11. Un Papa
mediático
Javier Arnal
La gratitud obliga, también a los periodistas.
Juan Pablo II ha confirmado que se muere como se vive.
La grandeza de su figura, que ha destacado a lo largo de sus 26 años de
pontificado, se ha agigantado en su agonía y muerte.
Su santidad es evidente. Su relevancia magisterial no
admite dudas. Su importancia para la Iglesia es una voz a gritos. Su
influencia decisiva para la humanidad es subrayada por todos, católicos y
ateos. Son dimensiones que otros, más conocedores que yo de esas materias,
están desgranando, y que requerirán extensos y profundos análisis a partir
de ahora.
Sin embargo, un aspecto de su papado deseo destacar en
estas líneas, y es su innegable carácter mediático. Ha sido un Papa
moderno, que siempre ha alentado la gran tarea de los medios de
comunicación para alcanzar la verdad, el desarrollo y la paz. Se acercaba
a los periodistas, encomiaba nuestro trabajo, lo facilitaba; nada había en
él que oliera a recelo, desaliento o desprecio, aunque como en todas las
profesiones hay lagunas y errores. Con transparencia informativa ha
dirigido la Iglesia, y con transparencia total ha fallecido.
Al principio de su pontificado, algunos comentaristas
–con cierto aire despectivo- atribuían el éxito mediático de Juan Pablo II
a su experiencia como actor. En el fondo, somos los propios profesionales
de la comunicación los que, en ocasiones, asociamos el término “mediático”
a mera afabilidad formal o prácticas persuasivas. Hasta desconfiamos de lo
mediático, porque no estamos seguros de que responda a un contenido
objetivo, atractivo y real. Nuestro trabajo nos lo enseña en ocasiones.
Un Papa que en 1990 escribe que “el primer areópago del
tiempo moderno son los medios de comunicación” dista mucho de un mero
cultivo de las formas. No era un halago con tintes defensivos. Fue
consciente de que no sólo tenía que difundirse el Evangelio a través de
los medios de comunicación, sino que debía integrarse el mensaje
evangélico en la nueva cultura, que es la que los propios medios creamos y
amplificamos. De él partió la iniciativa de instalar internet en el
Vaticano. Su asimilación de la cultura mediática fue honda, pionera,
rompedora de moldes y estereotipos.
Uno de sus últimos documentos fue la Carta apostólica
“El rápido desarrollo”, dirigida a los responsables de las comunicaciones
sociales, con fecha 21 de febrero de 2005. Los periodistas le estamos
correspondiendo, con nuestras informaciones y comentarios en estos días.
La gratitud obliga, también a los periodistas. Amó nuestro mundo
globalizado, y el mundo entero le devuelve ahora un colosal afecto.
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