5. Una
“discriminación” inevitable
Millones de hombres y mujeres, educados según una ley
muy sencilla de la biología y de la psicología, se amarán
“heterosexualmente” y permitirán el nacimiento de nuevos hijos. Como
nacimos casi todos los que formamos parte de la familia humana...
La legalización del “matrimonio homosexual”, según repiten algunos
insistentemente, eliminaría discriminaciones que durante siglos (y
milenios) han marginado a quienes sienten atracción por personas del mismo
sexo. Tal medida legislativa permitiría a estas personas el vivir unidos
bajo un acuerdo tan profundo y tan intenso como lo es el matrimonio.
Sin embargo, la sociedad va a encontrarse con una situación extraña a lo
que ha sido, hasta ahora la historia, y en contradicción con lo que han
afirmado las religiones y casi todas las distintas culturas del planeta.
En primer lugar, porque se estará dando a la palabra “matrimonio” un
significado que no tiene. Si antes “matrimonio” era una unión entre
personas de distinto sexo abierta a la procreación, ahora se usa el
término (de modo abusivo) para designar simplemente un contrato entre
cualquier tipo de personas (también del mismo sexo).
En segundo lugar, con la nueva definición legal de “matrimonio”, se va a
crear una división radical entre dos subtipos de matrimonios. En el primer
grupo, será posible que nazcan hijos desde la complementariedad sexual de
los esposos (porque son hombre y mujer). En el segundo, en cambio (los
matrimonios entre homosexuales caerían en este grupo) resultará
completamente imposible que nazcan hijos a partir de las relaciones
sexuales entre los contrayentes del mismo sexo.
Esta situación puede provocar muchos problemas. Uno será el que no pocos
homosexuales sentirán el deseo, para imitar en algo al matrimonio
verdadero, de buscar la adopción de hijos nacidos a partir de las
relaciones entre personas heterosexuales, mientras que éstos muchas veces
no querrán que sus hijos sean adoptados por los matrimonios homosexuales.
Otro problema será el que entre los homosexuales pueda surgir un fuerte
complejo de inferioridad: nunca una pareja del mismo sexo será capaz de
engendrar un hijo por sí misma. Las parejas de mujeres, es verdad, podrían
tener hijos, pero sólo recurriendo al esperma de varones, de algún donador
ajeno a la pareja. Quizá también algún día puedan tener hijos por
clonación o alguna complicada técnica reproductiva, pero en esos casos
dependerían completamente de los laboratorios, y a costos nada
despreciables.
En cambio, las parejas heterosexuales (por ahora mucho más numerosas que
las otras parejas) podrán tener uno o varios hijos. Esto producirá un
fuerte desequilibrio numérico entre los hijos de parejas heterosexuales y
los “hijos” (solamente adoptados o con el recurso a personas externas a la
pareja) de las parejas homosexuales. No es difícil intuir que este
desequilibrio también podrá ocasionar tensiones sociales difícilmente
superables.
Supongamos, hipotéticamente, que a partir de la legalización del mal
llamado “matrimonio homosexual” se diese un fuerte aumento del porcentaje
de parejas homosexuales. Entonces será muy probable que ocurra una de
estas dos cosas: o que se dé una fuerte disminución de la natalidad en
toda la sociedad (y ya las tasas de fertilidad son sumamente bajas en
muchos países del mundo, especialmente en España); o aumente en mucho la
petición de adopciones, lo cual no será del agrado de mucha gente (como ya
dijimos), que no quiere que los niños huérfanos o abandonados sean
acogidos por parejas homosexuales.
Los legisladores y los líderes de la sociedad necesitan tener presentes
estos aspectos, para nada marginales, cuando piensan erróneamente que
basta con declarar por ley que puede ser llamado matrimonio cualquier tipo
de unión, sea homosexual o heterosexual, para que así se supere una
discriminación que, en realidad, es constitutiva: una relación homosexual
será siempre infértil.
Estamos a punto de iniciar una época de tensiones y de problemas nada
fáciles de resolver. Mientras, millones de hombres y mujeres, educados
según una ley muy sencilla de la biología y de la psicología, se amarán
“heterosexualmente” y permitirán el nacimiento de nuevos hijos. Como
nacimos casi todos los que formamos parte de la familia humana, y como
quisiéramos que puedan nacer y ser educados, en un clima de amor y de
complementariedad sexual, cada uno de los hombres y de las mujeres del
mañana.
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