Cristo resucitado, que venció la fuerza definitiva del pecado y que abre a la esperanza el corazón de los que creen en el Mesías Salvador, ha mantenido a Juan Pablo II fiel hasta el último instante de su vida, proclamando el sentido y dignidad de la vida, y el valor del sufrimiento unido a la Cruz de Jesucristo. El Señor ha querido dejar una muestra del curso lógico de la vida del Papa viajero, llamándole junto a sí, cuando la Iglesia celebra el día octavo de la Resurrección de Jesucristo.

Hoy, en la muerte de Juan Pablo II, se han unido, el canto a la misericordia de Dios a que nos invita el salmo interleccional, y "la fuerza de Dios que nos custodia en la fe para la salvación", como dice S. Pedro hoy en la segunda lectura. Por eso deseamos y esperamos que en el tan querido Papa Juan Pablo II se haya cumplido lo que canta el prefacio de difuntos: "la vida de los que en ti creemos, no termina, se transforma; y al abandonar esta morada terrena, alcanzamos una morada eterna en los cielos".

Para los cristianos, la muerte no es el final del camino, sino la puerta que nos permite acceder a la vida definitiva y sin fin, llena de gozo en el amor, junto a Dios, que es nuestro origen, nuestra meta y la razón de nuestro existir.

3. En estos momentos, al tiempo que elevamos interiormente sufragios por el eterno descanso del Papa Juan Pablo II debemos esforzarnos en fortalecer nuestra fe, a ejemplo del Papa que nos ha dejado.

La fe es el móvil de nuestro esfuerzo y la raíz de nuestra esperanza. Y la esperanza firme en el Señor es la energía capaz de mantener la ilusión en el trabajo, la constancia en el servicio, la humildad en el recurso a Dios, y la valentía para dar testimonio de la Verdad que nos hace libres y nos lleva a la salvación.

Las palabras del Señor nos transmiten un aliento de paz en el día de hoy: "Paz a vosotros" dijo a los discípulos reunidos en el Cenáculo tras de su muerte y resurrección.

Esa paz interior brota de la profunda conciencia, decididamente asumida, de que el Señor rige nuestros destinos; y de que, por tanto, cuantas cosas nos ocurren contribuyen a nuestro bien, al bien de la Iglesia y del mundo.

Por esta razón al tiempo que, razonable y legítimamente, sentimos el dolor de su irreparable pérdida, debemos creer que su muerte será, también, un bien para la Iglesia. Debemos pensar que la Iglesia a la que Juan Pablo II tanto amó, que el hombre cuya dignidad tan valiente y claramente defendió, y que la paz por la que tanto luchó, serán motivo de su escuchada plegaria ante el trono del Padre Dios.

Pidamos al Señor gozar de esa firmeza en la fe que distinguió a Juan Pablo II, y decidámonos a llevar a cabo esa llamada a la nueva evangelización que fue su principal preocupación pastoral.

Y no tengamos miedo: Cristo ha vencido al mundo, al pecado y a la muerte.

La Santísima Virgen María, a quien el Papa Juan Pablo II, tan filialmente amó y cuya santidad tan claramente proclamó y propagó, le cubra ahora con su manto maternal y le presente ante el Señor para recibir el abrazo eterno del Cordero inmaculado.

Que así sea.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]