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8. Las guerritas de los abuelos

Alejo Fernández Pérez

Madres y abuelas son esos seres extraterrestres que de verdad “aman a sus hijos más que a sí mismas”. Dicen: “Esto para mi niña. Esto para el pequeñín, esto le irá muy bien a tu casa. Iros que yo haré la comida y cuidaré a los niños”. Son ángeles del cielo camuflados. Y todavía, a ninguna se le ha dado la Cruz Laureada de san Fernando por su lucha de amor en esta guerra diaria, a pesar de estar ganando las batallas más trascendentes y duras de cada época.

Todo empezó en una panadería. En la cola del pan dos ancianos jubilados esperan. Llega un tercero y se le ocurre preguntarles por sus hijos y nietos. Ahí empezó Troya. Se veía que la cosa estaba caliente.

Esos chupones, siempre pidiendo, exigiendo y abusando de sus padres y abuelos sin que nos dejen ni un ratito para nosotros: “Papá, aquí te dejo a los nenes , que vamos a una fiesta. Vendremos tarde. Si veis que nos retrasamos les dais la cena y los acostáis”

La conversación siguió por los mismos derroteros.

“Pero hombre, algo bueno tendrán, digo yo”.

“Claro que lo tienen, responde uno, yo quiero y no puedo vivir sin mis hijos y nietos; solo que ellos no se dan cuenta de que nuestro cuerpecito serrano no es capaza de aguantar a esos enanos revoltosos más de una hora seguida: siempre gritando, peleándose, y sin que podamos hacer más que estar pendientes de ellos. No hay quien coma tranquilo, no hay forma de echarse la siesta, y cuando al final nos vamos a la cama, llegamos rendidos”.

Lo cierto es que para los ancianos (digo ancianos y no esa bobada de “tercera edad”) la vida no es fácil a esas edades: achaques, enfermedades, soledad, manías… Me refiero a los ancianos con salud y mente aceptables, a personas que pueden valerse por sí mismas, y con una familia normal. Otra cosa son los ancianos que van perdiendo la memoria, la vista, el oído,… y el buen humor creando a su alrededor una atmósfera irrespirable, y un purgatorio que se puede prolongar durante muchos años. Son ocasiones en que el amor y la fe en Dios pueden trasformar el sufrimiento en una fuente de dicha, como bien saben los religiosos consagrados a los enfermos. La solución, la de siempre: “Amar al prójimo como a sí mismo”, no como al vecino de al lado; porque quien no se ama a sí mismo ¿Cómo va a amar a los demás?.

Por tanto, bienvenido sois y seréis siempre a casa de vuestro padres y abuelos, pero cuando observéis que a estos les empiezan a faltar las fuerzas, no les carguéis demasiado las alforjas.

Yo quiero vivir mi vida, se justifica uno.

Muy bien hijo, pero con tu dinero y en tu casa, no con el mío y en mi hogar. Vivid vuestras vidas, pero dejadnos vivir las nuestras. Necesitamos muy poco : basta con que respetéis nuestras absurdas costumbres , nuestros silencios y descansos, nuestro sitio y silla en la mesa, y que reprimáis vuestros deseos de gruñirnos cada vez que nos equivoquemos, algo cada día más frecuente.

No olvidemos que la paga de jubilado tiene que alcanzar para que algunos hijos puedan seguir estudiando, para mantener a los parados, a los que aun no se han independizado o casado , para poner muchos días la mesa a todos ellos con sus parejas y nenes. Todo eso se consigue malamente a fuerza de no gastar los ancianos en sí mismo ni un euro, lo que se hace con mucho gusto, pero conste que no les llega.

