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2. Con valentía y sin temor

Guillermo Ferrer Monjo

Conmovido por el dolor y la esperanza contemplo, al igual que millones de personas en Roma y en el resto del orbe terrestre, el último trayecto de Juan Pablo II en su cátedra, acompañado de toda su grey. Crónica, con ojos de fe, de los solemnes funerales del Papa Juan Pablo II, celebrado en San Pedro de Roma.

Conmovido por el dolor y la esperanza contemplo, al igual que millones de personas en Roma y en el resto del orbe terrestre, el último trayecto de Juan Pablo II en su cátedra, acompañado de toda su grey.

Asiste a su propio funeral, en su sede, la cátedra de San Pedro, acompañado de su grey. Sus hermanos cardenales, con el color rojo de liturgia exequial pontificia, sus hermanos en el episcopado y muchos ministros de la Iglesia, en presencia de millares de sus hijos e hijas de la Iglesia de hoy, seglares y miembros de la Vida Religiosa. Son las 10 de la mañana de este histórico 8 de abril del año del Señor 2005.

Ante el altar sus restos mortales, el Papa Wojtyla, el Papa que vino del Este, el Papa de los jóvenes y de la familia, de la vida y de la resurrección, con el libro de los Evangelios sobre su ataúd, mientras suena el Requiem aeternam, y el cardenal Ratzinger, decano del Colegio Cardenalicio, inicia los ritos propios de la Eucaristía.

Personalidades de todo el mundo junto al Santo Padre, en el último adiós, rindiendo honores por su magnífica labor en pro de la paz y la proclamación de los valores morales y humanos en todo el mundo. En la plaza y en los alrededores de la Santa Sede miles de banderas, entre ellas mayoritariamente de su Polonia natal, italianas y españolas.

Resuena el castellano en la proclamación de la primera de las lecturas, unido al salmo gregoriano, que aclama que "el Señor es mi pastor, nada me falta", y me recuerda la más que patente voluntad del Juan Pablo de entregar toda su vida y centrarla en la voluntad de Dios, según su propio testamento.

Aplausos y emoción

El rojo de las casullas de los cardenales se pone en pie ante la proclamación del Evangelio, la Palabra de Dios que ha guiado al Papa Wojtyla durante toda su vida, en su Wadowice y su Cracovia del alma, y en su itinerar mundial como padre en la fe de millones de sus hermanos que se han acercado a él por su testimonio de esperanza. El diácono proclama palabras del evangelista San Juan, narrando la triple confesión del apóstol San Pedro ante Cristo Resucitado.

Ante los aplausos multitudinarios en San Pedro, y la emoción que nos embarga, el cardenal Joseph Ratzinger, proclama que el amor a Cristo fue la fuerza dominante de Juan Pablo, porque quien lo ha visto rezar y predicar es testimonio de ello. El brazo derecho y amigo incondicional de Su Santidad pide a su guía espiritual que siga bendiciendo a su pueblo desde la cátedra de Cristo, en el cielo, tal y como lo ha hecho hasta su último aliento por todo el mundo y desde su ventana en Plaza de San Pedro.

Las cámaras de televisión reflejan, de vez en cuando, el rostro, cansado y dolido, del secretario particular del Papa, don Stanislaw Dziwisz, que contempla los restos mortales de quien ha acompañado durante cuarenta años, en fidelidad y admiración, mientras participa de su última Cena del Señor. La Eucaristía, misterio de fe, que a diario presidió el Papa Juan Pablo II y centró su vida.

La paz se parte y se reparte durante la celebración. Esa paz que ha reivindicado en vida, en obra, oración y palabra, y que Juan Pablo II no ha dudado en pedir, por voluntad divina a todo ser humano, mandatario político o ciudadano de cualquier punto de la geografía mundial.

Mientras los cardenales rodean el féretro del Santo Padre, los miles de fieles, a un solo coro, proclaman "santo, santo, santo", una expresión de la santidad de este polaco Papa. Una ovación, que mantiene en silencio y admiración a todos los purpurados, y que se ovaciona en las palmas de los millares de jóvenes, en su último encuentro mundial de juventud junto al Papa Wojtyla.

Los ritos de despedida encomiendan a Dios la persona de Karol Wojtyla y del Papa Juan Pablo II, mientras se pide a Dios la fe de los que se consuelan en la tierra con palabras de esperanza, esperando que los ángeles, los arcángeles y todo el coro de los mártires abran las puertas del cielo al sucesor de Pedro.

Las campanas de San Pedro, y los aplausos, lágrimas y deseos de santidad de sus seguidores despiden a los restos de un Papa, Juan Pablo II, que bajo tierra, por su expreso deseo, espera y goza ya de la resurrección que predicó con valentía y sin temor.

 
 

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