14. Benedicto XVI:
Cristo como identidad del hombre
Jaime Septién
Pero al salir al balcón central de San Pedro y saludar
a la multitud, ya revestido con los ornamentos papales, vimos el rostro de
Benedicto XVI totalmente cambiado: la fuerza del Espíritu Santo había
soplado sobre él.
Todos los que hemos cubierto el primer cónclave del
siglo XXI, teníamos la certeza que el más calificado sucesor de Juan Pablo
II era el cardenal Joseph Ratzinger. Sin embargo expresábamos nuestra duda
sobre su edad, su estado de salud o su cansancio, tras haber estado al
frente de la Comisión Pontificia para la Doctrina de la Fe desde 1981. Un
gran peso se observaba sobre sus espaldas tanto en la misa «Para Elegir
Romano Pontífice» como en la ceremonia de juramento de los 115 cardenales
electores en la Capilla Sixtina que presidió como decano del colegio
cardenalicio.
Pero al salir al balcón central de San Pedro y saludar
a la multitud, ya revestido con los ornamentos papales, vimos el rostro de
Benedicto XVI totalmente cambiado: la fuerza del Espíritu Santo había
soplado sobre él y de pronto, seguramente en la «Capilla del Llanto», a
donde habría pasado a orar tras haber aceptado conducir a la barca de
Pedro en tiempos de zozobra, cayó en la cuenta que el poder de Dios estaba
con él. Así lo dijo en sus primeras palabras al mundo, palabras de una
humildad avasalladora: acepto porque es el Señor el que me eligió a mí
para dar fruto y darlo en abundancia, y me amparo a la protección de María
Santísima...
Benedicto XVI no es Juan Pablo II. Fue, sí, su más
grande colaborador. Pero en la Iglesia no existen fotocopias. Ni
imposiciones. Ni totalitarismos. La Iglesia visible –que a través de sus
cardenales, representantes de 52 países, nos ha dado una lección de
unidad—es jerárquica por institución divina, porque Jesús así lo mandó. Y
si Él lo impuso, Él dará la dirección, la fortaleza, el don al Santo Padre
para difundir el mensaje de la salvación a los cuatro puntos cardinales.
Rompe con demasiadas «suposiciones» de los «enterados» en cosas de la
Iglesia: no es italiano; no es popular; no es joven y, sobre todo, no es
un hombre que guste de poner parches «para quedar bien».
Defiende el depósito de la fe y punto. Lo ha hecho a
través de los años; ahora lo hará como el 265 sucesor de Pedro. La
elección de su nombre, Benedicto XVI, es de una maestría pasmosa.
Benedicto XV, genovés (en el mundo: Giacomo della Chiesa), que reinó de
1914 a 1922, es reconocido como «el gran Papa en la tragedia». Le tocó
enfrentar la Primera Guerra Mundial, ayudar a la pacificación, reforzar la
fe y tender lazos de unión con el Oriente (es el único Papa que posee un
monumento es Estambul, Turquía, erigido por Attatürk en memoria de su
humanitarismo). También fue reconocido como «el Papa de las misiones»,
además de que restituyó el Derecho Canónico.
¿Qué nos invita a pensar el Santo Padre con el nombre
de Benedicto XVI? Que para la Iglesia católica se acercan grandísimos
retos: renovar la fe en medio de la indiferencia; enfrentar la guerra de
la cultura que intenta recluir al ámbito privado la religión; tender lazos
con la Iglesia católica del oriente, fomentar el ecumenismo, el humanismo,
combatir el secularismo, el relativismo, la indiferencia, y reconstruir la
dimensión teológica de la liturgia, la actitud misionera de la Iglesa, y
enseñar al mundo a reconocer a Cristo como identidad del hombre. Nada de
lo que han dicho los medios de comunicación que «debe» ser el papel del
Papa. Nada de tonterías. Si algo no va a haber, con Benedicto XV1, será
tibieza. Finalmente, es alemán. Y ama a san Benito, cuyo lema fue «ora y
labora.
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