12. La Iglesia de
Benedicto XVI y la dictadura del relativismo
Antonio Rodríguez Morales
La muerte de Juan Pablo II y la posterior elección de
Joseph Ratzinger como el nuevo Papa Benedicto XVI ha sacado de nuevo a la
luz pública los debates sobre la necesidad de renovación en la Iglesia
Católica o la continuidad en la línea de actuación eclesiástica ante los
grandes temas de actualidad.
Es un debate continuo que forma
parte también de la campaña que los distintos sectores sociales
detractores de la Iglesia llevan a cabo haciendo ver que ésta se ha
quedado atrás en los avances de la sociedad y que se imponen una serie de
cambios que la adapten a los tiempos modernos. Obviamente hay corrientes
dentro de la Iglesia que reclaman cambios, pero las principales presiones
vienen precisamente de sectores que nada tienen que ver con la religión
católica. No deja de asombrar que aquellos que exigen una sociedad cada
vez más laica, que se apartan de cualquier idea de religiosidad y hasta
reniegan de la existencia de Dios, sean los más empeñados en que la
Iglesia cambie.
Este análisis que prácticamente
todos los medios de comunicación están haciendo al tratar sobre la figura
del nuevo Papa y su presumible actuación al frente de la Iglesia, parte de
unas premisas que son falsas. En primer lugar, que la jerarquía católica
es reacia a llevar a cabo este debate. Precisamente, desde el Concilio
Vaticano II no ha cesado la Iglesia de analizar la manera de adaptar su
actuación a los nuevos tiempos. La segunda premisa falsa es que esa
adaptación suponga plantearse los principios dogmáticos que sostienen a la
propia Iglesia. Obviamente, hay cosas que no se pueden modificar porque
forman parte de la esencia de la fe católica fundamentada en el Evangelio
y que son por lo tanto inamovibles. Lo que se debate es la manera de
plasmar los principios del catolicismo en la sociedad cambiante. Si, por
ejemplo, la doctrina cristiana habla de la defensa de la vida y que nadie
tiene el derecho de acabar con la vida de otro ser humano, no se podrá
aceptar nunca la eutanasia o el aborto porque se iría en contra de los
propios principios de la fe que está siempre con la vida y nunca con la
muerte. Y la tercera premisa falsa es, precisamente, que no existen
principios inamovibles y, por lo tanto, la renovación es más importante
que la tradición.
Frente a todo esto, los
periodistas católicos tenemos que aclarar y poner el acento en lo que
realmente es importante para la Iglesia y para el mundo en que vivimos. Lo
importante no es el cambio constante por el simple hecho de cambiar. La
sociedad avanza a través de un proceso dialéctico en el que debe haber un
componente de tradición y renovación en partes iguales. El cambio llega
cuando se logra analizar de forma seria y sosegada cuales son los nuevos
conceptos que hay que añadir al concepto principal e inamovible que aporta
la tradición. De lo que se trata es de tener en cuenta precisamente la
advertencia de Benedicto XVI en su homilía anterior al cónclave en el que
fue elegido Papa y que sería la primera pista para descubrir el sentido
del nuevo Pontificado. Éste habló de “una dictadura del relativismo que no
reconoce nada como definitivo y tiene como su más alto valor el propio ego
y los propios deseos”.
Este relativismo establece que
nada es absoluto y, por lo tanto, los principios morales son los que
establece el ser humano en cada momento y que éstos son cambiantes. Se
trata de un argumento muy peligroso que puede derivar en la pérdida de
valores y a su vez en una desintegración de la sociedad tal como la
conocemos hoy. Benedicto XVI tiene ante sí un difícil reto porque la
Iglesia es acosada desde muchos frentes deseosos de ver caer a una
institución que es fiel a unos principios frente a esta dictadura del
relativismo que da todo por bueno, hasta aquellas cuestiones que son
perniciosos para el ser humano. No se puede relativizar el derecho a la
vida, la familia, la justicia, la libertad o la tolerancia porque entramos
en un juego que nos lleva a la destrucción de las propias reglas del
juego.
Pese a las críticas que deberán
de soportar, lo cierto es que el Papa Benedicto XVI y toda la jerarquía
católica llevan las riendas de la Iglesia con mano firme y decidida porque
eso supone una defensa de todo aquello que permite que el mundo no se
deshumanice. De no ser así, éste se convertiría en una selva donde,
gracias a la dictadura del relativismo, no existan valores que respetar
ocasionando que la razón sea para el que grite más alto y más fuerte,
imponiendo un sistema anárquico que siempre termina derivando en el
dominio de la opresión, la injusticia y la enorme tristeza de vivir en un
mundo sin Dios y por lo tanto sin verdades.
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