3. Hijos criados en
el cálculo de la pensión
Mikel Agirregabiria Agirre
Una elemental idea de justicia que puede solventar
simultáneamente los dos más graves problemas sociales: la regresión de
natalidad y el envejecimiento poblacional.
Parafraseando a Karl Marx, un nuevo espectro recorre
Europa, y a todo Occidente... “el espectro de la quiebra del sistema
público de jubilaciones”. Es universal la preocupación por la
sostenibilidad del sistema fiscal de pensiones. Desde Japón, con el
elevado aumento de las cotizaciones obligatorias a partir de 2005 para
cubrir el severo déficit en la caja de retiro, pasando por Estados Unidos
donde Alan Greenspan considera insostenible la actual política para
garantizar las pensiones, nos llega a la Unión Europea el debate sobre
cómo evitar a medio plazo el desplome financiero público derivado del
envejecimiento de la población, con su consiguiente crecida de gastos
sanitarios y en pensiones.
El sostenimiento del sistema vigente de retiro, creado
hace 70 años, ha funcionado aceptablemente (con pensiones mínimas
insuficientes en muchos casos) mientras se mantuvo la alta tasa de
trabajadores respecto a los pensionistas. En 1935 había 42 empleados por
cada jubilado; hoy, en Europa, no hay ni 3. Si la escalada de esperanza de
vida y la edad de retiro se mantienen, junto a la regresión demográfica,
cada cotizante y medio deberán ocuparse de un jubilado antes de 2030.
O se retira el voto a los pensionistas para
abandonarlos a su suerte, o algo habrá que reformar urgentemente. La
primera opción queda descartada, no ya por un básico sentido de ética
filial con quienes nos dieron la vida y a quienes les debemos todo, sino
por razones más prosaicas. Los jubilados se han convertido en la nueva y
creciente mayoría social. Los políticos, que administran recursos
limitados, cada año se arriesgan menos a yugular el gasto en pensiones
para los mayores, porque su porcentaje en el censo electoral crece
ininterrumpidamente.
Otra
solución fácil, pero desechable por el rechazo democrático que suscita, es
la sustitución (que no complementación) del fondo público de pensiones por
aportaciones a cuentas privadas, tal y como impulsa Bush. Esta
privatización parcial del sistema de jubilación, aunque se enmascare con
la opción de auto-aumentar voluntariamente la presión fiscal para
incrementar la aportación en una cuenta pública personal, sería repudiada
por un inmenso “lobby”, no sólo de
los pensionistas actuales, sino incluso de todos aquellos que nacimos
antes de 1970, porque nos situaría en desventajosa inferioridad.
El “Estado de Bienestar” que hemos construido, junto a
tasas de natalidad menores de 1,3 hijos por mujer (o pareja), pone
seriamente en riesgo a todo el sistema de previsión social en un plazo de
apenas 15 ó 20 años. Son precisas reformas drásticas para mejorar la
solvencia presupuestaria del sistema de pensiones, con efectos inmediatos
y a medio y largo plazo.
El cálculo final de la pensión de cada jubilado se
establece sobre la cuantía y años de la base cotizada, lo que mide su
esfuerzo solidario de contribución a la sociedad. Una sugerencia que
siempre nos rondó la cabeza a algunos, y que comienza a aparecer en algún
sesudo informe de sabios economistas aunque no puedo hallar su referencia,
señala que la descendencia criada por cada jubilado, hombre o mujer, con o
sin experiencia laboral, debería formar parte del cálculo de su pensión.
Quizá simplemente lo hayamos soñado, pero seguro que
muchos compartirían la opinión de que una madre que ha sacado adelante a
varios hijos e hijas, nietos y nietas (todos ellos cotizantes
potenciales), ha cooperado decisivamente con el futuro de una sociedad y
merece una pensión digna. Las familias con prole, y quienes lo consideren
justo, deberíamos formar un grupo de presión para que el número de hijos
cuidados durante su infancia y juventud sea un factor valorado en el
cálculo de las futuras pensiones de retiro. Además, de este modo, muchas
(y muchos) que renuncian a los hijos o que limitan su número por razones
económicas, descubrirían la grandeza y la felicidad de la maternidad (o
paternidad) responsable.
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