6. Homilía en el
funeral por el Papa Juan Pablo II
Jesús García Burillo, obispo de Ávila
Un Papa para la eternidad
El hombre no puede vivir sin amor. En realidad, el
profundo estupor ante el valor y la dignidad del hombre se llama
Evangelio. Se llama también cristianismo (Redentor hominis 10).
Os doy la bienvenida a todos para celebrar la
Eucaristía Funeral por la muerte del Santo Padre Juan Pablo II. Es lo más
importante que podemos hacer por él: orar por él, por su persona y su
obra. Para que el testimonio de su vida, grabada en nuestras pupilas y en
nuestras conciencias dé frutos abundantes. Orar por él ahora es orar
también por nosotros.
Recordando sus propias palabras también hoy sentimos
que la Eucaristía se celebra sobre el altar del mundo. Ella une cielo y
tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho
hombre, para reconducir todo lo creado, en un acto supremo de alabanza, a
Aquel que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el Sumo Sacerdote,
entrando en el santuario eterno mediante la Sangre de su Cruz, devuelve al
Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio
sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la eterna Trinidad (EE 8).
Estas sugerentes palabras de una reciente encíclica,
uno de sus innumerables escritos, nos sitúan en el momento que ahora
vivimos: El Papa ha entrado en el santuario eterno después de acompañar a
Cristo en el altar de la Cruz , largos años y particularmente en los días
finales de su existencia. Él, con Cristo, ha entregado también su vida por
nosotros hasta el final. Pero este sacrificio de Cristo al que el Papa se
ha unido intensa y apasionadamente nos regala a los seres humanos la
Redención de la creación. Toda la creación se siente purificada por el
sacrificio de Cristo, todo ha sido reconducido de nuevo y así la
Eucaristía que ahora celebramos une el cielo y la tierra. Estamos rodeando
el altar del mundo. Todo es nuevo en este momento. Lo es por la
celebración de la Eucaristía , lo es por la vida y la obra de Juan Pablo
II que se ha integrado definitivamente al Misterio de la vida muerte y
resurrección de Jesucristo.
El mundo entero está impresionado por la muerte de este
Juan Pablo el Grande, Juan Pablo Magno, como le ha denominado el ya
antiguo Secretario de Estado Cardenal Ángelo Sodano, al modo de una
fórmula de canonización.
Los medios de comunicación social en nuestra aldea
global se han hecho eco de los últimos días del Papa, del acontecimiento
de su muerte y del dolor universal, posterior al fallecimiento.
En Sudamérica se despidieron de Juan de Dios como le
llamaban en sus visitas. De él se dice el Papa que cambió la historia; fin
de una época; primer Papa no italiano en 455 años, el último viaje del
Papa, el Papa que marcó la historia del fin del siglo. En la prensa
europea se ha destacado su despedida serena, su figura carismática, y su
forma de tender puentes en el orbe: constructor de puentes entre
comunidades y países más allá de los conflictos e ideologías.Héroe de la
reconciliación entre cristianos y judíos. También se le llama Titán que
conquistó el corazón de millones de personas de todas las religiones.
Entre nosotros se ha dicho: El Papa recibe los elogios más universales de
la historia o los líderes mundiales alaban su nobleza a favor de la paz;
el Papa de un siglo; un Papa para la eternidad.
Sin embargo, aunque la admiración ha sido grande por su
persona, más importantes y universales han sido las plegarias que el
fallecimiento del Papa ha provocado en todo el mundo : en la plaza de San
Pedro, un mar de fieles; en todas las Iglesias del mundo, en particular en
Wadovice, en Cracovia y en su Polonia natal. Un fenómeno social único,
increíble. Ningún personaje público ha concitado tal interés. ¿Qué
misterio hay en la persona de este Papa?
