9.
Demasiadas cosas que no encajan
Víctor
Corcoba Herrero
Nos circundan demasiadas cosas que no encajan, como la
de ser violento para ser algo, plantar cara en vez de corazón, planear
desconcierto y hablar de alianzas. Esto es un circo difícil de consensuar,
de dominadores y dominados. ¡Qué dolor!
Podemos tener todas las palabras y los lenguajes,
hablar en mil lenguas y recitar de memoria las leyes siderales, pero la
poesía sin alma, paladeada en los labios de la vida, es como una patria
expatriada del alfabeto vivo. Nos cuesta ordenar los días con sus ideas,
los únicos que escriben a corazón abierto. Todo lo mezclamos en este mundo
de ilustrados analfabetos. Pocos pintan en colores transparentes, en
autenticidad y lucidez. Entre otras cosas, porque le interceptamos las
fonéticas y tupimos las éticas. La verdad siempre cierra puertas, lo que
las abre es la superficialidad, la percha (sea macho o hembra) y la pasta
(sea en metálico o en especie). Nos pueden los despropósitos y la escasez
de propósitos de enmienda. Realmente tengo miedo de los cachorros loberos
criados, recreados en las sombras. Nos circundan demasiadas cosas que no
encajan, como la de ser violento para ser algo, plantar cara en vez de
corazón, planear desconcierto y hablar de alianzas. Esto es un circo
difícil de consensuar, de dominadores y dominados. ¡Qué dolor!
Entre lo que se ve y lo que se va sin resolver por
falta de tino en el orden de las palabras y de tono, cuando se toma la
palabra, la ternura tampoco crece ni en las rosas. Las revueltas, movidas
por trepadoras víboras que se tragan las conjugaciones de los verbos, dan
vértigo. La moderación brilla por su ausencia en todos los índices de la
vida, incluido claro está, el de precios al consumo. La desmedida nos ha
desordenado y ordenado a su antojo. Funciona la zancadilla. Por poner un
ejemplo, el ser humano antes que humano es una cosa, nada prioritario
entre las prioridades, al medir aptitudes que son un caso. Se nos quiere
reducir la calidad de vida, a la habilidad para producir y ser útil. Esto
genera como efecto, una degeneración sin precedentes en la historia
humana, hasta el punto de considerar, por parte de algún político de turno
al que prefiero no acordarme de su nombre, un derroche estatal utilizar
recursos sanitarios para personas que no pueden volver a la vida
productiva. Servidor tenía entendido que la protección a la salud, como la
educación sanitaria, más que ponerle límites tan mezquinos como el de
mercado, todo era poco para impulsarla, fomentarla, maximizarla como dicen
ahora los informáticos. Pues, no. Cada uno empieza a valer “salvarle” por
lo que produce. ¡Qué dolor!
Aunque se camine por un valle oscuro, con filosofías
encumbradas incapaces de desescombrar ansiedades y, el espejo de la calle,
nos lance soledades humanas en estado de crispación reprimido; pienso que
recluirse en el silencio es lo último. Toda presión aprisiona y, al final,
estalla. Esto es morir un poco cada día. Es verdad que son muchas las
cosas que nos deprimen, enferman y esclavizan. En parte, porque no hemos
sido educados para este universo de máquinas que nos vuelve autómatas.
Tampoco encajamos el diluvio de rupturas, todo parece quebrarse y
resquebrajarse. Las amenazas y acusaciones están a la orden del día, es la
consecuencia de un modelo de desarrollo en el que sólo importa
enriquecerse a cualquier precio, crecer económicamente, sin ajustarse a
unos parámetros mínimos de ética, rayando la ilegalidad en la mayoría de
las veces. Las secuelas dejadas nos muestran ya sus resultados. Ciudades
que debieran ser noticia como destino turístico, aparecen en los medios de
comunicación de todo el mundo, sumidas en bochornosos escándalos
financieros. ¡Qué dolor!
Todo parece que se ha desvirtuado, sacado de madre. El
tiempo, que todo lo juzga con objetividad, nos dirá que para mal. Aquí
nadie quiere alianzas, ni compromisos serios. Para empezar, los
matrimonios de siempre ya no son lo que eran y la célula de la sociedad,
ya no pasa por la familia, sino más bien es una comunidad productiva de
intereses, muy distinta a la que con tanto fervor hizo literatura Cela
cuando descubrió que podía escribir sobre lo que le rodea, sobre vidas y
espíritus, mundos cercanos y reales, para despertar pensamientos y alentar
reflexiones. Lo que hoy tanto nos falta, meditar y acompañarnos. Volver al
lenguaje de los clásicos estoy convencido de que ayuda. Aparte de que nos
entretiene con historias educativas y educadoras, nos desenganchan de los
malditos cotilleos televisivos, invitándonos en plan barato a la
irrepetible y singular orgía de darle a la lengua con la sana lengua de
los viejos usos, usanzas, rutinas, estilos, modos, costumbres y hábitos.
No hay mejor escuela que la escuela de la historia vivida. Sienta cátedra.
Sólo así, enraizados en lo que fuimos, podremos seguir siendo el árbol
frondoso de un futuro cierto, sin tantas incertidumbres como las que ahora
padecemos. Por contra, guillotinar raíces que nos sostienen, seca el
raciocinio y nos reseca el aire. Sin horizonte, ya me dirán, qué hacemos
para esperanzarnos. ¡Qué dolor!
¡Qué dolor! Los talantes de los que tanto hoy se habla
en romance de bobos, no tienen pizca de talento. Es puro pasatiempo. Más
de lo mismo es lo de tender puentes y apuntalar relaciones de buena
vecindad, suele quedarse en un frío gesto, cuando habría que tender
viaductos, acueductos, pasarelas, cigoñales, y doquier plataforma que nos
acerque. A los gobiernos suele ensamblarle más el sectarismo que la
apertura, por desgracia. Y es que, en vez de tomarnos el pelo, debiera
caérseles el pelo cuando nos dan un corte de mangas. Ahí está el flamante
ministerio de la vivienda que tanto nos ilusionaba su llegada, por aquello
de pensar que no descansarían hasta abaratar los precios del sector
inmobiliario, que hasta ahora ni se ha notado que lo tenemos, salvo por
algunas declaraciones de salón, como la de refrendar el prestigio de la
arquitectura española en el mundo y la capacidad de innovación de los
arquitectos españoles. ¡Cómo si nuestros arquitectos necesitasen del aval
de un ministro! Todo funciona por bellas palabras sin sentido, para nada
embellecen el bien común, más bien nos envilecen. Algo huele a vacío,
invertido, desarreglado, descompuesto, desquiciado... ¡Qué dolor!, el
dolor de volvernos un cero al cociente en un mundo dividido por dividendos
descaradamente corruptos. Alguien tendría que poner techo amigo Sancho en
este planeta que se nos va de las manos, diría Don Quijote.
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