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9. Carta al Santo Padre

Tomás Sobrino, Pbro. / Oficina de Comunicación, obispado de Ávila

Cuando reciba mi carta, ya habrá escuchado otras palabras mucho más definitivas e importantes: Arriba, siervo bueno y fiel: porque has sido fiel... entra al banquete de tu Señor.

Santidad, o Querido Papa:

No sé qué tratamiento será el correcto, porque a estas horas en que escribo, las 8.05 p.m. del día 2 de abril, según los partes médicos no podrá leer estas líneas en este mundo nuestro. Se lo entregarán en el Cielo, donde el correo es mucho más rápido y eficaz que acá abajo.

Cuando reciba mi carta, ya habrá escuchado otras palabras mucho más definitivas e importantes: Arriba, siervo bueno y fiel: porque has sido fiel... entra al banquete de tu Señor. En todo caso, quiero expresarle mi unión a su persona en estos momentos difíciles, mi oración y las de todos los que por la calle me han dicho que rezan mucho por Vuestra Santidad (o usted, o tú, que no sé cómo se habla ahí arriba.

Y mis recuerdos de los momentos en que me cupo la fortuna de estar físicamente muy cerca. Aquel funeral por un cardenal, en el altar de detrás en San Pedro del Vaticano: unos amigos me hicieron saber, a pocos días de mi llegada a Roma en octubre del 1979, que habría pocos asistentes, pero que Vuestra Santidad celebraría la misa. Allí me presenté, poniendo la mejor cara de despistado que pude; y uno de los maestros de ceremonias me pidió "por favor" que ayudase en la misa como primer diácono: estuve a unos centímetros del "celebrante principal", ayudando a elevar el cáliz, a proclamar algunas exhortaciones a los fieles. Fueron momentos inolvidables.

También estuve muy cerca cuando tuvo la delicadeza de venir a Ávila: me hicieron algo así como "jefe de protocolo" para la celebración de la Misa en nuestro lienzo Norte de la muralla: era yo el que entregó al obispo don Felipe el pectoral que le regalábamos como recuerdo de su estancia en esta ciudad. Me lo encomendó la víspera, y puedo asegurarle que durmió el pectoral bajo mi almohada, para que no se extraviase.

Y mi gratitud por tantos momentos inolvidables en que la televisión o la radio me han traído reportajes, discursos, exhortaciones, bendiciones que nos daba a todos.

Y mi mejor gratitud por sus escritos. La "Dies Domini" me llenó quince días de vacaciones que pasé en León: releyendo todos sus párrafos mejoré no poco en la celebración del Domingo como Día del Señor y de los hermanos. No menor gratitud por la puntual carta dirigida a los sacerdotes en cada Jueves Santo: de lo mucho que me ha ayudado a ejercer mi ministerio de pastor que enterará (o se habrá enterado ya) al llegar al Cielo. La última, de este último Jueves Santo, hizo que se me antojase corto el largo rato que velé a Nuestro Señor Sacramentado en la catedral de aquí.

Tengo muchos otros motivos de gratitud: su último viaje a España, con la celebración de la plaza de Colón en Madrid. Allí me uní con toda ilusión a la Salve final, despedida a la Virgen que tanto nos conmovió a todos. Y aquel viaje primero a Méjico, cuyos discursos y mensajes me hicieron ver que empezaba un pontificado especial. Y los de sus visitas a Polonia, o a Tierra Santa. Todos, que no quiero pasar lista.

Gracias por todo. Y de nuevo mis oraciones para que estos momentos finales estén también llenos de fidelidad al Único Pastor.

 
 

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