14. Juan Pablo II ,
párroco del mundo
Miguel Rivilla San Martín, Pbro.
Un título póstumo que cumplió admirablemente.
Desde dentro y fuera de la comunidad eclesial se ha
reconocido a Juan Pablo II como un hombre excepcional, único,
inclasificable, líder mundial indiscutible y acreedor al reconocimiento
universal en favor de la paz y la justicia entre los pueblos. Juan Pablo
II ha roto todos los moldes y barreras en sus relaciones personales e
institucionales con los distintos gobiernos del mundo y con las demás
religiones de la tierra.
Ahora bien, entre todos los reconocimientos y títulos
póstumos que se han dado a la figura gigante del papa desaparecido, hay
uno que le cuadra perfectamente y que ha cumplido con una precisión
admirable. Es el de párroco del mundo.
Confieso que la primera vez que oí tal pretensión
papal, al comienzo de su pontificado, la juzgué un tanto exagerada, aunque
no exenta de buenas intenciones. La realidad superó lo previsible.
Al hacer ahora, tras su muerte, un somero balance de su
ministerio papal apostólico, hay que reconocer que quizás el título que
mejor le cuadre es éste. Juan Pablo II ha sido el padre bueno, el pastor
solícito y el sacerdote santo y ejemplar, cuya vida y acción pastoral es y
será paradigma para todos los sacerdotes del mundo entero.
Nadie mejor que el papa en imitar y seguir las huellas
de Cristo, el buen pastor. Como él entregó su vida entera en favor de sus
ovejas y en atraer a todas las descarriadas.
Hoy le lloran todos, pues deja huérfanos no a una
diócesis, o a una nación, sino al mundo entero.
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