4. Habemus Papam
María Velázquez Dorantes
El mundo tiene después de un Papa polaco, a un Papa
Alemán.
Tras el repique de las campanas
de la Basílica de San Pedro, la señal del humo blanco que salía de la
Capilla Sixtina, a través de la fumata, a las 17:50 PM en el Vaticano y a
los 10:50 AM en México, se anunciaba el nuevo guía no sólo para una
nación, sino para la fortaleza del mundo. Al papa número 265.
La alegría de recibir a un nuevo
Papa, se congregó no sólo en la Plaza de San Pedro, sino en cada uno de
los corazones que estaban deseosos de ver al sucesor de Pedro, quien
edificó la Iglesia de Cristo y que hoy está demostrando que existe una
Iglesia unida, que está esperando vivir la Fe de la Iglesia Católica, que
se sabe necesitada de un Pastor, pero sobre todo, recordarnos que <no
estamos solos>.
La difícil tarea del cónclave,
se vio iluminada por el Espíritu Santo para acordar que la humanidad debe
recibir a su Pastor y la congregación, se encontró con una decisión
unánime una jornada y media.
A las 18:42 horas PM en el
Vaticano se anunció con “Habemus Papam” al Cardenal Joseph Ratzinger de 78
años, de origen alemán como el sucesor de Juan Pablo II, quien ha decidido
portar el nombre de Benedicto XVI; el hombre a quien Juan Pablo II decidió
tener a su lado, tres años antes de su muerte y que fue el decano de este
cónclave.
Las primeras palabras que
pronunció Benedicto XVI, estuvieron dirigidas a su antecesor: “ Para el
Papa Juan Pablo II”, enseguida se escuchó a un hombre dócil “ Sencillo y
humilde, trabajador del Señor, el Señor sabe trabajar con instrumentos
insuficientes y confío mi persona al Señor y a María nuestra Madre”. Dando
después su primera bendición Papal.
El mundo tiene después de un
Papa polaco, a un Papa Alemán, a un Papa que desde que entró al cónclave
como Cardenal era considerado favorito, a un Papa que presidió la misa del
funeral de Juan Pablo II, a un Papa que tiene el enorme compromiso que ha
dejado su antecesor, a un Papa que se ha mostrado en contra del aborto, a
un Papa valiente al aceptar lal gran responsabilidad como dirigente en la
Iglesia Católica.
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