Los abuelos recibimos con alegría y con emoción a nuestros hijos y a esos pequeños truhanes que son nuestros nietos. Cuando les aflige algún problemas, desaparecen inmediatamente los nuestros. ¡Cuan cierto es que los problemas propios desaparecen cuado empezamos a preocuparnos por los problemas de los demás! Pero a los ancianos también nos gustan esos pequeños detalles que, sin costar un céntimo, hacen la vida amable y humana: recibir, de vez en cuando, una botellita de vino, unas flores para la abuela, una alabanza al buen hacer de la cocinera —qué raramente se alaba el trabajo del hogar, pero qué pocas veces se deja pasar sin crítica el que sale mal—. Tampoco pasaría nada si nos permitieseis ver nuestro programa preferido en la TV un día a la semana. No esperamos un jamón de pata negra, pero mirad, tampoco os haríamos el feo de rechazarlo. Obras son amores y no sólo buenas razones, besitos y carantoñas.

Cualquier hijo que trabaje, sobre todo si está soltero, gana más que sus padres jubilados. Está en casa a pensión completa sin aportar un euro, todo su dinero se lo gasta en sí mismo; raramente tiene uno de esos gestos de finura que tanto se agradecen, y con los que se queda como un rey. Para tener esos gestos hay que entrenarse.

La naturaleza ha dispuesto que una madre sea para diez hijos y que diez hijos no sean, necesariamente, para una madre. Y el mundo marcha bien así. En gran medida los padres somos responsables de la poca o nula ayuda que prestan los hijos en el trabajo del hogar. Generalmente, por un cariño mal entendido, no se permite a los hijos que ayuden, privándoles de un medio formativo y de comunicación familiar de extraordinario valor. Algo está cambiando en las nuevas generaciones.

Cierto que para una madre los hijos son lo primero. Para el padre lo primero es su trabajo. Olvidamos, sin embargo, que ser lo primero no significa ser lo único. El trabajo de la mujer criando sola uno o más niños pequeños, durante las veinticuatro horas al día, puede ser muy gratificante, pero también agobiante y duro, muy duro. Si no le damos comprensión y ayuda no será raro que alguna vez pierda los nervios. Quien no trata a sus familiares y amigos con el mismo respeto, corrección y atenciones que utiliza para los extraños, se expone a perder, sin darse cuenta, a los familiares y a los amigos. Hay mucha gente muy fina con los extraños y muy grosera con los de su propia casa. La “buena educación” también es exigible en el trato con los abuelos, con la esposa, con el marido y con los hijos; no sólo con los amigos y vecinos. La buena armonía en la familia o se cuida o se seca, como se secan las plantas que no se riegan. Quien fracasa con su familia, fracasó en su vida.

Madres y abuelas son esos seres extraterrestres que de verdad “aman a sus hijos más que a sí mismas”. Nunca se quejan, todo lo soportan, todo lo justifican, viven para los demás, apenas si piensan en ellas. Dicen: “Esto para mi niña. Esto para el pequeñín, esto le irá muy bien a tu casa. Iros que yo haré la comida y cuidaré a los niños”. No existen abusos, no hay malas caras. Son ángeles del cielo camuflados. Y todavía, a ninguna se le ha dado la Cruz Laureada de san Fernando por su lucha de amor en esta guerra diaria, a pesar de estar ganando las batallas más trascendentes y duras de cada época.

Frecuentemente, los hijos casados pasan con sus retoños el día en casa de los abuelos. Los solteros y los parados lo hacen diariamente. Vienen a mesa puesta, ayudan poco o nada, exigen que les cuiden los nenes, dejan la casa como un campo de batalla —papeles por el suelo, la cocina patas arriba, todo sucio y revuelto—. Llegada la hora, se montan en el coche, dicen adiós y ¡ahí queda eso!. Los abuelitos o los padres a recoger, limpiar y ordenar, entre tanto oyen una voz que se aleja: “Mamaítaaa, volveremos el fin de semana. Besitos a todos” . Mientras los abuelitos tras el duro día caen en las butacas agotados, en la TV., los del Río cantan: “Dale alegría a tu cuerpo Macarena…”

 
 

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