5. Hasta luego, Juan
Pablo
José Ignacio Alemany Grau, obispo
Cumpliste tu misión y todos nosotros estamos admirados
y agradecidos.
Te fuiste y nos llevaste.
¡Qué bien hace las cosas el Señor!
Pasaste toda la vida penetrando, con tus ojos
profundos, hasta el último rincón del mundo por donde había un corazón
humano.
No en vano sentías que Jesús, el Buen Pastor, te había
confiado la humanidad entera.
El mundo quedó pequeño para ti.
¡Cuánto bien has hecho a la humanidad!
Ciertamente que hay personas que no estuvieron
contentas contigo, a veces en la misma Iglesia. Pero, tú sabías muy bien
que quien no es signo de contradicción no se parece a Jesús.
Cumpliste tu misión y todos nosotros estamos admirados
y agradecidos.
Tú has sido el gran regalo que ha hecho el Padre Dios a
la Iglesia en los últimos tiempos.
Has llenado el cielo de la Iglesia de tantas estrellas
como hombres y mujeres canonizaste.
Has iluminado la tierra con el “Esplendor de la
verdad”, con catorce encíclicas, el derecho canónico, el catecismo
católico, multitud de cartas, discursos, mensajes y tus libros personales
donde nos brindas tu intimidad.
Aprendiste muchos idiomas para poder comunicarte no
sólo con el corazón sino también con la inteligencia de los más lejanos.
Con tus miles y miles de kilómetros volados en cruz por encima de la
tierra abrazaste países y continentes.
Te empeñaste en destruir el mal haciendo el bien y
lograste herir de muerte el materialismo destructor que tantas víctimas
inocentes ha cobrado en el siglo XX.
Dios te permitió conocer (o intuir) la orientación de
la Iglesia en unos momentos tan difíciles y nos has conducido siempre en
la misma dirección.
Como gigante de Jesús, tomaste en tus manos firmes,
abiertas para esquiar y unidas para rezar, el Concilio Vaticano II y nos
permitiste entenderlo y llevarlo a la práctica.
Cuando la enfermedad y los sufrimientos fueron
desgastando tu cuerpo, tu alma valiente y serena siguió orientando la
Iglesia de Jesús. Hasta el final. Hasta el último momento.
Gracias, Juan Pablo.
La Iglesia te ha acompañado de rodillas y en oración.
Jamás estuvo tan unida como al orar por ti y contigo en tus últimas largas
horas.
Los responsables de otras religiones también te
comprendieron y oraron por ti. Tú has creado un clima sensible al
ecumenismo y a la cercanía de Jesús con todos.
Llegaste también a la misma humanidad más lejana:
Los pocos que no descubrieron el camino diplomático
hacia Roma, también te admiran y agradecen tu servicio de amor ciclópeo a
esta humanidad doliente y crucificada.
Todos recordamos tus ojos, azules y profundos como el
mar, que se hicieron sonrisa para los niños; brazos abiertos y acogida
para la juventud; misericordia y comprensión para todos; bondad y ternura
para los ancianos, los enfermos y todos los limitados de nuestra sociedad.
Tu carácter firme supo combatir valientemente la
mentira, la violencia, el odio el materialismo. Siempre estuviste de parte
de la vida y ahora el Señor de la Vida te ha acogido en el abrazo
definitivo de la vida que tú nos enseñaste a creer que nunca terminará.
En la carta luminosa con que quisiste orientar a la
Iglesia “Al comienzo del Tercer Milenio” nos has dejado a todos el mejor
testamento.
Ahí nos hablas de ese océano inmenso, azul como el
manto de Santa María, de la que te proclamaste “Totus Tuus”. Ella te
acogerá y te presentará a la Trinidad Santa. Sí. Te has ido y nos parece
escuchar el último mensaje de tu humildad, esa virtud que fue la base de
tu espiritualidad “Juan Pablo II es el Vicario de Cristo por un tiempo.
Ahora vendrá otro. Acójanlo como a mí y todavía mejor, ya que en él les
hablará Jesús y les seguirá conduciendo hacia el Padre”.
Te lo prometemos. Nuestra fidelidad a ti fue por Jesús.
Vete tranquilo que la obra del Espíritu no se interrumpirá. Una vez más,
gracias por todo. Desde el cielo, ayúdanos a caminar hacia Jesús. Hasta
pronto, hasta el cielo, Juan Pablo.
|