10. Del universo al
verso de Juan Pablo II
Víctor Corcoba Herrero
Juan Pablo II cultivó los jardines del verbo desde el
perfume de la belleza.
Siempre ha sido del verso y la palabra, porque los
poetas nacen y brotan como la primavera. Juan Pablo II cultivó los
jardines del verbo desde el perfume de la belleza e hizo con ellos un mar
de autenticidad al que se llega con el corazón muerto y se sale con el
corazón vivo. Su lenguaje es claro y hondo, de verso en pecho. Pienso que
todas sus obras han sido injertadas por la poesía. Nos elevan como si
fuera un cantautor de la vida, parece que un poeta en guardia es quien nos
habla, con las pausas del silencio y los tonos del abecedario. Alaba el
amor del Creador recreado en pura mística y sus irrepetibles loas nos
invitan a crecer en las ideas del ser y de la existencia: ¿Quién es Él?/
Es como un espacio inexpresable que abarca todo/ Él es el Creador: /
Abarca todo llamando a la existencia a partir de la nada, / no sólo en el
principio sino para siempre…” Hay conmoción en su decir, propio de un
poeta cristiano que reflexiona en voz alta, sin estridencias, sobre los
temas de nuestro tiempo que tanto nos conmueven, siempre cruzando el
umbral de la esperanza, evocando vivencias vividas, en continua meditación
versátil, sin perder la memoria, ni la identidad.
Cuentan los biógrafos de Juan Pablo II que sintió con
tal fuerza la misión de anunciar al Señor y la necesidad de quitar el
hambre de Dios a toda la humanidad, que quiso culminar sus estudios
teológicos con una tesis sobre un hombre de experiencia de Dios, un
místico y maestro de verbo, San Juan de la Cruz, el poeta de la Noche
oscura y del enamoramiento de Dios. Se comenta la predilección de unos
versos que al Papa llenaban su corazón, que bien pueden servirnos hoy para
evocar su camino y su cruz: “Oh noche que me has guiado; / oh, noche más
amable que la aurora; / oh, noche que has unido al Amado con la amada”.
También se ha dicho que la tesis a la que había dedicado tanto tiempo no
era sólo una investigación científica, era una necesidad de acercarse a un
hombre como San Juan de la Cruz, que le sedujo desde el primer instante,
para así prestar la vida y dar a conocer a este Dios que se nos ha
revelado en Jesucristo. Llevados por este horizonte penetrante de pureza
que nos trasciende, se comprende más profundamente estos versos del Santo
Padre cuando se refiere a Jesucristo: “No estáis solos en vuestro camino.
/ Jamás, ni siquiera en un instante, / se separa de vosotros mi mirada”.
Se ha dicho que el Papa falleció tras participar en
misa de la fiesta de la Divina Misericordia, proclamada por él mismo hace
cinco años. Y una vez más, nos trae a la mente, en cierta forma, soplos de
versos que nos avivan: el anuncio de la piedad, compasión, clemencia,
indulgencia, bondad, gracia, perdón, ternura…de Dios con cada ser humano.
Una atmósfera tan espiritual como piadosa, tan poética como clarividente.
Todo se funde y se infunde como si de su propio verso manara: “El final es
igual de invisible como el principio. / El Universo fue creado por el
Verbo y al Verbo regresa”. El camino de la Divina Misericordia acompaña a
Juan Pablo II en estos momentos en los que su poesía es una estela de
esperanza que nos renueva y renace, una extraordinaria donación por la que
todo el mundo, sin diferencias de credo, siente admiración. Se ha hecho
valer y ha sido la persona mejor valorada en el mundo. Ha venido a vernos
y nos ha dejado cautivos por la palabra, por ese verso salido del alma y
por esa voz en favor de los sin voz.
Se ha pasado la vida entregado a comunicar la verdad
que percibe en su propio corazón, y al igual que todo verdadero poeta,
versifica los asombros que percibe hasta asombrarnos su manera de expresar
tan níveo sentimiento: “Lo que tuvo forma se volvió informe. / Lo que era
vivo, he aquí muerto. / Lo que era bello, he aquí ahora la fealdad del
despojo. / ¡Mas no me muero entero, / lo que es indestructible en mí,
permanece!” Tras de sí, ese vivir de amor plasmado en versos, espiga una
tierra nueva, renovada. En toda su poesía hay un denominador común, una
gran profundidad teológica y espiritual inspiradas en la sagrada
Escritura. Cantó todas las expresiones de la caridad divina de Cristo,
como las presenta el Evangelio.
Ya se sabe, la poesía es eterna, es del tiempo, para el
tiempo y para todas las edades. El libro del universo, al que tanto amó
Juan Pablo II y que tanto le gustaba respirar desde la soledad de la
montaña, donde se confunde el horizonte con el cielo, no tiene fecha de
caducidad. Como tampoco la tienen poemas escritos hace miles de años y que
todavía hoy nos siguen conmoviendo, llevándonos a reflexionar sobre
nuestra ingenuidad y nuestro misterio. Por este motivo, considero que ha
sido de suma importancia esa apertura del Santo Padre en relación con el
mundo de las letras y de los artistas, pues como él mismo dijo: “la
belleza salvará al mundo”.
Ahí queda para toda la eternidad su libro de poemas
“Tríptico romano”, en el que el Pontífice medita sobre la vida y la
muerte, recuerda cuando fue elegido Papa en la Capilla Sixtina y habla del
día en que los cardenales se reunirán para nombrar a su sucesor. “¡Se
permitió al hombre morir una sola vez y, luego, el Juicio! / La
transparencia final y la luz. / La transparencia de los hechos / La
transparencia de las conciencias / Es preciso que, durante el cónclave,
Miguel Ángel / concientice a los hombres / No olvidéis: Omnia nuda et
aperta sunt ante oculos Eius. / Tú que penetras todo, ¡indica! Él
indicará...” Desde luego, Juan Pablo II ha sido un verdadero poeta, que
nos abrió la ventana del verso, como una invitación a gustar la vida y a
degustar del amor, a vivir en paz con todas las culturas y a soñar un
futuro en poesía. Ese ha sido su poder, el de saber podar para que la rosa
acreciente los pétalos y perfume a toda la humanidad de ese halito creador
que el santo Padre tuvo por bandera, la alborada del verso estrechamente
vinculado a su vivencia de fe y a su convivencia sembradora de luz.
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