4. Una flor en el
cielo
Javier Menéndez Ros
Aunque son muchísimas las noticias, informaciones,
reportajes y artículos que estos días estamos leyendo sobre el Papa Juan
Pablo II, no puedo por menos que haberle dedicado estas líneas que
intentan transmitir mi amor y respeto hacia un ser excepcional porque le
ha dejado hacer libremente a Dios en él. Es la continuación de aquel otro
escrito que escribí hace unos años: Una flor en el asfalto.
El
invierno había sido duro aquel año. La nieve había caído en abundancia y
enseguida dio paso al barro negro que la lluvia envidiosa se encargó de
manchar. El viento había soplado muchos días con fuerza y las nubes
ocultaron la luz del sol.
La
primavera parecía que no vendría nunca, pero de golpe, unos rayos tímidos
del sol se escaparon de entre las nubes anunciando una nueva estación. De
inmediato la naturaleza expandió la noticia: ¡ha llegado la primavera!,
cantaban jubilosos. Las flores prepararon sus mejores galas, primero se
probaron sus vestidos verdes y, poco a poco, dejando atrás viejos temores,
se vistieron con sus amarillos luminosos, sus rosas sugerentes, sus rojos
atrevidos o sus azules de cielo.
Y entre
toda la naturaleza, Dios eligió una simple flor blanca, una flor nacida
entre el asfalto de la ciudad, una flor insignificante que había
sobrevivido al duro invierno, y a la que le pidió llevar una gran carga:
ser cabeza de todos sus hijos en la tierra. La flor no entendía, pero miró
a María, y como ella asintió y dijo: “hágase tu voluntad”, “soy todo tuyo,
Madre” y vaciándose de sí misma se dejó llenar por la luz del sol para así
poder dar luz a cuantos pasasen cerca, para que al verla a ella otros
digan: ¡qué jardinero habrá plantado y cuidado una flor tan hermosa!
La flor
quiso extender la alegría de Dios, su mensaje de esperanza por todos los
rincones y pidió al viento que extendiese su polen por toda la tierra, que
le dijese al mundo sin temor que hay un Dios que nos ama, que hay un Dios
misericordioso que nos está esperando al pie del camino para abrazarnos
sin rencor, para ofrecernos su casa e invitarnos a su mesa a comer el
cordero y quedarnos con El.
Algunos,
llenos de envidia y temor, quisieron segar la flor blanca, otros gritaban
que estaba pasada de moda, que estaba anticuada y no era moderna. Pero la
flor vivía en paz y su secreto era muy simple: de día se abría a la luz
del sol y al agua del cielo, extendiendo sus pétalos sin temor y de noche,
se recogía silenciosa y oraba para así tener fuerzas para el día
siguiente. Como un corazón, como una bomba de amor: contracción y
expansión, sístole y diástole.
Y así
fueron pasando los años y cada primavera la flor blanca volvía a surgir
llena de más fuerza, y aunque envejecida, seguía siendo espejo del sol
mientras cantaba alegres canciones a la luna. Ese año los latigazos del
invierno la habían herido y había luchado como nunca en un vía crucis
doloroso y callado, testimonio mudo que no todos entendieron.
Y quiso
Dios premiar a su flor más fiel con un jardín que la acogiera para
siempre, con el jardín más hermoso que pudiera soñar. Dios la premió con
el don de no marchitar, de permanecer siempre como flor joven y exultante
y la plantó en su jardín del cielo, allí donde no hay envidias, ni
soberbias, ni ambiciones, sino sólo contemplación del Amor.
Por eso,
cada noche clara veremos que allá, junto a la Virgen luna, Dios ha puesto
una estrella en forma de flor, que ha mudado sus pétalos blancos por luces
de plata y desde la ventana abierta en el cielo nos bendice sonriendo
eternamente llamándonos a la Primavera de la Iglesia.
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