Los jóvenes de manera particular han llorado y orado
ante la muerte del Papa. La plaza de San Pedro ha estado varios días
inundada de jóvenes que se unieron a unas cien mil personas en la primera
misa de sufragio ofrecida, como ésta nuestra, por Juan Pablo II. La fe ha
unido a millones de jóvenes que han seguido en sus viajes y en las
jornadas mundiales de la juventud al joven de 83 años como se presentó a
sí mismo. Muchos grupos de jóvenes se unieron en San Pedro, otros muchos
se han unido en las ciudades del mundo para orar por el Papa fallecido.
Con su fuerte liderazgo el Papa ha unido a los jóvenes
de los cinco continentes. Vosotros sois la esperanza de la Iglesia , la
esperanza de la sociedad. ¿Podría estar en esta entrañable relación entre
los jóvenes y el Papa una de las claves de esperanza de futuro para la
humanidad? ¿Podrán ellos alcanzar la meta que reiterada y provocadoramente
les ha propuesto: lograr la civilización de la paz y del amor? El fruto
del Pontificado de Juan Pablo II está por llegar. El Espíritu, que sopla
donde quiere, ha de dirigir nuestros pasos en el presente difícil hacia un
futuro de esperanza, posible de alcanzar.
Hoy los católicos de todo el mundo , gracias a su
ministerio, nos sentimos más firmes en la fe en Jesucristo, más animados
por la esperanza de la gloria y más resueltos a la caridad que nos hace
hijos de Dios y hermanos de todos los hombres –decía el presidente de la
Conferencia Episcopal Española en nombre de todos los obispos- los
católicos de España nunca nos olvidaremos de Juan Pablo II, el primer Papa
que ha venido ha visitarnos y nos ha lanzado, como en los mejores tiempos,
a los caminos de la santidad.
La santidad fue, en efecto, uno de los grandes mensajes
del Papa a lo largo de sus 26 años de Pontificado: Todos los cristianos de
cualquier clase o condición están llamados a la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección del amor – nos recordaba al comenzar el
Milenio- Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación. Como el mismo
Concilio explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, los
caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada
uno. Doy gracias a Dios que me ha concedido beatificar y canonizar durante
estos años a tantos cristianos entre ellos a muchos laicos (TMI 30). Esto
decía el Papa refiriéndose a los 1338 beatos y 482 santos canonizados por
él.
Con este espíritu quería el Papa que comenzásemos el
nuevo milenio, en cuyos comienzos él nos ha dejado. Este era el comienzo
de una nueva etapa de la historia, a la que unía junto a la intensa vida
espiritual e interior un fuerte sentido social que él mantuvo desde sus
jóvenes años. Cuando en 1939, las fuerzas de ocupación nazi cerraron la
universidad de Cracovia, donde él estudiaba, se vio obligado a trabajar en
las minas de Solvay y más tarde en una fábrica química para ganarse la
vida y evitar su deportación a Alemania. En la universidad nació su pasión
por la antropología, la metafísica, las ciencias del hombre. En el trabajo
su sentido social. Y en todo momento su espíritu de resistencia a favor de
la libertad humana. ¡No tengáis miedo! Ha sido su grito permanente.
El amor nos lleva al servicio universal, proyectándonos
hacia la práctica de un amor activo y concreto en cada ser humano... Si
verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que
saberlo descubrir en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido
identificarse: He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y
me habéis dado de beber. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio –dice el
Papa- cargado de las contradicciones de un crecimiento económico,
cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes
posibilidades, dejando a millones de personas al margen del progreso, sino
a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la
dignidad humana (TMI 50).
Con tan amplio recorrido de preocupación social no nos
puede extrañar que en la reciente visita ad limina, el Papa nos hablara a
los obispos de situaciones concretas en España: Algunas zonas viven en la
abundancia mientras otras tienen graves carencias... En los últimos años –
nos decía- han cambiado muchas cosas en el ámbito social, económico y
también religioso, dando paso a veces a la indiferencia religiosa y a un
cierto relativismo moral, que influyen en la práctica cristiana y que
afecta consiguientemente a las estructuras sociales mismas.
