8. Concedido
Walter Turnbull
En Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) Dios nos ha
concedido justamente el pastor que el rebaño necesita.
Siendo Juan Pablo II un gran
teólogo, su inconmensurable labor fue principalmente pastoral. Cómo
aplicar la doctrina en las situaciones y con las personas concretas. Y es
que el asunto teológico y doctrinal estaba, afortunadamente, perfectamente
cubierto por una persona de su absoluta confianza, que era como si lo
hiciera él mismo. Era el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe. Con él, el depósito de la fe
estaba a salvo.
Cuando un Papa muere, la sede de
San Pedro queda vacía, todos los cardenales abandonan sus funciones y la
barca se queda sin timonel. ¿Qué pasaría si hubiera una crisis o una
decisión difícil? ¿Quién convoca y quién dirige al colegio de cardenales?
“Yo nunca me sentí desprotegida —me comentaba mi esposa—; siempre me dio
tranquilidad la presencia de Joseph Ratzinger”.
Cuando uno se pasea por portales
católicos, ocasionalmente encuentra declaraciones de Josph Ratzinger.
Siempre oportunas, siempre precisas, siempre excelentes. Intervenía como
diciendo: “no molesten a mi jefe, que está muy ocupado, de esto me hago
cargo yo.” Y vaya que lo hacía. Algunos han querido contraponer a Juan
Pablo II y a Joseph Ratzinger alegando que Juan Pablo II se abrió al
diálogo con otras religiones y que, en cambio, Ratzinger escribió la
declaración “Dominus Jesús”. Ignoran que Joseph Ratzinger escribió la
“Dominus Jesús” en el nombre de Juan Pablo II y que en ella habla de la
verdad y de la manifestación del Espíritu Santo que hay en todas las
religiones.
Dios no está para caprichos.
Dios ha mandado a su Hijo para ser testigo de la Verdad y su Hijo le ha
encomendado a la Iglesia ser guardiana y transmisora de esa Verdad. Con la
elección de Joseph Ratzinger como Benedicto XVI la Iglesia, como portavoz
del Espíritu Santo, ha optado por la ortodoxia sobre el secularismo, por
la verdad sobre el relativismo. Y ya andarán los escandalizados de Dios y
los fabricantes de escándalo diciendo que la Iglesia ha regresado a la
Inquisición o que la Iglesia va a desaparecer por falta de mercadotecnia.
Los que amamos la sana doctrina estamos contentos porque la pureza de la
Verdad está garantizada ante la amenaza del pensamiento débil. En estos
tiempos de desquiciante confusión, lo que más falta nos hace es una
inteligencia iluminada para alumbrarnos el camino.
Un teólogo alemán nos trae a la
mente un cerebro sin sentimientos, un instrumento frío de la razón, una
computadora que camina, que sólo procesa citas y dogmas. ¿Podrá entender a
la gente? ¿Podrá acercarse a su rebaño? ¿Tendrá esos derroches de afecto a
los que nos acostumbró Juan Pablo II? ¿Podrá ser humilde y sencillo? Para
mí ha quedado claro en dos momentos: en esa brillante y hermosa homilía
durante la misa por la elección del Papa, y en esa hermosa sonrisa y ese
cariñoso saludo en su primera aparición al público.
Precisamente en esa homilía,
hace unos días, él mismo decía:
Tener una fe clara, según el
Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo.
Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar «zarandear por
cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de
moda.
«Adulta» no es una fe que sigue
las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe
profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a
todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero
y lo falso, entre el engaño y la verdad. Tenemos que guiar hacia esta fe
al rebaño de Cristo.(…) En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la
medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y
caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin
caridad, sería como «un címbalo que retiñe» (1 Corintios 13, 1).
Nuestro ministerio es un don de
Cristo a los hombres para edificar su cuerpo, el mundo nuevo. (…) en este
momento, pidamos sobre todo con insistencia al Señor que, después del gran
don del Papa Juan Pablo II, nos dé de nuevo un pastor según su corazón, un
pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera
alegría. Amén.
Parecería que,
inconscientemente, estaba hablando de él mismo. Para mí este hombre,
Benedicto XVI, representa exactamente eso: una hermosa fuente de verdad y
caridad.
Un pastor según su corazón, que
nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría.
¡CONCEDIDO!
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