4. El violín de
Paganini
Mikel Agirregabiria Agirre
El mejor violinista de todos los tiempos fue un
personaje legendario en el arte de la perseverancia.
Nicolò Paganini,
nacido en Génova el 27 de octubre de
1872, fue un niño prodigio que a los 6 años ejecutaba composiciones en el
violín y a los 9 años debutó ante el público. Sus célebres giras
recorrieron toda Italia, Viena, París y Londres.
Su obra
incluye veinticuatro Caprichos para violín solo (con nuevas técnicas
interpretativas del instrumento), seis conciertos y varias sonatas. Sobre
Paganini se crearon innumerables leyendas que él mismo se negaba a
desmentir, en parte porque le divertían y en parte porque le permitía
llenar los teatros donde actuaba.
La anécdota apócrifa más extendida encierra una
interesante moraleja. Cuentan que en una ocasión actuaba ante auditorio
repleto de admiradores. Su intervención fue soberbia y las notas emergían
del violín con una belleza incomparable. De pronto, una de las cuerdas del
violín de Paganini se rompió. El director se detuvo; la orquesta paró; el
público esperó. Pero Paganini continuó extrayendo milagrosos sonidos de
violín Guarnerius. El director y la orquesta, admirados volvieron a tocar.
Todos pensaron que era un artista sobrenatural.
Al poco, otro sonido extraño interrumpió el ensueño de
la platea. Otra cuerda rota en el violín de Paganini. El director paró de
nuevo. La orquesta también. Paganini siguió, como si nada hubiera
ocurrido, arrancando sonidos imposibles. El director y la orquesta
absolutamente impresionados retomaron la partitura. Aún faltaba lo mejor.
Una tercera cuerda del violín de Paganini se desgarró. El teatro entero
dejó de respirar. Pero Paganini prosiguió. Como un acróbata musical,
arrebatando mágicamente todas las notas de la única cuerda remanente de
aquel desbaratado violín.
Lo cierto históricamente era que el virtuosismo de
Paganini embelesaba a todos. Podía interpretar obras de gran dificultad
únicamente con sólo una de las cuatro cuerdas de violín (la de sol,
retirando previamente las otras tres, de modo que no interfirieran durante
la actuación), y continuar tocando a dos o tres voces, de suerte que
parecían ser varios los violines que sonaban. Tanto asombraba al público
de la época su técnica, que se llegó a rumorear que existía algún pacto
diabólico en su famoso instrumento de cuerda, hoy recogido en el Museo de
Génova.
A Paganini le molestaba que siempre que lo invitaban a
comer le advertían que no olvidase su violín, para amenizar la sobremesa.
Hasta que decidió contestar: “Mi violín no come más fuera de casa”.
Paganini con aquel Guarnerius podía reproducir la voz humana y vocalizar
el nombre de las personas. De ahí que dijesen que su violín encerraba el
alma de mujeres de hermosa voz. Ni en su lecho de muerte se separó de
aquel instrumento, creado por el famoso Giuseppe Bartolomeo de la luthería
Guarneri.
Además de sus gestas y de su música, el genial
violinista nos legó una lección de profesionalidad, que persevera hasta el
final, como en la fábula del concierto con una sola cuerda. La vida nos va
retirando recursos gradualmente a todos: algunos abandonan pronto, pero
otros despiertan el Paganini que todos llevamos dentro y siguen adelante
sin rendirse nunca. Victoria es el arte de continuar, cuando otros
resuelven desistir. La gloria de Paganini proviene de ser el paradigma de
quien persiste ante lo que parece imposible.
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