2. De Códigos Da
Vincis
José Ignacio Munilla Aguirre
Escribir un libro que pretende adentrarse en muchas
materias, sin dar cuenta con precisión de ninguna de ellas, puede tener
dos razones de ser distintas: o bien la ignorancia atrevida que sabe
descubrir y explotar un filón de oro, o el deseo deliberado de tergiversar
y confundir a los creyentes.
Me quedo impresionado cuando en la sección de librería
de un conocido hipermercado de nuestro entorno, encuentro expuestos de una
forma muy destacada en una misma estantería los siguientes títulos y
subtítulos: La Cena Secreta, Codigo Da Vinci, Angeles y Demonios, El
último Merovingio (una nueva revelación sobre el secreto mejor guardado de
la Iglesia Católica), La sombra del templario, Los Iluminati (la trama y
el complot), Iluminati (Los secretos de la secta más terrible católica),
Assassini (El papa Borgia les dio el poder. Hoy tienen en sus manos el
destino de la Iglesia Católica), La sombra del templario, El códice
secreto, El número de Dios (el secreto que explica las catedrales
góticas), La Santa Alianza (cinco siglos de espionaje vaticano), La
ecuación de Dante, El enigma sagrado, etc...
La gran mayoría de estos títulos tienen un primer
denominador común: se presentan bajo el género de novelas, pero afirmando
al mismo tiempo que han investigado y sacado a la luz enigmas ocultados
por la Iglesia Católica. He aquí el primer fraude que se esconde en este
género de literatura: si nos disponemos a rebatir con datos científicos
las afirmaciones anticatólicas contenidas en estas obras, entonces
rápidamente nos responderán diciendo que “no hemos que ponernos nerviosos,
porque ya se nos advirtió que se trataba de un novela”. Cuando, por el
contrario, recordamos a los consumidores de esta literatura que se trata
de meras novelas, entonces, se nos matiza diciendo que “están basadas en
estudios históricos”. ¡Una trampa absurda en la que muchísimos lectores se
encuentran atrapados!
Con respecto al grado de fiabilidad científica de estos
libros, baste señalar un significativo detalle: la mayoría son publicados
por autores que se presentan bajo el currículum de “escritor e
investigador”. ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué significa ser “escritor” e
“investigador”? Dicho a las claras, quiere decir que esos autores se han
lanzado a escribir en torno a esos temas, sin la más mínima
especialización necesaria: no han cursado estudios de teología dogmática,
ni filosofía, ni paleografía, ni arqueología, ni lenguas semíticas, ni
Sagrada Escritura, ni patrología, ni astrología, ni historia, ni de
periodismo... Escribir un libro que pretende adentrarse en todas esas
materias, sin dar cuenta con precisión de ninguna de ellas, puede tener
dos razones de ser distintas: o bien la ignorancia atrevida que sabe
descubrir y explotar un filón de oro, o el deseo deliberado de tergiversar
y confundir a los creyentes.
Más allá de la denuncia de la falta de rigor
científico, es también necesario caer en cuenta que la proliferación de
esta literatura esotérica responde al deseo de todo ser humano de
adentrarse en lo misterioso y lo espiritual. Bien es cierto que el hacerlo
de esta forma, lleva consigo el inevitable peligro de adaptar y deformar
el misterio a la conveniencia e ideología dominante. Este tipo de novelas
pretenden llenar el espacio de la religiosidad natural del ser humano,
pero desligándolo de todo compromiso moral, personal o social. ¡Siempre
vendrá algún libertador al modo de “escritor e investigador”, que nos
anuncie que ha encontrado algún manuscrito secreto custodiado por los
templarios, gracias al cual podamos abrir los ojos y descubrir que
nuestros antiguos compromisos morales y eclesiales eran un mero invento de
algún cardenal malo! Es la perfecta “religión Light”: se sacia la
curiosidad por lo trascendente, liberándonos al mismo tiempo de cualquier
compromiso de vida. El fenómeno sería cómico, si no fuese porque hemos
conocido a más de un creyente poner en duda sus convicciones de fe.
Recuerdo que recientemente, una persona consumidora habitual de este tipo
de literatura se acercó a mí, preguntándome en voz baja y con tono
misterioso: “¡Ustedes saben cosas que no pueden contar!, ¿verdad?”. No
pude por menos de preguntarle qué novela estaba leyendo esos días.
A la vista de todo esto, vuelvo a formular una pregunta
que ya enuncié en estas páginas: ¿por qué estas novelas esotéricas
antirreligiosas han de referirse siempre a la Iglesia Católica? ¿por qué
ocurre con la literatura lo mismo que con las producciones
cinematográficas (Estigmata, La mala educación, Las Hermanas de la
Magdalena, El cuerpo, La sonrisa de mi madre, Priest, Amén, ...)? ¿Por qué
hay tanta literatura y cine crítico hacia el Catolicismo y no ocurre lo
mismo con el Judaísmo, el Islam, las religiones orientales, o las demás
Iglesias Cristianas?
Sin entrar en respuestas demasiado simplistas, me
limito a recoger algunas afirmaciones de Vittorio Messori, quien en una
entrevista concedida al diario italiano “Il Messaggero”, denunciaba que el
anticatolicismo ha sustituido al antisemitismo. Con ironía incisiva, el
autor italiano recordaba que “los católicos, junto con los fumadores y los
cazadores, son las tres categorías que no están protegidas por lo
políticamente correcto, y de las que, por lo tanto, se puede hablar mal
libremente”.
Sin embargo, Messori no hace una lectura pesimista de
la realidad actual, sino que considera en su análisis como “providencial
el anticatolicismo de la cultura occidental y del Islam”. Es un hecho que
siempre hemos necesitado de la persecución para redescubrir la propia
identidad. Somos conscientes de que si redujésemos el mensaje católico a
un blablablá bondadoso sobre el pacifismo, la ecología, la tolerancia y
algunos otros valores de amplio y vago consenso; entonces hasta podríamos
llegar a resultar simpáticos para la cultura actual. Eso sí, ¡tan
simpáticos como insignificantes!
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