Al Papa le preocupó hondamente el declive que observó
en el ámbito de la fe, desde que visitó por primera vez España en 1982. El
Papa exhorta a todos los seglares a asumir con coherencia y vigor su
dignidad y responsabilidad. El Papa confía en los seglares españoles y
espera grandes cosas de todos ellos para gloria de Dios y para el servicio
del hombre – Nos decía en aquella primera visita en Toledo- Y ahora, 23
años después, nos expresaba de nuevo su preocupación: en el ámbito social
se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo,
ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la
restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o
ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y
oponiéndose a su expresión pública.
Resuenan todavía en nuestros oídos y en nuestro corazón
las profundas palabras del Papa, escritas y dichas con gran radicalidad:
España es un país de profunda raigambre cristiana. La fe en Cristo y la
pertenencia a la Iglesia han acompañado la vida de los españoles en su
historia y han inspirado sus actuaciones a lo largo de los siglos. La
Iglesia en vuestra nación tiene una gloriosa trayectoria de generosidad y
sacrificio, de fuerte espiritualidad y altruismo y ha ofrecido a la
Iglesia universal numerosos hijos e hijas que han sobresalido a menudo por
la práctica de las virtudes en grado heroico o por su testimonio martirial
(Discurso, 2).
Este es el legado del Santo Padre que en estos momentos
yace en la Basílica de San Pedro expuesto a la veneración de cientos de
miles, quizás millones de fieles que quieren decirle su sentido adiós, su
gratitud por la fortaleza de la fe y una firme esperanza que les ha
transmitido.
Hemos de admirar no sólo su grandiosa figura humana,
espiritual, intelectual moral que le prefigura como el mayor personaje, un
gran santo del S. XX y comienzos del S. XXI. De la admiración hemos de
pasar a la aceptación de su Magisterio y a la puesta en práctica de su
enseñanza que ha llenado el mundo durante décadas. Su testimonio ha estado
en su persona y en sus enseñanzas continuas que nos marcan una meta de
moralidad exigente.
Este es el misterio de Juan Pablo II: un don de Dios
para la Iglesia y la humanidad; Jesucristo nos ha visitado, encarnado en
una persona nada común: creyente radical, coherente, comprometido con el
hombres, lleno de vida.
Damos gracias a Dios por el regalo que ha hecho a la
Iglesia en la persona de este gigante de la fe cristiana y de la misión
apostólica. Sucesor de Pedro que guardó el depósito de la fe, surcó los
aires, recorrió continentes y pueblos, llevó la luz de la verdad del
Evangelio a todo hombre. Ayudó a descubrir el inmenso poder del ser humano
cuando se fundamenta sobre la fe y la Palabra de Dios.
Nos consuela saber que en los últimos días de su
Ministerio petrino recordó emocionado su visita a Ávila, el encuentro con
sus gentes, interesándose por la vitalidad espiritual y fidelidad a las
raíces cristianas manifestadas de modo particular en Santa Teresa de Jesús
y San Juan de la Cruz. Aquí estuvo entre nosotros el 1º de noviembre de
1982. Quería celebrar con los abulenses el IV centenario de la muerte de
Santa Teresa. Él conoció y amó a Santa Teresa desde niño en su relación
con el Carmelo y estudió a San Juan de la Cruz dedicando el mejor de sus
esfuerzos en su tesis de teología: La fe en San Juan de la Cruz. Vino a
Ávila para adorar la sabiduría de Dios en Teresa de Jesús, ella que fue
hija singularmente amada de la Sabiduría divina. Vino a estrechar todavía
más sus vínculos de devoción hacia los santos del Carmelo nacidos en esta
tierra: Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. En ellos no sólo admiró y
veneró a los maestros espirituales de mi vida interior, sino también a dos
faros luminosos de la Iglesia en España, que han alumbrado con su doctrina
espiritual los senderos de mi patria, Polonia, desde que al principio del
siglo XVII llegaron a Cracovia los primeros hijos del Carmelo teresiano.
Oremos por Juan Pablo II, queridos abulenses y oremos
por nosotros pidiendo la firme esperanza y desbordante energía que él nos
transmitió en su vida mortal. Descanse en paz. Así sea.
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