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6. Juan Pablo II, El Grande

José Ignacio Alemany Grau, obispo

Después de recorrer grupos, celebrar misas por el Papa en cuatro ciudades, ver televisión, sobre todo la CNN, que es de tanto peso y sin embargo le ha dedicado días enteros de programación… y recogiendo comentarios, se llega a una conclusión que es exactamente la que me dijo un buen amigo redentorista:

Tú escribe un artículo con este título: Juan Pablo II, el grande”.

Ya está el título y lo he puesto con convicción y cariño.

Pero ahora viene el problema:

¿Qué digo en otro artículo sobre Juan Pablo II?

Esta vez sucede al revés de lo que pasa en otras oportunidades cuando te piden: habla de fulano y tú piensas y ¿qué digo?, ¡no sé nada!

Hoy, un artículo de mis acostumbradas dimensiones, no me permite contar gran cosa:

¿Que hizo 104 viajes fuera de Italia y 146 dentro?

¿Que visitó 317 de las 333 parroquias que tiene Roma?

¿Que fueron hasta él 17´600.100 peregrinos?

¿Que tuvo 1,160 audiencias?

¿Que nos dejó 14 encíclica; 15 exhortaciones; 11 constituciones y 45 cartas apostólicas?

¿Que escribió 5 libros: “Cruzando el umbral de la esperanza”; “Don y misterio”; “Tríptico romano. Meditaciones”; “Levantaos y vamos”; “Memoria e identidad”?

¿Qué proclamó 1338 beatos y canonizó 482 santos?

¿Qué con sus peregrinaciones recorrió más de 1’300,000 de kilómetros con los que hubiera podido dar 29 vueltas a la tierra?

¿Que tuvo la suerte de preparar el 2000 cumpleaños de Jesús y ayudó a dar los primeros pasos de la Iglesia en el tercer milenio, dejándonos como testamento su carta “Al comienzo del nuevo milenio”?

Él ha sido el gran ejemplo de comunión que, aunque hubiera parecido inimaginable, hizo realidad el encuentro de los representantes de las distintas religiones para orar juntos en vida y para acompañarle en su misa de exequias.

Me decía un taxista:

Ah sí, Juan Pablo, el de la sonrisa de niño bueno”.

Otro:

El Papa de frases tan sencillas que hasta los más humildes le podíamos entender”.

Otra persona:

Ya no me quejo porque Juan Pablo me enseñó a sufrir”.

Ciertamente que Juan Pablo ha sido un ejemplo de cómo llevar la cruz. Fue él mismo quien llamó al policlínico Gemelli el “tercer vaticano” porque tuvo que internarse en tantas oportunidades.

Juan Pablo nos escribió sobre la santidad y nos enseñó que “todo bautizado tiene que ser misionero y santo”. Y él lo vivió.

Y es el pueblo de Dios el que en todas partes de la tierra ha comenzado a aclamarlo como santo y, en lugar de pedir por él, le reza pidiendo su intercesión. Juan Pablo sintonizó perfectamente con todos.

Si es factible (y sí lo es) la canonización de Juan Pablo por parte del pueblo, aquí hay un caso único en siglos: Juan Pablo santo. Eso comenzó a hacer la multitud apiñada en la Plaza de San Pedro cuando proclamaba a Juan Pablo “¡santo subito!”

Este hombre de Dios peregrinó por todo el mundo y ahora periodistas, locutores y predicadores han coincidido en presentar su muerte como la última peregrinación:

- La más preparada: durante toda la vida.

- La más esperada: por eso arriesgó valientemente su vida en tantas oportunidades.

- La que le ha hecho más feliz pues la emprendió con gozo, dejándonos como despedida estas palabras: “Soy feliz, sean felices”.

Ha sido como repetirnos lo de Pablo: “imítenme como yo imito a Cristo”.

Y todo esto reflejado en el escudo más simple de toda la heráldica eclesiástica que nos enseña:

Todo de María para llegar, por la cruz, a Cristo.

 
 

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