1.
Papa liberal
Walter Turnbull
Ha dicho un experto que el próximo Papa tiene que ser
liberal, o la viabilidad de la Iglesia está comprometida.
Otro brillante ejemplo de la especulación
intelectualoide acerca de la sucesión papal es el que ha dicho que “si la
Iglesia no elige un papa liberal, la viabilidad de la Iglesia está
comprometida”. Para que usted me entienda, dice que si la Iglesia no
elige un Papa que acepte la ordenación de mujeres, el casamiento de los
sacerdotes, las relaciones fuera del matrimonio, las relaciones
homosexuales, los anticonceptivos, el aborto, la manipulación (es decir,
asesinato) de embriones humanos y la eutanasia, la Iglesia va a
desaparecer. Dicen que la gente pide una Iglesia más abierta. Y hasta se
meten a pronosticar cuál candidato sería el más conveniente según su grado
de popularidad y de desacuerdo con la ortodoxia. Si se hace llamar Juan
—dice el experto—, entonces podemos esperar un Papa reformador y abierto
al cambio. Si se hace llamar Pablo o Juan Pablo, entonces podemos esperar
un papa retrógrado y autoritario, en continuidad con la trayectoria de
Juan Pablo II.
Cuentan también que a fines del siglo
XVIII, cuando murió Pío VI siendo prisionero de Napoleón, éste, junto con
todos sus ideólogos modernistas, festejaron que había muerto el último
Papa y que pronto morirían la Iglesia y la religión. Exactamente igual
que ahorita. Napoleón murió pocos años y un rotundo fracaso después,
pidiendo perdón por haber ofendido al Papa; y la Iglesia sigue viva y más
viva que nunca.
Cuántos han deseado someter a la Iglesia y
a los católicos a sus caprichos y ocurrencias. Desde el Sanedrín en
Jerusalén hasta la intelectualidad liberal moderna, pasando por los
regímenes militares (comunistas o capitalistas) y los gobiernos mexicanos
emanados de la masonería. Y ninguno ha podido. Si acaso la han hecho más
fuerte. Lo único que ha podido debilitar a la Iglesia en algún momento es
la vida fácil, la vida regalada, comodina, aburguesada; la riqueza, la
abundancia, la autocomplacencia... y eso es precisamente lo que vino a
combatir Juan Pablo II.
Si por “liberal” entendemos estar abierto
a cambios que no comprometan los principios de la doctrina cristiana,
estar abierto al diálogo respetuoso y a la colaboración amistosa con todas
las religiones y creencias respetables, preocuparse por la dignificación
de la mujer, de los pobres, de los ancianos, de los enfermos y de los
niños nacidos o por nacer, de los exiliados, de los migrantes, de los
indígenas; hablar de “el destino universal de los bienes” y de la
“hipoteca social”, hablar de violencia necesaria en caso de regímenes que
obstaculizan irremediablemente la realización del hombre... Juan Pablo II
es un liberal. Si por “liberal” entendemos renunciar a los mandamientos
de Cristo para ajustarse a la moda, o renunciar a la piedad para dedicarse
a la lucha de clases, o aceptar que la verdad no existe y que todas las
religiones y todas las opiniones sirven lo mismo, o convertir el Vaticano
en refugio de indigentes y mandar a los obispos a ciudades perdidas... me
temo que nunca ha habido un papa liberal y nunca lo va a haber. En ese
sentido Juan Pablo II fue un Papa conservador. Igual que al anterior, y
el anterior a ése y el anterior a ése, y así sucesivamente hasta llegar a
San Pedro.
Sucede que la misión de la Iglesia y del
Papa a cargo de ella es la conservación del depósito de la verdad.
Timoteo, guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las
objeciones de la falsa ciencia (1 Timoteo 6, 20).
Hay que recordar que Jesucristo, cuando
algunos de sus discípulos lo abandonaron por encontrar su doctrina
“demasiado dura”, no cambió las reglas para darles gusto y que regresaran
con él. Se limitó a preguntarle a los demás: ¿Ustedes también quieren
marcharse? A lo que Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, contestó:
¿A quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna (Juan 6,
60-70). Ni más ni menos.
Yo también quiero hacer algo de
futurismo. Sin siquiera meterme a ver quiénes son los favoritos, sus
cualidades o su procedencia, ni los resultados en las encuestas, le puedo
apostar que el próximo Papa va a ser un hombre piadoso, cercano a la
gente, de espíritu universal, conocedor de la doctrina y de las
escrituras, inteligente, preocupado por el bienestar y por la salvación de
todos los hombres, sencillo y humilde, y bien enterado de la situación en
China, en Bosnia, en Estados Unidos y en Chiapas, por la sencilla razón de
que así han sido desde hace siglo y medio (al menos) todos los Papas. Y
les puedo apostar que, sea de donde sea, no va a aceptar el aborto, ni los
métodos anticonceptivos, ni la homosexualidad, ni la promiscuidad, ni la
eugenesia ni la eutanasia, ni el tráfico de embriones... un conservador
de todo a todo. ¡Bendito sea Dios!
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